Pudo ver en sus ojos que no quedaba en ellos ninguna señal del odio que le procesaban, en su lugar solo pudo observar unos iris oscuros, opacos, cerrados al calor humano, impasibles al designio de sus iguales. Su mirada era fiel reflejo del color de su alma, del camino que había decidido tomar, y de cuyo final aun no era dueño.
La miró a la cara, directamente, enfrentadas sus miradas. El dolor era profundo, la asfixiaba. Sentía hundirme el suelo bajo sus pies, pero no podía desviar la mirada de aquellos ojos que nada le decían. Si su suerte dependiera de aquel hombre, no viviría lo sufuciente para conocer su sino.
¿Por qué?, no era como ella lo recordaba. ¿Qué quedaba de su sonrisa? Solo el vago recuerdo de aquellas noche de frio invierno, entre sábanas heladas y cálidos aromas de un cuerpo querido. Ahora sólo veía indiferencia, donde antes hubo inocencia.
El sonrió, y lentamente, apartó su mirada de ella con la pesadez de quién torna en imágenes un pasado demasiado lejano. En aquella sala solo estaban él y ella, y este presente esquivo y lastimero, agonizante.
Se irguió frente a ella, mirada al frente, brazos caidos en pararelo a un tronco fuerte y decidido. Miraba algo más allá de donde un simple mortal puede ver, más allá de los sueños, de las promesas o los deseos. El miraba su futuro, y en él veía la soledad de quién camina hacia la locura más suave. Ella lo sabía, quería deternerlo pero no podía, de su boca no salía más que el banal intento de una súplica intelegible que el viento birlaba de sus labios de terciopelo. Con su mirada vió como se aleja, hacia un lugar del que jamás regresaría. Su lágrimas no sonseguían arrancar los temblores de su frágil cuerpo, ni llevarse de su mente los pesados remordimiento de su atribulada conciencia. Al final siempre lo supo, de su error nació el averno, de su traición, el miedo.
lunes, 10 de diciembre de 2012
lunes, 19 de noviembre de 2012
Si tan solo hubiera un a quien...
Quisiera a ti regalarte el cielo, llenártelo de los estrellas, que nos alumbren esta bella velada robada a un tiempo de damas de galanes. Quisiera abrumarte con besos y caricias, con el aroma de rosa rozando tus suaves labios.
No concibo este mundo tu risa ni tu mirada. Esos ojos almendrados, tan dulces, tan hermosos, que una vez posaste en mi con gracia casi divina, encendieron en mi una llama olvidada, que ahora prende intensa devolviendo a mi atormentado cuerpo, frio en la soledad que me acompañaba, su calor.
Tu sola presencia evoca en mi a las musas que por tanto tiempo me habian sido esquivas, y hace la letra cobre renovado entusiamo.
Quién diria, que aún podría este amor rejuvenecer mi canto, y alzarnos en armonioso conjunto hacia un cielo abierto a la esperanza de un joven soñador.
Mil gracias, que Dios en besos transforme.
No concibo este mundo tu risa ni tu mirada. Esos ojos almendrados, tan dulces, tan hermosos, que una vez posaste en mi con gracia casi divina, encendieron en mi una llama olvidada, que ahora prende intensa devolviendo a mi atormentado cuerpo, frio en la soledad que me acompañaba, su calor.
Tu sola presencia evoca en mi a las musas que por tanto tiempo me habian sido esquivas, y hace la letra cobre renovado entusiamo.
Quién diria, que aún podría este amor rejuvenecer mi canto, y alzarnos en armonioso conjunto hacia un cielo abierto a la esperanza de un joven soñador.
Mil gracias, que Dios en besos transforme.
martes, 14 de agosto de 2012
Viena
“No puede ser, no de esta manera, no así”
Las lágrimas recorrían su cara, deslizándose cruelmente por sus sonrojadas mejillas.
“No tiene sentido”
Se repetía una y otra vez sin poder entender los motivos que la habían conducido a tomar tal decisión. En su mente se amontonaban los recuerdos: su risa, sencilla y limpia, y a la vez tan pura; su mirada, inocente; el tacto de su delicada piel; de fina seda; el suave aroma, la dulce fragancia de su cuerpo desnudo junto al suyo. En el mundo muchas cosas carecen de sentido lógico, demasiadas elecciones tomadas en un loco arrebato obviando las consecuencias que en los demás generan, algunas de las cuales irreparables. El dolor es a veces la única verdad tangible, la única que nunca nos olvida, aquella que siempre nos persigue, paciente. Desde que nacemos, y durante toda nuestra existencia nos acompaña, cual pasajera silenciosa, pendiente de nuestro descuido. Se alimenta de las ilusiones rotas, de los sueños perdidos. Cuando mayor es nuestro equipaje más cerca de nosotros esta.
“¿Por qué?”
Se pregunta, pero jamás conocerá la respuesta, pues no la hay. Su alma yace ante él, convaleciente, herida de gravedad. Hay heridas que nunca sanan. Cicatrices que marcan algo más que un cuerpo, un carácter, una forma de vivir, una forma de creer. No son pocos los que piensan que son estas cosas las que nos harán más fuertes, las que nos harán crecer y ser mejores personas con nosotros mismos y los demás. Incrédulos todos ellos, No creo que las lágrimas hagan más fuerte, ni que la herida haga más valiente.
“ ”
Eso es lo único cierto en todo esto, el vacio que queda nada más puede cubrirlo. Ya pertenecerá por siempre a quién lo abandonó; demasiado premio para quién no lo merece, pero insuficiente para quién preparó un corazón para acomodar con quién compartir sus alegrías y tristezas, sus deseos y esperanzas. Ese corazón tendrá ya por siempre un lugar donde guardar todo aquello que el tiempo no logre borrar.
Alza su mirada al cielo, no pide clemencia, tampoco perdón, ya ha perdido su fe, no busca a ningún Dios. Tan solo desea sentir el frio viento acariciar su cara. Notar como su cuerpo se refresca bajo esta preciosa noche invernal, donde las primeras gotas de lluvia comienza a caer sobre los perezosos turistas de la ciudad imperial, que empiezan a correr en busca de refugio donde guarecerse y poder cenar tranquilos frente a la Ópera.
Ahora que no le quedan más lágrimas en sus ojos, tiene que llorar el alma. La lluvia, ahora sí, rompe con fuerza sobre Viena.
Las lágrimas recorrían su cara, deslizándose cruelmente por sus sonrojadas mejillas.
“No tiene sentido”
Se repetía una y otra vez sin poder entender los motivos que la habían conducido a tomar tal decisión. En su mente se amontonaban los recuerdos: su risa, sencilla y limpia, y a la vez tan pura; su mirada, inocente; el tacto de su delicada piel; de fina seda; el suave aroma, la dulce fragancia de su cuerpo desnudo junto al suyo. En el mundo muchas cosas carecen de sentido lógico, demasiadas elecciones tomadas en un loco arrebato obviando las consecuencias que en los demás generan, algunas de las cuales irreparables. El dolor es a veces la única verdad tangible, la única que nunca nos olvida, aquella que siempre nos persigue, paciente. Desde que nacemos, y durante toda nuestra existencia nos acompaña, cual pasajera silenciosa, pendiente de nuestro descuido. Se alimenta de las ilusiones rotas, de los sueños perdidos. Cuando mayor es nuestro equipaje más cerca de nosotros esta.
“¿Por qué?”
Se pregunta, pero jamás conocerá la respuesta, pues no la hay. Su alma yace ante él, convaleciente, herida de gravedad. Hay heridas que nunca sanan. Cicatrices que marcan algo más que un cuerpo, un carácter, una forma de vivir, una forma de creer. No son pocos los que piensan que son estas cosas las que nos harán más fuertes, las que nos harán crecer y ser mejores personas con nosotros mismos y los demás. Incrédulos todos ellos, No creo que las lágrimas hagan más fuerte, ni que la herida haga más valiente.
“ ”
Eso es lo único cierto en todo esto, el vacio que queda nada más puede cubrirlo. Ya pertenecerá por siempre a quién lo abandonó; demasiado premio para quién no lo merece, pero insuficiente para quién preparó un corazón para acomodar con quién compartir sus alegrías y tristezas, sus deseos y esperanzas. Ese corazón tendrá ya por siempre un lugar donde guardar todo aquello que el tiempo no logre borrar.
Alza su mirada al cielo, no pide clemencia, tampoco perdón, ya ha perdido su fe, no busca a ningún Dios. Tan solo desea sentir el frio viento acariciar su cara. Notar como su cuerpo se refresca bajo esta preciosa noche invernal, donde las primeras gotas de lluvia comienza a caer sobre los perezosos turistas de la ciudad imperial, que empiezan a correr en busca de refugio donde guarecerse y poder cenar tranquilos frente a la Ópera.
Ahora que no le quedan más lágrimas en sus ojos, tiene que llorar el alma. La lluvia, ahora sí, rompe con fuerza sobre Viena.
viernes, 10 de agosto de 2012
Introducción
Introducción
Era agosto y la princesa se asomó al balcón de su almena, desde donde la cálida brisa marina le traía aromas de sabor a sal. En aquellas noches de sofocante calor veraniego, su balcón era para ella su bien más preciado, su escondite de las horas muertas en soledad encerrada. Era vía de escape a la ensoñación de otra vida. Y es que a pesar de lo reducido de su tamaño, desde el balcón podía ver las lejanas montañas del norte, con sus altas cimas coronadas de perenne nieve, los dorados campos de cultivo del este donde la profesión había pasado de padres a hijos desde más allá de los tiempos que la bruja recuerda, y el viejo puerto abandonado del sur.
-El puerto…- Un suspiro tenue, apenas un momento, casi imposible de detectar.
El puerto, ese lugar que se encontraba en el punto más al sur de la isla, donde en otro tiempo fue un hervidero de personas cargando y descargando especias y mercancías de todo tipo que después poblaban las abarrotadas calles del mercado. Grandes barcos amarraron en sus majestuosos muelles, sus almacenes rebosaban vino de los enormes viñales de las tierras de los elfos, finas sedas de las regiones del oriente, piedras preciosas capaces de hacer enloquecer a cualquier mujer, ricos tapices que conmemoraban batallas pasadas o lejanas.
“Eran otros tiempos”- solía decir la bruja – “Tiempos mejores” – decía, antes de que sus ojos volvieran de algún recóndito lugar de su avejentada memoria. Nunca había dicho nada, pero durante el breve instante en que decía aquellas palabras, su mirada retrocedía atrás en el tiempo y una leve expresión de felicidad llena su cara, dibujando una fina sonrisa en la comisura de sus rojizos labios.
El puerto murió cuando estalló la guerra. La fortaleza donde ella estaba encerrada fue construido durante aquella época oscura y siniestra. Según había oído decir a la bruja, ya se venían sintiendo los vientos de muerte en la isla antes de que estallase definitivamente el conflicto. Enormes y terroríficas bestias, venidas de los más fríos y desiertos páramos del norte luchaban junto con sus amos para destruir la tierra que con tanto sudor habían hecho suya. Lo hombres que las guiaban portaban, en la mayoría de los casos enfermizas mutaciones, creadas por sus malvados chamanes en nombre de sus dioses paganos para inferirles un feroz aspecto con el que intimidar a sus enemigos. La bruja suele terminar lección cuando llega a este punto de la historia y esquiva cada pregunta que le hago hasta que, visiblemente enfadada, decide dar por concluidas las clases y se marcha encerrándome en la mortal soledad torre. O eso es lo que ella cree.
Hace ya tiempo encontré un pequeño pasadizo, bajo una falsa baldosa, que conduce a una pequeña casa abandonada cerca del pueblo. Fue en uno de mis viajes que me encontré con un joven campesino, de rubia barba y pelo rizado del mismo color gracias al cual supe que, por lo que cuentan las leyendas, la bruja fue en su juventud una bellísima mujer, curandera de la ciudad, de finos rasgos y esbelta figura, que siempre recordaran por sus penetrantes ojos verdes, siempre sonriente y alegre, de la cual el moribundo viejo rey estaba prendado con locura, pero que se enamoró de un joven y hermoso capitán durante de la guerra, y que el rey, herido y enojado, envió a la tierra de los humanos de ultramar y del que nunca volvió a tener noticias, pues se dice que murió en la más terrible de las batallas al enviarlo el rey a la primera línea de batalla. Y su siempre alegre espíritu tornose en triste melancolía, y se encerró por siempre en el castillo, lejos del horrible rey, y allí nació su hija nueve meses, atrapa en la almena con el propósito de alejarla de la terrible vida de la corte; aunque por lo que se cuenta, problamente de lo que la esconda sea del dolor del amor verdadero.
Desde entonces mi relación con la bruja fue bastante más sosegada y tranquila, apenas la incomodaba y evitaba hablar de la guerra, cosa que pude notar en su actitud, pues cada vez su férreo control sobre mi fue disminuyendo hasta casi convertirse en una amiga y confidente, creo que en realidad sabe lo de mis aventuras por el pasaje, aunque ella parece no querer reconocerlo.
Era agosto y la princesa se asomó al balcón de su almena, desde donde la cálida brisa marina le traía aromas de sabor a sal. En aquellas noches de sofocante calor veraniego, su balcón era para ella su bien más preciado, su escondite de las horas muertas en soledad encerrada. Era vía de escape a la ensoñación de otra vida. Y es que a pesar de lo reducido de su tamaño, desde el balcón podía ver las lejanas montañas del norte, con sus altas cimas coronadas de perenne nieve, los dorados campos de cultivo del este donde la profesión había pasado de padres a hijos desde más allá de los tiempos que la bruja recuerda, y el viejo puerto abandonado del sur.
-El puerto…- Un suspiro tenue, apenas un momento, casi imposible de detectar.
El puerto, ese lugar que se encontraba en el punto más al sur de la isla, donde en otro tiempo fue un hervidero de personas cargando y descargando especias y mercancías de todo tipo que después poblaban las abarrotadas calles del mercado. Grandes barcos amarraron en sus majestuosos muelles, sus almacenes rebosaban vino de los enormes viñales de las tierras de los elfos, finas sedas de las regiones del oriente, piedras preciosas capaces de hacer enloquecer a cualquier mujer, ricos tapices que conmemoraban batallas pasadas o lejanas.
“Eran otros tiempos”- solía decir la bruja – “Tiempos mejores” – decía, antes de que sus ojos volvieran de algún recóndito lugar de su avejentada memoria. Nunca había dicho nada, pero durante el breve instante en que decía aquellas palabras, su mirada retrocedía atrás en el tiempo y una leve expresión de felicidad llena su cara, dibujando una fina sonrisa en la comisura de sus rojizos labios.
El puerto murió cuando estalló la guerra. La fortaleza donde ella estaba encerrada fue construido durante aquella época oscura y siniestra. Según había oído decir a la bruja, ya se venían sintiendo los vientos de muerte en la isla antes de que estallase definitivamente el conflicto. Enormes y terroríficas bestias, venidas de los más fríos y desiertos páramos del norte luchaban junto con sus amos para destruir la tierra que con tanto sudor habían hecho suya. Lo hombres que las guiaban portaban, en la mayoría de los casos enfermizas mutaciones, creadas por sus malvados chamanes en nombre de sus dioses paganos para inferirles un feroz aspecto con el que intimidar a sus enemigos. La bruja suele terminar lección cuando llega a este punto de la historia y esquiva cada pregunta que le hago hasta que, visiblemente enfadada, decide dar por concluidas las clases y se marcha encerrándome en la mortal soledad torre. O eso es lo que ella cree.
Hace ya tiempo encontré un pequeño pasadizo, bajo una falsa baldosa, que conduce a una pequeña casa abandonada cerca del pueblo. Fue en uno de mis viajes que me encontré con un joven campesino, de rubia barba y pelo rizado del mismo color gracias al cual supe que, por lo que cuentan las leyendas, la bruja fue en su juventud una bellísima mujer, curandera de la ciudad, de finos rasgos y esbelta figura, que siempre recordaran por sus penetrantes ojos verdes, siempre sonriente y alegre, de la cual el moribundo viejo rey estaba prendado con locura, pero que se enamoró de un joven y hermoso capitán durante de la guerra, y que el rey, herido y enojado, envió a la tierra de los humanos de ultramar y del que nunca volvió a tener noticias, pues se dice que murió en la más terrible de las batallas al enviarlo el rey a la primera línea de batalla. Y su siempre alegre espíritu tornose en triste melancolía, y se encerró por siempre en el castillo, lejos del horrible rey, y allí nació su hija nueve meses, atrapa en la almena con el propósito de alejarla de la terrible vida de la corte; aunque por lo que se cuenta, problamente de lo que la esconda sea del dolor del amor verdadero.
Desde entonces mi relación con la bruja fue bastante más sosegada y tranquila, apenas la incomodaba y evitaba hablar de la guerra, cosa que pude notar en su actitud, pues cada vez su férreo control sobre mi fue disminuyendo hasta casi convertirse en una amiga y confidente, creo que en realidad sabe lo de mis aventuras por el pasaje, aunque ella parece no querer reconocerlo.
domingo, 8 de julio de 2012
Demasiado tarde.
Tal vez no sea la mejor historia del mundo, tal vez ni siquiera sea una gran historia, Pero si es una historia que merece ser contada. Es cierto que pueda que no haya bellas princesas en altas torres, ni dragones que las custodian por la eternidad, ni malvadas madrinas de pelos alocados y ropas de chichones colores, puede que tampoco haya engalanados príncipes cabalgando sobre suntuosos corceles de blancas crines. Pero no se qué os podíais esperar, esto no es más que una historia de amor, otra de miles que cada día se empiezan a escribir, o ponen punto y final.
Todo empieza una soleada tarde de comienzos de septiembre. Aun noto el sabor a sal en mis labios, aun siendo su picor sobre ellos. El viaje no fue ni muy largo, ni muy corto, de hecho, creo que ninguno podamos recordar del mismo nada que nos revista cierto interés comentar, salvo tal vez su mirada esquiva, sus suaves cabellos cayéndole inocentes sobre sus pálidos hombros, sus gestos y expresiones… Al caso, un viaje en coche como otro cualquiera, ¿O no?
La arena, humedecida por el vaivén de las olas del mar, era en contacto con la ardiente piel, un cierto consuelo para los soñolientos viajeros. Y digo soñolientos pues aun podía decirse que era temprano a pesar del viaje. Pero ¿a quién le importaba la arena, si podías arrancar de ella una cálida sonrisa? Solo eso bastaba para compensar cualquier esfuerzo y estremecer mi cuerpo. Ya lo hacía antes, pero hoy algo era distinto, ambos lo sabíamos. Se podía sentir en el aire, incluso el mar parecía querer recordarnos que las cosas estaban cambiando muy deprisa.
viernes, 27 de abril de 2012
El invierno
Tan solo parece haber vacío y sin embargo, una suave brisa acaricia mi alma con calma y sabiduría, arrancando de mi una sonrisa, tal vez la última. No queda ya apenas inspiración, la pluma rasca el papel, seca, trazando sobre éste palabras ilegibles y versos inacabados. Ya no hay estrellas, ni musas que guíen mis palabras, que las envuelvan en manto dorado y las entreguen ante las puertas del cielo. No sé que pensar, mi mente esta cansada y mi cuerpo agotado. Las lágrimas ocultan el horizonte y oscurecen mi visión. El futuro se augura lluvioso. Nunca fui un hombre de prosa fácil, jamás me sentí en la necesidad de expresar mis emociones, pues siempre pensé que estas podían leerse en mis ojos. Cuesta escribir, es como desgranarse a uno mismo. Frente a frente con un papel en blanco, como un joven ante un espejo. El reto siempre permanece, al igual que el miedo que, como un fantasma, vaga por nuestro cuerpo invisible a la vista agarrotando cada miembro. Nunca puede uno librarse de esa sensación tenebrosa y oscura. Recemos pues, a Dios, por que nos devuelva la cordura y nos otorge esa chispa que haga a las letras agiles, y a las palabras cálidas. Roguemos pues, para que nos evite este frio invierno.
viernes, 20 de enero de 2012
Lágrimas.
Una lágrima se escapó, tímida, a traves de sus sueños y esperanzas. Una sola lágrima, esquiva,que se deslizó por su rosada mejilla, rebelándose a su paso el dolor causa de su efímera existencia. Se desveló ante ella un mundo en llamas, un mundo azotado por las guerras, por el dolor y la ira, regado por la sangre de la venganza. Triste y acongojada, la lágrima alcanzó el mentón,y por un instante quedó suspendida en el vacio. En lo que le pareció una eternidad, comenzó a separarse de aquella cara tan familiar que la había visto nacer, y de la cual ahora se despedía consciente al fin de que aquella vida que le había sido dada tenía un final, cada vez más próximo. Comenzó asi su camino, liberada ahora de su infancia, y vivió sola la agonía de este mundo, degustando el sabor dulce de la sal. Y al final del mismo, cuando hubo de abandonar su existencia, la lágrima entendió a su creadora, y lloró.
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