Introducción
Era agosto y la princesa se asomó al balcón de su almena, desde donde la cálida brisa marina le traía aromas de sabor a sal. En aquellas noches de sofocante calor veraniego, su balcón era para ella su bien más preciado, su escondite de las horas muertas en soledad encerrada. Era vía de escape a la ensoñación de otra vida. Y es que a pesar de lo reducido de su tamaño, desde el balcón podía ver las lejanas montañas del norte, con sus altas cimas coronadas de perenne nieve, los dorados campos de cultivo del este donde la profesión había pasado de padres a hijos desde más allá de los tiempos que la bruja recuerda, y el viejo puerto abandonado del sur.
-El puerto…- Un suspiro tenue, apenas un momento, casi imposible de detectar.
El puerto, ese lugar que se encontraba en el punto más al sur de la isla, donde en otro tiempo fue un hervidero de personas cargando y descargando especias y mercancías de todo tipo que después poblaban las abarrotadas calles del mercado. Grandes barcos amarraron en sus majestuosos muelles, sus almacenes rebosaban vino de los enormes viñales de las tierras de los elfos, finas sedas de las regiones del oriente, piedras preciosas capaces de hacer enloquecer a cualquier mujer, ricos tapices que conmemoraban batallas pasadas o lejanas.
“Eran otros tiempos”- solía decir la bruja – “Tiempos mejores” – decía, antes de que sus ojos volvieran de algún recóndito lugar de su avejentada memoria. Nunca había dicho nada, pero durante el breve instante en que decía aquellas palabras, su mirada retrocedía atrás en el tiempo y una leve expresión de felicidad llena su cara, dibujando una fina sonrisa en la comisura de sus rojizos labios.
El puerto murió cuando estalló la guerra. La fortaleza donde ella estaba encerrada fue construido durante aquella época oscura y siniestra. Según había oído decir a la bruja, ya se venían sintiendo los vientos de muerte en la isla antes de que estallase definitivamente el conflicto. Enormes y terroríficas bestias, venidas de los más fríos y desiertos páramos del norte luchaban junto con sus amos para destruir la tierra que con tanto sudor habían hecho suya. Lo hombres que las guiaban portaban, en la mayoría de los casos enfermizas mutaciones, creadas por sus malvados chamanes en nombre de sus dioses paganos para inferirles un feroz aspecto con el que intimidar a sus enemigos. La bruja suele terminar lección cuando llega a este punto de la historia y esquiva cada pregunta que le hago hasta que, visiblemente enfadada, decide dar por concluidas las clases y se marcha encerrándome en la mortal soledad torre. O eso es lo que ella cree.
Hace ya tiempo encontré un pequeño pasadizo, bajo una falsa baldosa, que conduce a una pequeña casa abandonada cerca del pueblo. Fue en uno de mis viajes que me encontré con un joven campesino, de rubia barba y pelo rizado del mismo color gracias al cual supe que, por lo que cuentan las leyendas, la bruja fue en su juventud una bellísima mujer, curandera de la ciudad, de finos rasgos y esbelta figura, que siempre recordaran por sus penetrantes ojos verdes, siempre sonriente y alegre, de la cual el moribundo viejo rey estaba prendado con locura, pero que se enamoró de un joven y hermoso capitán durante de la guerra, y que el rey, herido y enojado, envió a la tierra de los humanos de ultramar y del que nunca volvió a tener noticias, pues se dice que murió en la más terrible de las batallas al enviarlo el rey a la primera línea de batalla. Y su siempre alegre espíritu tornose en triste melancolía, y se encerró por siempre en el castillo, lejos del horrible rey, y allí nació su hija nueve meses, atrapa en la almena con el propósito de alejarla de la terrible vida de la corte; aunque por lo que se cuenta, problamente de lo que la esconda sea del dolor del amor verdadero.
Desde entonces mi relación con la bruja fue bastante más sosegada y tranquila, apenas la incomodaba y evitaba hablar de la guerra, cosa que pude notar en su actitud, pues cada vez su férreo control sobre mi fue disminuyendo hasta casi convertirse en una amiga y confidente, creo que en realidad sabe lo de mis aventuras por el pasaje, aunque ella parece no querer reconocerlo.
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