Pudo ver en sus ojos que no quedaba en ellos ninguna señal del odio que le procesaban, en su lugar solo pudo observar unos iris oscuros, opacos, cerrados al calor humano, impasibles al designio de sus iguales. Su mirada era fiel reflejo del color de su alma, del camino que había decidido tomar, y de cuyo final aun no era dueño.
La miró a la cara, directamente, enfrentadas sus miradas. El dolor era profundo, la asfixiaba. Sentía hundirme el suelo bajo sus pies, pero no podía desviar la mirada de aquellos ojos que nada le decían. Si su suerte dependiera de aquel hombre, no viviría lo sufuciente para conocer su sino.
¿Por qué?, no era como ella lo recordaba. ¿Qué quedaba de su sonrisa? Solo el vago recuerdo de aquellas noche de frio invierno, entre sábanas heladas y cálidos aromas de un cuerpo querido. Ahora sólo veía indiferencia, donde antes hubo inocencia.
El sonrió, y lentamente, apartó su mirada de ella con la pesadez de quién torna en imágenes un pasado demasiado lejano. En aquella sala solo estaban él y ella, y este presente esquivo y lastimero, agonizante.
Se irguió frente a ella, mirada al frente, brazos caidos en pararelo a un tronco fuerte y decidido. Miraba algo más allá de donde un simple mortal puede ver, más allá de los sueños, de las promesas o los deseos. El miraba su futuro, y en él veía la soledad de quién camina hacia la locura más suave. Ella lo sabía, quería deternerlo pero no podía, de su boca no salía más que el banal intento de una súplica intelegible que el viento birlaba de sus labios de terciopelo. Con su mirada vió como se aleja, hacia un lugar del que jamás regresaría. Su lágrimas no sonseguían arrancar los temblores de su frágil cuerpo, ni llevarse de su mente los pesados remordimiento de su atribulada conciencia. Al final siempre lo supo, de su error nació el averno, de su traición, el miedo.
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