domingo, 8 de julio de 2012

Demasiado tarde.

Tal vez no sea la mejor historia del mundo, tal vez ni siquiera sea una gran historia, Pero si es una historia que merece ser contada. Es cierto que pueda que no haya bellas princesas en altas torres, ni dragones que las custodian por la eternidad, ni malvadas madrinas de pelos alocados y ropas de chichones colores, puede que tampoco haya engalanados príncipes cabalgando sobre suntuosos corceles de blancas crines. Pero no se qué os podíais esperar, esto no es más que una historia de amor, otra de miles que cada día se empiezan a escribir, o ponen punto y final. Todo empieza una soleada tarde de comienzos de septiembre. Aun noto el sabor a sal en mis labios, aun siendo su picor sobre ellos. El viaje no fue ni muy largo, ni muy corto, de hecho, creo que ninguno podamos recordar del mismo nada que nos revista cierto interés comentar, salvo tal vez su mirada esquiva, sus suaves cabellos cayéndole inocentes sobre sus pálidos hombros, sus gestos y expresiones… Al caso, un viaje en coche como otro cualquiera, ¿O no? La arena, humedecida por el vaivén de las olas del mar, era en contacto con la ardiente piel, un cierto consuelo para los soñolientos viajeros. Y digo soñolientos pues aun podía decirse que era temprano a pesar del viaje. Pero ¿a quién le importaba la arena, si podías arrancar de ella una cálida sonrisa? Solo eso bastaba para compensar cualquier esfuerzo y estremecer mi cuerpo. Ya lo hacía antes, pero hoy algo era distinto, ambos lo sabíamos. Se podía sentir en el aire, incluso el mar parecía querer recordarnos que las cosas estaban cambiando muy deprisa.

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