Un fuerte murmullo surgía del cercano bosque y llega a nuestros oidos. Parecía que por fin llegaban. Los habíamos estado esperando durante dos meses y por fin estaban aquí. Su paso por las tierras del sur había sido demoledor. Sus batallas se contaban por victorias, y sus victorias por masacres. Celebres eran sus carnicerías, devoraban pueblos enteros y arrollaban a sus milician sin la más mínima piedad y sin siquiera perder el ritmo de sus pasos; ese mismo sonido que ahora llegaba a nuestros oidos. En el lindero del bosque se podían observar los primeros estandartes e insignias, que ondeaban al viento trayendo la muerte. Trás estos, incansables filas de hombres surgían del bosque en apretadas y disclipinadas filas de soldados, con su bayonetas al hombro, cargadas cada una de ellas con un odio demasiado antiguo para ser recordado.
Cada uno de aquellos hombres, engalanados, vistiendo sus brillantes uniformes verdiblancos recién lavados, lastraba trás de si una historia de agonía, una historia de opresión y rencor. Hoy venán dispuestos a saldar sus cuentas con aquellos a los que señalaban como culpables de su desdicha.
Las primeras luces del atardecer mostraban a los hombres del fuerte el inmernso ejército que ante ellos de desplegaba en armónica danza. El ruido sordo generado por los miles de pies de aquellos soldados ensombrecia nuestras almas. Aquel ruido incesante era el preludio de una muerte tan indeseada omo esperada.
Mientrás los últimos soldados termiban de colocarse, y aprovechando el breve momento en que los cañones se posicionaban en lo alto de una colina, nuestros superiores se afanaban en preparar una infructuosa defensa del fuerte y en levantar los ánimos alicaidos de los voluntarios que en lo alto de la empalizaba nos manteníamos de pie, mosquete en mano, dispuesto a vender caras nuestras vida, sin encontrar consuleo en el heróico acto en el que estabamos llamados a participar como actores principales.
De pronto el ruido de los pasos cesó.
Un profundo silencio solo roto por el llanto de los niños inundaba el ambiente. El miedo que atenazaba a nuestros corazones reapareció con fuerza. Ya no se oia la voz de los predicadores rogando a Dios por nuestras almas, ni se oia a las mujeres despedir a sus hombres con lágrimas en los ojos, ni a los generales dar órdenes apresuradas a sus hombres. Solo silencio.
El viento mecía debilmente las ramas de los árboles, asi como los estandartes, creando una visión dislumbrante del ejército enemigo. Mezclado con el sonido del viento se entrelazaron los murmullos lejanos de voces que llegaban desde el otro lado del campo de batalla, donde los generales, muy probablemente arrengaban a sus tropas antes de la batalla. En las palabras había gloria, había honor, pero también había odio.
Aquellos soldados ya no tenían miedo, su fiera mirada atravesa el campo de batalla. Mis comaradas de armas agarraron con fuerza sus armas mientras frías gotas de sudor recorrían su cuerpo. Con leve gesto de su mano, el general enemigo inició el definitivo asalto al fuerte. La suerte estaba echada.
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