lunes, 8 de junio de 2009

Mi sueño

El sol del atardecer penetraba moribundo a través de las aperturas que la persiana de la habitación del hotel dejaban abiertas. La suave luz naranja bañaba con su esplendor toda la estancia creando un cálido ambiente. Desde la cama, tumbado a su lado podía sentir su respiración entrecortada, un murmullo de voces llegaba desde la calle mientras la gente se retiraba a sus casas. Su figura enfrentada a la luz resultaba siniestramente hermosa, sus curvas estaban bien definidas, sus cabellos caian gráciles sobre su espalda con delciosos tintes anaranjados. Sentía verdadero deseo de abrazarla, un deseo profundo, sincero. Me acerqué con silencioso avance y con dulzura le pase el brazo por su cadera. Ella estaba despierta y divertida giró su cabeza hasta encontrar mis ojos y, nuestras miradas se cruzaron, sus ojos de color del caramelo me observaron graciosos, su mano se alzó hasta acariar mi cara recién afeitada. De su cuerpo me llegó un aroma dulce, sensual, hermoso. Acerqué mi boca a su oído y con sutileza le susurré:
"Te quiero"
Ella rió traviesa, se llevó la mano a la boca, su pecho bajaba y subía con respiración alterada. Mientras mi boca bajaba hasta el lóbulo de la oreja mi mano juguetona empezó a recorrer su cuerpo, acariciando su piel, con cariño, y despacio, empezé a moder. Sin fuerza, sin daño, solo con pasión. Ella se elevó unos centrímetros de la cama y libéró un gemido, seco, cortante, no deseaba que parase.
Mi mano siguió avanzado hasta que alcanzó el espacio que había entre sus pechos turguentes. Mi boca descendió mordiendo energicamente su cuello, continuando hasta donde estaba mi mano. Para aquel entonces no podía parar.
Mientras mi mano se deslizaba lenta sobre su cuerpo hacia su pecho derecho, mi boca avanzó con paciencia hacia el izquierdo. Estos se contrayeron con el contacto de mi piel, volviendo su piel más sensible aun. Ella pasó su mano nerviosa sobre mi cabello negro azabache, revolviendo mi pelo. Empezamos a jugar. Mi lengua recorría cada parte, cada espacio, cada pedazo de su de sus preciosos pechos. Mientras, mi mano juguetona acariciaba todo su pecho, apretándolo con suave dulcura. Pronto, ella empezó a perder la compostura, revolviendose con placer.

Su mirada clavada sobre mi, bella, y sensual. Su cuerpo, tan perfecto al contraste con la luz del atardecer, se me mostraba desnudo, sencillo, hermoso. Recorría su cuerpo con mi lengua, descendiendo lentamente, parándome en cada recodo, en cada curva, en cada detalle de ese precioso cuerpo. Mis manos se deleitaban en juegos perversos en diferentes partes de su cuerpo, siempre móviles, siempre imaginativas. Ella, recostada en la cama, seguía cada uno de mis movimientos con perversa curiosidad.

De pronto sentí sus manos en mi espalda, sentí como la recorrían arañandola con sublime dulzura. Ella recogió mi cara y acercándola a la suya me besó con pasión, entregada por entero a un beso, Fue entonces cuando respiré su aroma, cálido y delicioso. Me estaba mirando.
"Quiero que me entres"
No tuvo que pedirlo dos veces, con traquilidad me fui acercándo a ella hasta sentir su calor tan cerca de mi que casi no podía distinguirlo del mio, y entonces entré. Ella gemió echando la cabeza hacía atrás y levantado el cuerpo, sus suaves pechos se acercaron tanto a mi cara que no pude sino regresar a ellos, mientras continuaba dentro de ella. Entonces empezó la boragine. Una y otra vez regresaba a ella, y cada vez más ardiente, esta gemía con mayor fuerza a cada estímulo, a cada impulso de mi cuerpo sobre ella. Fue entonces cuando ella me susurró algo precioso, hermoso en extremo. Mi mente se volvió loca, y ella decidió llevar la iniciativa.
Me tumbó con salvajismo sobre la cama, y asi, lentamente, fue besando cada uno de mis lunares y descenciendo con suavidad sobre su pecho, hasta llegar mas halla de la línea de la cintura. Con gran maestría y sublime amor, me llevo a los campos del placer, con cada beso, con cada caricia de su lengua, mi cuerpo se extasiaba. No hubo un solo momento en que no sientese ardientes deseos de volver a entrar en ella, pero era ahora su turno, asi que lo único que hice fue esperar a que me volviese a tocar sumido en el placer mas absoluto. Luego, una vez saciada su sed, y cuando el placer me habia tomado por completo, ella regresó; ascendiendo a lo largo de mi cuerpo hasta erguirse sobre mi apoyando sus manos cerca de mi cara. De repente sentí su calor otra vez, solo que era ahora ella quien llevaba el ritmo, un ritmo salvaje, frenético, casi imposible. Percibí con intensidad su embriagador aroma. Noté su corazón latir tan cerca del mio que no sabía si era capaz de distinguirlos.

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