sábado, 13 de junio de 2009

Carta para una princesa

¿Cuántas veces no habré pensado que no podía existir la belleza pura, la sonrisa plena? ¿Cunátas veces la habré buscado sin que la suerte jamás me la diera?, y es ahora, cuando más la deseaba que la hallo, que la encuentra, tan preciosa, tan bella. Un mundo entero por ver, por descubrir, como un renacer en este mundo, todo es ahora distinto, nada es viejo, todo es nuevo. La naturaleza otorga rara vez un fruto más perfecto de su vientre. Todo es hermosura, la vida sonrié incluso mientras su luz se apaga en el horizonte. ¿Cómo puede ser que el tiempo se detenga cuando os observo princesa? cuando os habló, el mundo se para, el viento se vuelve brisa. El olor de vuestros cabellos inunda mis sentimientos. Sólo puedo deciros que os quiero, que os amo, princesa, más halla de la comprensión de los sabios de este mundo, por que el amor no puede ser comprendido por aquellos que no creen en los sueños, pero esto no es un sueño, es real, tan real como la vida, tan real como que os amo.

De vuestro humilde admirador y siervo.

Tiempo

Lento espacio de tiempo aguarda a aquellos que crucen las puertas de este mundo y se atrevan a adentrarse en aquel en el que los vivos no pueden ser recibidos, ese lugar en el que los sueños son posibles, en el que el cielo jamás se nubla, en el que el mundo muestra toda su belleza, un mundo donde todo es humano, donde la luz de la luna revela secretos nunca dichos. Un mundo especial aguarda a quienes cruzen esas puertas, pero aun no es tu dia, aun no te toca, asi que sueña con cambiar tu mundo, y puede que aun salves a los vivos.

martes, 9 de junio de 2009

Los cañones bramabron con un sonido ensordecedor, mientras escupían por sus bocas fuego y hierro. Las débiles empalizadas de madera no fueron sufiente para frenar aquellas enormes piedras de hierro que atravesaron la estructuras explotando con violencia en su interior liberando con cada explosión miles de esquirlas de hierros que atrvesaban la carne de nuestros hombre fusionando el fuego, el hierro y la carne. Tras la descarga inicial, el general hizo un nuevo mivimiento, sólo que esta vez respondio la columna de hombre. Con paso ligero empezaron a avanzar hacia nuestras posiciones.

Sus relucientes bayoenetas emitian debiles destellos dorados al reflejar las últimas luces del dia. Aquellos soldados eran profesionales de la guerra, no temian ni a la muerte ni al enemigo, sus aguerridos comandantes avanzaban en la primera linea dispuestos arecibir el primer disparo por sus hombres. Avanzaban en compacto bloques, en filas muy prietas, pronto nuestros cañones acertaron en sus objetivos, levantando por los aires hombres o mienbros mutilados y sembrando el campo de batalla de muerte, sin embargo, estos soldados no perdían el paso, y pronto surgían nuevos hombres que llenaban los huecos dejados por sus caidos.

Cuando empezaron a entrar en nuestro rango de disparon, sin órden alguna, aquellos hombres rompieron las filas, y corrieron hacia nuestras murallas poseidos por el ansía de alcanzar pronto su destino. Entre todos aquellos hombres había escalas, escaleras, ganchos y otra serie de ingenios para alcanzar nuestra posición. Nuestra descarga dejo el campo lleno s muertos y regeros de sangre empezaron a salir de aquellos cuerpo formando horribles charco rojos en el suelo.
Un fuerte murmullo surgía del cercano bosque y llega a nuestros oidos. Parecía que por fin llegaban. Los habíamos estado esperando durante dos meses y por fin estaban aquí. Su paso por las tierras del sur había sido demoledor. Sus batallas se contaban por victorias, y sus victorias por masacres. Celebres eran sus carnicerías, devoraban pueblos enteros y arrollaban a sus milician sin la más mínima piedad y sin siquiera perder el ritmo de sus pasos; ese mismo sonido que ahora llegaba a nuestros oidos. En el lindero del bosque se podían observar los primeros estandartes e insignias, que ondeaban al viento trayendo la muerte. Trás estos, incansables filas de hombres surgían del bosque en apretadas y disclipinadas filas de soldados, con su bayonetas al hombro, cargadas cada una de ellas con un odio demasiado antiguo para ser recordado.
Cada uno de aquellos hombres, engalanados, vistiendo sus brillantes uniformes verdiblancos recién lavados, lastraba trás de si una historia de agonía, una historia de opresión y rencor. Hoy venán dispuestos a saldar sus cuentas con aquellos a los que señalaban como culpables de su desdicha.

Las primeras luces del atardecer mostraban a los hombres del fuerte el inmernso ejército que ante ellos de desplegaba en armónica danza. El ruido sordo generado por los miles de pies de aquellos soldados ensombrecia nuestras almas. Aquel ruido incesante era el preludio de una muerte tan indeseada omo esperada.

Mientrás los últimos soldados termiban de colocarse, y aprovechando el breve momento en que los cañones se posicionaban en lo alto de una colina, nuestros superiores se afanaban en preparar una infructuosa defensa del fuerte y en levantar los ánimos alicaidos de los voluntarios que en lo alto de la empalizaba nos manteníamos de pie, mosquete en mano, dispuesto a vender caras nuestras vida, sin encontrar consuleo en el heróico acto en el que estabamos llamados a participar como actores principales.

De pronto el ruido de los pasos cesó.

Un profundo silencio solo roto por el llanto de los niños inundaba el ambiente. El miedo que atenazaba a nuestros corazones reapareció con fuerza. Ya no se oia la voz de los predicadores rogando a Dios por nuestras almas, ni se oia a las mujeres despedir a sus hombres con lágrimas en los ojos, ni a los generales dar órdenes apresuradas a sus hombres. Solo silencio.

El viento mecía debilmente las ramas de los árboles, asi como los estandartes, creando una visión dislumbrante del ejército enemigo. Mezclado con el sonido del viento se entrelazaron los murmullos lejanos de voces que llegaban desde el otro lado del campo de batalla, donde los generales, muy probablemente arrengaban a sus tropas antes de la batalla. En las palabras había gloria, había honor, pero también había odio.

Aquellos soldados ya no tenían miedo, su fiera mirada atravesa el campo de batalla. Mis comaradas de armas agarraron con fuerza sus armas mientras frías gotas de sudor recorrían su cuerpo. Con leve gesto de su mano, el general enemigo inició el definitivo asalto al fuerte. La suerte estaba echada.

lunes, 8 de junio de 2009

Mi sueño

El sol del atardecer penetraba moribundo a través de las aperturas que la persiana de la habitación del hotel dejaban abiertas. La suave luz naranja bañaba con su esplendor toda la estancia creando un cálido ambiente. Desde la cama, tumbado a su lado podía sentir su respiración entrecortada, un murmullo de voces llegaba desde la calle mientras la gente se retiraba a sus casas. Su figura enfrentada a la luz resultaba siniestramente hermosa, sus curvas estaban bien definidas, sus cabellos caian gráciles sobre su espalda con delciosos tintes anaranjados. Sentía verdadero deseo de abrazarla, un deseo profundo, sincero. Me acerqué con silencioso avance y con dulzura le pase el brazo por su cadera. Ella estaba despierta y divertida giró su cabeza hasta encontrar mis ojos y, nuestras miradas se cruzaron, sus ojos de color del caramelo me observaron graciosos, su mano se alzó hasta acariar mi cara recién afeitada. De su cuerpo me llegó un aroma dulce, sensual, hermoso. Acerqué mi boca a su oído y con sutileza le susurré:
"Te quiero"
Ella rió traviesa, se llevó la mano a la boca, su pecho bajaba y subía con respiración alterada. Mientras mi boca bajaba hasta el lóbulo de la oreja mi mano juguetona empezó a recorrer su cuerpo, acariciando su piel, con cariño, y despacio, empezé a moder. Sin fuerza, sin daño, solo con pasión. Ella se elevó unos centrímetros de la cama y libéró un gemido, seco, cortante, no deseaba que parase.
Mi mano siguió avanzado hasta que alcanzó el espacio que había entre sus pechos turguentes. Mi boca descendió mordiendo energicamente su cuello, continuando hasta donde estaba mi mano. Para aquel entonces no podía parar.
Mientras mi mano se deslizaba lenta sobre su cuerpo hacia su pecho derecho, mi boca avanzó con paciencia hacia el izquierdo. Estos se contrayeron con el contacto de mi piel, volviendo su piel más sensible aun. Ella pasó su mano nerviosa sobre mi cabello negro azabache, revolviendo mi pelo. Empezamos a jugar. Mi lengua recorría cada parte, cada espacio, cada pedazo de su de sus preciosos pechos. Mientras, mi mano juguetona acariciaba todo su pecho, apretándolo con suave dulcura. Pronto, ella empezó a perder la compostura, revolviendose con placer.

Su mirada clavada sobre mi, bella, y sensual. Su cuerpo, tan perfecto al contraste con la luz del atardecer, se me mostraba desnudo, sencillo, hermoso. Recorría su cuerpo con mi lengua, descendiendo lentamente, parándome en cada recodo, en cada curva, en cada detalle de ese precioso cuerpo. Mis manos se deleitaban en juegos perversos en diferentes partes de su cuerpo, siempre móviles, siempre imaginativas. Ella, recostada en la cama, seguía cada uno de mis movimientos con perversa curiosidad.

De pronto sentí sus manos en mi espalda, sentí como la recorrían arañandola con sublime dulzura. Ella recogió mi cara y acercándola a la suya me besó con pasión, entregada por entero a un beso, Fue entonces cuando respiré su aroma, cálido y delicioso. Me estaba mirando.
"Quiero que me entres"
No tuvo que pedirlo dos veces, con traquilidad me fui acercándo a ella hasta sentir su calor tan cerca de mi que casi no podía distinguirlo del mio, y entonces entré. Ella gemió echando la cabeza hacía atrás y levantado el cuerpo, sus suaves pechos se acercaron tanto a mi cara que no pude sino regresar a ellos, mientras continuaba dentro de ella. Entonces empezó la boragine. Una y otra vez regresaba a ella, y cada vez más ardiente, esta gemía con mayor fuerza a cada estímulo, a cada impulso de mi cuerpo sobre ella. Fue entonces cuando ella me susurró algo precioso, hermoso en extremo. Mi mente se volvió loca, y ella decidió llevar la iniciativa.
Me tumbó con salvajismo sobre la cama, y asi, lentamente, fue besando cada uno de mis lunares y descenciendo con suavidad sobre su pecho, hasta llegar mas halla de la línea de la cintura. Con gran maestría y sublime amor, me llevo a los campos del placer, con cada beso, con cada caricia de su lengua, mi cuerpo se extasiaba. No hubo un solo momento en que no sientese ardientes deseos de volver a entrar en ella, pero era ahora su turno, asi que lo único que hice fue esperar a que me volviese a tocar sumido en el placer mas absoluto. Luego, una vez saciada su sed, y cuando el placer me habia tomado por completo, ella regresó; ascendiendo a lo largo de mi cuerpo hasta erguirse sobre mi apoyando sus manos cerca de mi cara. De repente sentí su calor otra vez, solo que era ahora ella quien llevaba el ritmo, un ritmo salvaje, frenético, casi imposible. Percibí con intensidad su embriagador aroma. Noté su corazón latir tan cerca del mio que no sabía si era capaz de distinguirlos.

Mujer

Hay en la vida muchos placeres, de los cuales sin lugar a dudas, mas de uno habrá dado larga cuenta de ellos, sin embargo, puedo estar seguro que el mayor de todos estos placeres rara vez se les presenta a las personas. Es un placer único, por el hecho de que ningún otro posee la capacidad de complacer a la vez a los cinco sentidos, al cuerpo y al alma. Muchos dirán que el amor es una virtud, pero no deja de ser por ello un placer, el mayor de todos. Por que con el amor hallas el complemento, hallas la pieza que a cada persona le falta. En mi caso puedo afirmar que he hallado ese placer, he hallado aquello que me faltaba, a la persona que me completa. He hallado a la mujer más maravillosa a la que un hombre pueda imaginar. He hallado un tesoro, una flores entre cizaña. He hallado la alegría que cada mañana me ayuda a despertar, pero que, sin embargo, no me arrebata de mi sueño. Ahorea entiendo lo que muchos antes dijeron sobre el amor, por que es mucho más que un simple sentimiento, es una forma de vivir, un estilo de vida que merece la pena ser vivido, ¿no creen?