martes, 14 de agosto de 2012

Viena

“No puede ser, no de esta manera, no así”
Las lágrimas recorrían su cara, deslizándose cruelmente por sus sonrojadas mejillas.
“No tiene sentido”
Se repetía una y otra vez sin poder entender los motivos que la habían conducido a tomar tal decisión. En su mente se amontonaban los recuerdos: su risa, sencilla y limpia, y a la vez tan pura; su mirada, inocente; el tacto de su delicada piel; de fina seda; el suave aroma, la dulce fragancia de su cuerpo desnudo junto al suyo. En el mundo muchas cosas carecen de sentido lógico, demasiadas elecciones tomadas en un loco arrebato obviando las consecuencias que en los demás generan, algunas de las cuales irreparables. El dolor es a veces la única verdad tangible, la única que nunca nos olvida, aquella que siempre nos persigue, paciente. Desde que nacemos, y durante toda nuestra existencia nos acompaña, cual pasajera silenciosa, pendiente de nuestro descuido. Se alimenta de las ilusiones rotas, de los sueños perdidos. Cuando mayor es nuestro equipaje más cerca de nosotros esta.
“¿Por qué?”
Se pregunta, pero jamás conocerá la respuesta, pues no la hay. Su alma yace ante él, convaleciente, herida de gravedad. Hay heridas que nunca sanan. Cicatrices que marcan algo más que un cuerpo, un carácter, una forma de vivir, una forma de creer. No son pocos los que piensan que son estas cosas las que nos harán más fuertes, las que nos harán crecer y ser mejores personas con nosotros mismos y los demás. Incrédulos todos ellos, No creo que las lágrimas hagan más fuerte, ni que la herida haga más valiente.
“ ”
Eso es lo único cierto en todo esto, el vacio que queda nada más puede cubrirlo. Ya pertenecerá por siempre a quién lo abandonó; demasiado premio para quién no lo merece, pero insuficiente para quién preparó un corazón para acomodar con quién compartir sus alegrías y tristezas, sus deseos y esperanzas. Ese corazón tendrá ya por siempre un lugar donde guardar todo aquello que el tiempo no logre borrar.
Alza su mirada al cielo, no pide clemencia, tampoco perdón, ya ha perdido su fe, no busca a ningún Dios. Tan solo desea sentir el frio viento acariciar su cara. Notar como su cuerpo se refresca bajo esta preciosa noche invernal, donde las primeras gotas de lluvia comienza a caer sobre los perezosos turistas de la ciudad imperial, que empiezan a correr en busca de refugio donde guarecerse y poder cenar tranquilos frente a la Ópera.
Ahora que no le quedan más lágrimas en sus ojos, tiene que llorar el alma. La lluvia, ahora sí, rompe con fuerza sobre Viena.

viernes, 10 de agosto de 2012

Introducción

Introducción
Era agosto y la princesa se asomó al balcón de su almena, desde donde la cálida brisa marina le traía aromas de sabor a sal. En aquellas noches de sofocante calor veraniego, su balcón era para ella su bien más preciado, su escondite de las horas muertas en soledad encerrada. Era vía de escape a la ensoñación de otra vida. Y es que a pesar de lo reducido de su tamaño, desde el balcón podía ver las lejanas montañas del norte, con sus altas cimas coronadas de perenne nieve, los dorados campos de cultivo del este donde la profesión había pasado de padres a hijos desde más allá de los tiempos que la bruja recuerda, y el viejo puerto abandonado del sur.
-El puerto…- Un suspiro tenue, apenas un momento, casi imposible de detectar.
El puerto, ese lugar que se encontraba en el punto más al sur de la isla, donde en otro tiempo fue un hervidero de personas cargando y descargando especias y mercancías de todo tipo que después poblaban las abarrotadas calles del mercado. Grandes barcos amarraron en sus majestuosos muelles, sus almacenes rebosaban vino de los enormes viñales de las tierras de los elfos, finas sedas de las regiones del oriente, piedras preciosas capaces de hacer enloquecer a cualquier mujer, ricos tapices que conmemoraban batallas pasadas o lejanas.

“Eran otros tiempos”- solía decir la bruja – “Tiempos mejores” – decía, antes de que sus ojos volvieran de algún recóndito lugar de su avejentada memoria. Nunca había dicho nada, pero durante el breve instante en que decía aquellas palabras, su mirada retrocedía atrás en el tiempo y una leve expresión de felicidad llena su cara, dibujando una fina sonrisa en la comisura de sus rojizos labios.
El puerto murió cuando estalló la guerra. La fortaleza donde ella estaba encerrada fue construido durante aquella época oscura y siniestra. Según había oído decir a la bruja, ya se venían sintiendo los vientos de muerte en la isla antes de que estallase definitivamente el conflicto. Enormes y terroríficas bestias, venidas de los más fríos y desiertos páramos del norte luchaban junto con sus amos para destruir la tierra que con tanto sudor habían hecho suya. Lo hombres que las guiaban portaban, en la mayoría de los casos enfermizas mutaciones, creadas por sus malvados chamanes en nombre de sus dioses paganos para inferirles un feroz aspecto con el que intimidar a sus enemigos. La bruja suele terminar lección cuando llega a este punto de la historia y esquiva cada pregunta que le hago hasta que, visiblemente enfadada, decide dar por concluidas las clases y se marcha encerrándome en la mortal soledad torre. O eso es lo que ella cree.

Hace ya tiempo encontré un pequeño pasadizo, bajo una falsa baldosa, que conduce a una pequeña casa abandonada cerca del pueblo. Fue en uno de mis viajes que me encontré con un joven campesino, de rubia barba y pelo rizado del mismo color gracias al cual supe que, por lo que cuentan las leyendas, la bruja fue en su juventud una bellísima mujer, curandera de la ciudad, de finos rasgos y esbelta figura, que siempre recordaran por sus penetrantes ojos verdes, siempre sonriente y alegre, de la cual el moribundo viejo rey estaba prendado con locura, pero que se enamoró de un joven y hermoso capitán durante de la guerra, y que el rey, herido y enojado, envió a la tierra de los humanos de ultramar y del que nunca volvió a tener noticias, pues se dice que murió en la más terrible de las batallas al enviarlo el rey a la primera línea de batalla. Y su siempre alegre espíritu tornose en triste melancolía, y se encerró por siempre en el castillo, lejos del horrible rey, y allí nació su hija nueve meses, atrapa en la almena con el propósito de alejarla de la terrible vida de la corte; aunque por lo que se cuenta, problamente de lo que la esconda sea del dolor del amor verdadero.

Desde entonces mi relación con la bruja fue bastante más sosegada y tranquila, apenas la incomodaba y evitaba hablar de la guerra, cosa que pude notar en su actitud, pues cada vez su férreo control sobre mi fue disminuyendo hasta casi convertirse en una amiga y confidente, creo que en realidad sabe lo de mis aventuras por el pasaje, aunque ella parece no querer reconocerlo.