jueves, 12 de noviembre de 2009

Vacio

En la oscuridad de la noche, en el vacio de mi mente, las ideas vagan por doquier. Apenas tiene mi atribulada mente un momento de suspiro antes de enfrentarse a una nueva idea, tal vez más disparatada aun que la anterior, y ha veces, peor. Mis largas horas de sueño de antaño han dejado paso a largas velados observando impabido las llamas de la chimenea crepitar. Solo en la sala de espera, entre libros encerrado, mis horas se consumen y la soledad destruye mi alma, y por ende, mi cuerpo exhausto. Fórmulas y más formulas son reformuladas en mi cabeza, con mayor o menor sentido, buscando entre ellas un resquicio de cordura entre este mundo de locos, mas, ¿Cómo debe ser la vida para poderla formular mediante leyes empíricas? ¿Cómo es posible que hasta la muerte posea una razón para existir? Me vence ya esta realidad, a cual decido sin comtemplaciones rendirme, la evidencia es muy fuerte. Me levanto del cómodo sillón, forrado de colores llamativos, recordatorio de una época anterior, pero no por ello feliz, y marcho a la cama, en busca del sueño eterno que en ella me espera. Por el camino son muchos los recuerdos que me asaltan. Las sombras proyectadas por los objetos del pasillo ante la débil luz de la candela que en mi mano aletargada sostengo, los convierte en fantasmas. Lágrimas escapan de mi mejilla, buscan un nuevo hogar. Abro la puerta del dormitorio, como siempre, la penumbra me asalta. Mis ojos apenas llegan a adivinar que se esconde tras esas sombras, mas mi memoria me trae del recuerdo cada objeto, cada sentimiento, cada palabra que esta pequeña habitación contiene. Apago la luz de la vela, y a tientas encuentro la cama. Me acurruco entre sus suaves sabanas, y en estas efímera sensación de bienestar mi alma abandona este mundo, con la sensación de haber muerto en vano, sin haber conseguido sacar de este caduco mundo su mejor sonrisa.

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