domingo, 11 de octubre de 2009
Sala de estar
El reloj de la sala de estar marcaba las ocho menos diez, más, sin embargo, jamás se había puesto en hora, por lo que, trás tantos años de leal servicio, había perdido definitivamente la noción del tiempo. No era el único en aquel lugar que no sabía que hora era, de todas formas en aquel lugar el tiempo de poco valía. Sentados en sus sillas, alrededor de una mesa redondo de pequeño diamétro, se encontraban sentados todos los ocupantes de la sala. La discusión entre todos se perdía en frivolas discusiones sobre programas de televisión y temas del corazón, de los que poco o nada podía decirse ya nuevo sobre ellos. Delante del ordenador, escribo las palabras tal y como me vienen a la mente. Trás un rato, cada una de las tres personas se había encerrado en su propio mundo, el mio, estaba a mi lado sentado, absorta en una máquina, ajena al sentimiento tan profundo que en mi causa su aroma. Apenas si me atrevo a mirarla por no hacerla peder su concentración, pero no es solo por eso, no quiero perder la visión tan hermosa que de ella tengo ahora.
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