Una mirada, un gesto, una caricia.
Unos labios cobardes que buscan, en la piel que rodea al cuello, una presa sencilla. Que rehúyen el compromiso tácito que significa el encuentro de dos lenguas que no desean hablar. Sin contemplaciones ni remilgos son los ojos los que, cerrados, recorren con la imaginación de cada uno el cuerpo del otro. Nada escapa a su deseo. La lujuria se abre paso entre sus piernas, decidida. Ella no vacila. La desea. Y aunque sea tan sólo por un breve instante tiempo, formarán uno.
Las promesas, las mentiras y las palabras se pierden entre gemidos, reales y fingidos. Entre uñas que arañan la piel, entre manos que abrazan la carne, entre bocas que muerden sin mesura. El ritmo se acelera y los cuerpos se retuercen. Gozar y disfrutar son las máximas. El pecado penetra sin encontrar resistencia alguna. Hasta el fondo de sus pervertidas mentes. Y de las vuestras.
Una mano de sale del guion y agarra el borde de la cama. El color rojo encendido de su pintauñas está pagando el esfuerzo. Apenas queda suficiente para reconocer el color. El sudor recorre su espalda corrompiendo a su paso hasta la más oculta de sus intenciones. Y eso le gusta.
Él se pierde en su busto. Hipnotizado con su armónico ritmo. No puede evitar la necesidad de tocarlo, de recogerlo entre sus manos y besarlo. De caminar en el desierto entre sus dunas. De delinear con su lengua el dibujo que sus lunares le pintan. Y eso le gusta.
miércoles, 20 de mayo de 2015
jueves, 27 de noviembre de 2014
Juventud
Arranquemos de esos labios cada beso, dejemos que nos maneje el deseo, hagamos este momento eterno. Olvidemos nuestras mentes, sintámonos, poseyéramos. Deja que la música lleve nuestros cuerpos a paraísos idílicos, paraísos carnales. La noche no muere mientras nuestra luz brille más que el mismo sol.
Bebamos nuestras memorias hasta que las cadenas que nos atan a la cordura se rompan en mil pedazos. Despeguemos lejos, soñemos sin miedo esta vida terca.
Tomemos fantasías que nos eleven por encima de la vulgaridad que nos atrapa.
Metámonos hasta el último resquicio de locura que hay en este planeta, bien profundo, que cale en los huesos. Que sea tu mano la que guíe mi destino, torcido y esquivo, hasta su final más pasional. Liberemos nuestra creatividad, dejemos que se realice, que se complete en este mundo enfermo.
Consumemos nuestra juventud a la luz de la luna. Consumamos cada segundo, como si fuera el último. No dejemos tiempo al aliento. Susurremos, gritemos, gimamos. Recuérdame qué es la vida, recuérdame porqué vivo.
Bebamos nuestras memorias hasta que las cadenas que nos atan a la cordura se rompan en mil pedazos. Despeguemos lejos, soñemos sin miedo esta vida terca.
Tomemos fantasías que nos eleven por encima de la vulgaridad que nos atrapa.
Metámonos hasta el último resquicio de locura que hay en este planeta, bien profundo, que cale en los huesos. Que sea tu mano la que guíe mi destino, torcido y esquivo, hasta su final más pasional. Liberemos nuestra creatividad, dejemos que se realice, que se complete en este mundo enfermo.
Consumemos nuestra juventud a la luz de la luna. Consumamos cada segundo, como si fuera el último. No dejemos tiempo al aliento. Susurremos, gritemos, gimamos. Recuérdame qué es la vida, recuérdame porqué vivo.
domingo, 26 de octubre de 2014
Cronicas de una locura anunciada
El cielo llora, desconsolado. Sus lágrimas, que le caen por el rostro sin control, ocultan su dolor. Camina rápido, sin una meta, sin un objetivo que alcanzar. Las calles abarrotadas pasan a su lado envueltas en una neblina de luces parpadeantes. Esquiva, por igual, a damas y putas. Por todos lados aparecen; hombres que jadean, mujeres que susurran. En sus oídos únicamente suena una desgarrada melodía. Su corazón se acelera, intenta mantener el ritmo de sus pies aunque no sabe a dónde ir. Se deja guiar cayendo en brazos de su instinto más primario. Apenas tiene tiempo para pensar. Mejor. Tuerce primero a la derecha, luego a la izquierda. Pierde el ritmo y cae de rodillas sobre la acera. Su rostro se eleva entonces al cielo. Intenta incansablemente atrapar todo el aire posible con cada bocanada. Su boca se llena de agua. Sus labio saben a dulce. Tanta gente en la calle, nunca estuvo tan solo.
No puede seguir engañándose. Inclina su cuerpo exhausto sobre el suelo, y una vez se encuentra en esa posición, ya no puede evitarlo más. Su rostro se contrae, sus ojos se cierran y su cuerpo es recorrido por un escalofrío helado. Sus dedos arañan la superficie de duro asfalto mientras su mano se cierra lentamente, intentando desesperadamente arrancar una caricia a su soledad.
Golpea con furia y el agua le salpica en el rostro. Abre los ojos y se ve en el reflejo de un charco. Inexacto, indefinido. Por fin lo puede ver claro. Ante él se abren ahora dos caminos posibles: desesperación o locura.
Sonríe, pues ya ha elegido. Se levanta un hombre nuevo; el mismo por fuera, pero totalmente diferente.
No puede seguir engañándose. Inclina su cuerpo exhausto sobre el suelo, y una vez se encuentra en esa posición, ya no puede evitarlo más. Su rostro se contrae, sus ojos se cierran y su cuerpo es recorrido por un escalofrío helado. Sus dedos arañan la superficie de duro asfalto mientras su mano se cierra lentamente, intentando desesperadamente arrancar una caricia a su soledad.
Golpea con furia y el agua le salpica en el rostro. Abre los ojos y se ve en el reflejo de un charco. Inexacto, indefinido. Por fin lo puede ver claro. Ante él se abren ahora dos caminos posibles: desesperación o locura.
Sonríe, pues ya ha elegido. Se levanta un hombre nuevo; el mismo por fuera, pero totalmente diferente.
viernes, 29 de agosto de 2014
París
“Queda ya poco para el amanecer. Qué poco tiempo nos queda “
Sentado al pie de una escalera, de frente al Senna, golpeado insistentemente por un desagradable viento frío que parece empeñado en empañar sus últimos momento en la capital del amor. Nace de las mismas entrañas del río una densa niebla que va cubriendo lentamente el horizonte, firmando a su paso una curiosa estampa impresionista en el ambiente. Al amparo de las tenues luces de la noche, enciende un cigarro más. Cubre con sus gélidas manos la débil llama de su encendedor mientras blasfema para sus adentros por no conseguir dirigir el fuego con corrección. Por fin siente como entra el humo del tabaco, lo retiene un momento en sus pulmones para luego expulsarlo lentamente, y lo embarga una efímera, aunque intensa sensación de paz.
Un rápido movimiento de la bruma consigue que ante él se descubra imponente, hermosamente cautivadora, misteriosa como ninguna, evocadora y desnuda, la gran dama de Francia. Con los dedos acompaña lentamente sus suaves curvas de acero. Sabe, incluso en la cercanía de su mirada, que su tiempo con ella expira. Quisiera haberla podido amar como se merecía. Haber recorrido sus entrañas con deseo, haber desbocado la pasión con cada mágico rincón de su armazón.
Sentado en aquel poyete, toma una nueva calada de su cigarro. Oye pasos apresurados por la escalera en dirección suya. Sabe que su breve momento de tranquilidad toca a su fin. Se despide de la dama con un leve movimiento de cabeza antes de ponerse en pie, conocedor de que jamás volverá a verla en vida. Guarda la imagen de la retina en su memoria, como una fotografía en color. Adiós amada mía, ni siquiera esta ciudad puede unir todos los corazones.
Sentado al pie de una escalera, de frente al Senna, golpeado insistentemente por un desagradable viento frío que parece empeñado en empañar sus últimos momento en la capital del amor. Nace de las mismas entrañas del río una densa niebla que va cubriendo lentamente el horizonte, firmando a su paso una curiosa estampa impresionista en el ambiente. Al amparo de las tenues luces de la noche, enciende un cigarro más. Cubre con sus gélidas manos la débil llama de su encendedor mientras blasfema para sus adentros por no conseguir dirigir el fuego con corrección. Por fin siente como entra el humo del tabaco, lo retiene un momento en sus pulmones para luego expulsarlo lentamente, y lo embarga una efímera, aunque intensa sensación de paz.
Un rápido movimiento de la bruma consigue que ante él se descubra imponente, hermosamente cautivadora, misteriosa como ninguna, evocadora y desnuda, la gran dama de Francia. Con los dedos acompaña lentamente sus suaves curvas de acero. Sabe, incluso en la cercanía de su mirada, que su tiempo con ella expira. Quisiera haberla podido amar como se merecía. Haber recorrido sus entrañas con deseo, haber desbocado la pasión con cada mágico rincón de su armazón.
Sentado en aquel poyete, toma una nueva calada de su cigarro. Oye pasos apresurados por la escalera en dirección suya. Sabe que su breve momento de tranquilidad toca a su fin. Se despide de la dama con un leve movimiento de cabeza antes de ponerse en pie, conocedor de que jamás volverá a verla en vida. Guarda la imagen de la retina en su memoria, como una fotografía en color. Adiós amada mía, ni siquiera esta ciudad puede unir todos los corazones.
domingo, 22 de junio de 2014
La batalla
Miedo, esa era la palabra que estaba buscando, miedo.
De pie sobre aquella loma, de frente al fuerte y gélido viento de la noche, contemplaba absorto las estrellas en lo alto del cielo, intentando en vano abarcarlas todas con la mirada. Aunque le gustaba observarlas en silencio, con la única compañía de la luna, aquella noche sería, desgraciadamente, una excepción obligada.
Ante el amplio llano que se abría al abrigo de las montañas y del boque, se extendía como una bestia durmiente, su campamento. Miles de hombres guardaban reposo antes de la batalla, durmiendo en sus humildes tiendas de campaña, con sus armaduras puestas y sus armas muy cerca de ellos, listos para ser llamados a formar en cualquier instante en que fueran requeridos.
No era la forma en que había imaginado su primera batalla. Sin grandes espaderos, con sus miradas feroces y su hábil manejo del acero; sin caballeros del círculo interior, con sus resplandecientes armaduras plateadas, embellecidas con fantásticos animales y sus escudos de armas; sin grandes banquetes ni discursos grandilocuentes, tan solo las tropas regulares de la ciudad, salpicadas por improvisados soldados provenientes de las levas que se había visto obligado a convocar, superados en número diez a uno por el enemigo.
Con tan sólo dieciséis años se veía dirigiendo la última de las defensas de la ciudad, sin experiencia previa en combate, asesorado por simples capitanes de la guardia en lugar de nobles y, por si aquello no fuera en sí mismo suficiente, con una espada claramente desproporcionada para su tamaño.
“¿Cómo hemos llegado a esta situación?” – Se preguntaba insistentemente. Pero el sabía perfectamente la respuesta.
Durante el invierno las tropas suelen acuartelarse, aprovechando que el enemigo utiliza la presencia de bajas temperaturas para ocultarse en los bosques profundos, más allá de la frontera, y así descansar y cubrir las bajas que sufre durante el resto del año. Pero esta ocasión fue diferente. Llegaban continuamente hasta el cuartel general informes referentes a los continuos movimientos del enemigo, hacia dónde iba, con cuantos hombres contaba. Todos hacían referencia a lo ventajoso que sería atacar ahora que el enemigo estaba más débil.
Ansiosos por una victoria definitiva con la que poder promocionar sus carreras, los nobles y principales de la ciudad partieron en busca de los hombres bestia, entre ellos su padre y su hermano mayor. Cruzaron el río que separa el Imperio de los vastos dominios norteños del Caos y se adentraron en los bosques oscuros y montañas desconocidas. Viajaban engalanados con sus mejores ropajes, de banquete en banquete, con sus concubinas llenándolos de vino. Se sentían protegidos por un halo de invencibilidad, que se iba alimentando con cada puesto avanzado que destruían, con cada patrulla a la que daban caza. Estaban tan seguros de su victoria que no vieron que se dirigían directamente a una trampa.
Entre los riscos del paso del norte, en una pequeña explanada, fueron emboscados por los mismos a los que ellos perseguían. Sin espacio para maniobrar, ni lugar donde refugiarse, fueron masacrados sin piedad.
Tras esta gran victoria, y conocedores de que la ciudad se hallaba prácticamente indefensa, el caudillo de las bestias había tomado la determinación de avanzar hacia la ciudad con la intención de eliminar el último vestigio Imperial en la zona.
Mañana habría de enfrentarse a aquella horda, mañana habría de vencerlos con lo poco que los nobles le habían dejado.
“Gran señor Ulric, otórganos la fuerza necesaria para rechazar a nuestro enemigo, que el imperio prevalezca.” – Mañana será un nuevo día.
----------------------------------------------------------------------------------------------------------
Un escalofrío recorrió lentamente su espalda. Pudo sentir como se le erizaban todos los pelos de su joven cuerpo mientras observaba grave la estampa que ante él se descubría. Los hombres bestia, encabezados por su terrible líder, acababan de atravesar el rio. Podía verlos formar a al otro lado del paso. Largas hileras más o menos ordenadas de seres demenciales desfilaban ante su tropas como si de una danza se tratase. Rugían, gritaban y amenazaban desafiantes, conscientes de su increíble superioridad numérica.
Sus tropas estaban dispuestas según el plan que tan concienzudamente habían trazado él y sus capitanes. Formando una media luna alrededor de la salida del ancho corredor que dejaba el paso principal, una muralla humana de escudos y lanzas se perfilaba para contener el frente del enemigo. Combatiendo hombro con hombro, sus hombres tendrán que pelear conocedores de que no habrá concesiones, de que cada acre de tierra cedida, cada paso que retrocedan, será un paso más cerca de que el enemigo alcance la ciudad donde sus familias aguardan noticias del frente. Resistir es la única consigna válida.
-Ya están aquí señor. Reclaman su presencia.
No hubiera hecho falta ningún aviso previo, pues hasta él llegó el fuerte olor a vodka. Giró levemente la cabeza hacia su izquierda a tiempo para verlos llegar sobre sus caballos. A la cabeza del pequeño grupo iba un hombre baja estatura, pero corto y enmarañada, de mofletes colorados y larga barba marrón. A su lado cabalgaba otro jinete, este bastante más alto aunque con pintas similares al anterior con la salvedad de que portaba un pequeño estandarte de colores apagados, muy sucio y raído.
Borrachos, ladrones, asesinos, personas sin honor, parías. Mentirosos y embusteros. Kislevitas en definitiva. La más indisciplinada de las tropas mercenarias que se pueden contratar en la frontera norte imperial, y sin embargo la única que había acudido a su desesperada llamada. Cierto era que no se trataba de un precio razonable, pero los tiempos que corrían recomendaban no andarse con regateos innecesarios. Por fortuna la ciudad generaba mucho dinero de su floreciente comercio y sus cuentas bien podían soportar esta carga imprevista.
Se colocó el casco sobre la cabeza, subió al caballo con la ayuda de su escudero. Aprovechó la posición elevada que le daba estar sobre su caballo para echar un último vistazo a la loma sobre la que estaban desplegados sus cuatro regimientos de arcabuceros y sus seis cañones de cinco libras, los únicos que habían dejado atrás los nobles cuando se marcharon ya que estos los hubieran ralentizado en exceso. Pidió a Sigmar que les diera coraje y, sobre todo, puntería, ya que en ellos descansaba su única opción de victoria. Miró a sus capitanes y todo quedó dicho. Satisfecho y consciente de que había llegado la hora de partir, espoleó a su caballo para reunirse con sus mercenarios en el bosque.
Para ellos reservaba una parte importante en el combate que se avecinaba. Tendrían que cruzar la formación rocosa por un pequeñísimo desfiladero entre una maraña de árboles que lo mantenían alejado de las miradas indiscretas, llegar a la ribera del río y atacar por la retaguardia al ejército de hombres bestias, de forma que estos se vieran obligados a luchar en dos frentes, encerrados entre las paredes del paso principal, bajo el intenso fuego de arcabuz, mientras los cañones se encargan de intentar derribar las paredes de roca para sepultar por siempre a aquellas criaturas impías. Aunque el plan era muy arriesgado, era la única oportunidad de victoria posible.
Tan pronto se adentraron en el laberinto de árboles llegó hasta ellos el eco de los cuernos de guerra de los hombres bestias, así como el rugir de la batalla, Debían darse prisa. En un pequeño claro encontraron al guía improvisado que los llevaría hasta el desfiladero. Era un leñador, ilegal probablemente. De pequeña estatura, fornido, con la piel morena que delataba su procedencia sureña. Era conocedor de la zona “por oídas” y fue recomendado por el capitán de la guardia de la ciudad. El hombre no respondió al saludo y rápidamente se puso en marcha. Los rumores de la batalla se apagaron en lo profundo del bosque. Llegaron hasta la entrada del desfiladero y allí se confirmaron sus sospechas, tendrían que cruzarlo de uno en uno y a pie, tirando del caballo tras ellos.
Cruzarlo se le hizo eterno. A cada momento rezaba por que sus hombres siguieran aguantando el frente, por que sus cañones no se hubieran recalentado. No paraba de pensar en todas esas cosas mientras seguía buscando la salida desesperadamente.
Cuando por fin llegaron al otro lado del bosque, hubo que esperar a que todos los mercenarios lo hubieran cruzado y se hubieran vuelto a montar sobre sus caballos, luego se procedió a separar a los hombres en dos grupos tal y como se había negociado. El primero de ellos atacaría la base de los hombres bestias en este lado del río; la idea era que cuando estuvieran huyendo no tuvieran un lugar donde refugiarse y parapetarse; el otro grupo, más numeroso, cargaría directamente la retaguardia del ejército enemigo, donde, suponía, estarían las bestias más débiles y, por tanto, más proclives al pánico. Había que conseguir que se desencadenara una ola de miedo que rompiera la formación y escasa disciplina de los enemigos y entonces empujarlos al río.
Se colocaron en la linde del bosque y se giro para dar un discurso a sus hombres como sabía habían hecho los grandes generales del pasado, pero pronto se dio cuenta que en los ojos de aquellos hombres ardía un fuego de ira y odio hacia las criaturas contra las que tanto habían sufrido en sus vidas. Sólo pudo decirles unas breves palabras
- Enviemos a esos hijos de puta al infierno
El delirio no se hizo esperar y pronto estaban ya fuera del bosque cabalgando hacia sus asustados enemigos, espada en ristre. El impacto de la carga su demoledor, no estaban preparados para el combate. Los que consiguieron huir se encontraron con su campamento destruido y corrieron a coger los barcos para huir al otro lado del rio. El caos se apoderó del ejército enemigo y empezaron a huir en todas las direcciones posibles. Pudo comprobar como alguno de los oficiales era brutalmente asesinado por sus soldados cuando intentaban poner orden entre sus filas.
Era el momento de que sus soldados en el frente opuesto empezaran a empujar. Dio la orden y uno de los mercenarios desplegó una enorme bandera con los colores de la ciudad, rojo y blanco, y empezó a cabalgar en círculos para que esta pudiera ser claramente visible desde el otro lado del paso. Pronto se empezaron a escuchar los tambores de guerra de sus tropas tocar a marcha. La victoria ya era suya.
De pie sobre aquella loma, de frente al fuerte y gélido viento de la noche, contemplaba absorto las estrellas en lo alto del cielo, intentando en vano abarcarlas todas con la mirada. Aunque le gustaba observarlas en silencio, con la única compañía de la luna, aquella noche sería, desgraciadamente, una excepción obligada.
Ante el amplio llano que se abría al abrigo de las montañas y del boque, se extendía como una bestia durmiente, su campamento. Miles de hombres guardaban reposo antes de la batalla, durmiendo en sus humildes tiendas de campaña, con sus armaduras puestas y sus armas muy cerca de ellos, listos para ser llamados a formar en cualquier instante en que fueran requeridos.
No era la forma en que había imaginado su primera batalla. Sin grandes espaderos, con sus miradas feroces y su hábil manejo del acero; sin caballeros del círculo interior, con sus resplandecientes armaduras plateadas, embellecidas con fantásticos animales y sus escudos de armas; sin grandes banquetes ni discursos grandilocuentes, tan solo las tropas regulares de la ciudad, salpicadas por improvisados soldados provenientes de las levas que se había visto obligado a convocar, superados en número diez a uno por el enemigo.
Con tan sólo dieciséis años se veía dirigiendo la última de las defensas de la ciudad, sin experiencia previa en combate, asesorado por simples capitanes de la guardia en lugar de nobles y, por si aquello no fuera en sí mismo suficiente, con una espada claramente desproporcionada para su tamaño.
“¿Cómo hemos llegado a esta situación?” – Se preguntaba insistentemente. Pero el sabía perfectamente la respuesta.
Durante el invierno las tropas suelen acuartelarse, aprovechando que el enemigo utiliza la presencia de bajas temperaturas para ocultarse en los bosques profundos, más allá de la frontera, y así descansar y cubrir las bajas que sufre durante el resto del año. Pero esta ocasión fue diferente. Llegaban continuamente hasta el cuartel general informes referentes a los continuos movimientos del enemigo, hacia dónde iba, con cuantos hombres contaba. Todos hacían referencia a lo ventajoso que sería atacar ahora que el enemigo estaba más débil.
Ansiosos por una victoria definitiva con la que poder promocionar sus carreras, los nobles y principales de la ciudad partieron en busca de los hombres bestia, entre ellos su padre y su hermano mayor. Cruzaron el río que separa el Imperio de los vastos dominios norteños del Caos y se adentraron en los bosques oscuros y montañas desconocidas. Viajaban engalanados con sus mejores ropajes, de banquete en banquete, con sus concubinas llenándolos de vino. Se sentían protegidos por un halo de invencibilidad, que se iba alimentando con cada puesto avanzado que destruían, con cada patrulla a la que daban caza. Estaban tan seguros de su victoria que no vieron que se dirigían directamente a una trampa.
Entre los riscos del paso del norte, en una pequeña explanada, fueron emboscados por los mismos a los que ellos perseguían. Sin espacio para maniobrar, ni lugar donde refugiarse, fueron masacrados sin piedad.
Tras esta gran victoria, y conocedores de que la ciudad se hallaba prácticamente indefensa, el caudillo de las bestias había tomado la determinación de avanzar hacia la ciudad con la intención de eliminar el último vestigio Imperial en la zona.
Mañana habría de enfrentarse a aquella horda, mañana habría de vencerlos con lo poco que los nobles le habían dejado.
“Gran señor Ulric, otórganos la fuerza necesaria para rechazar a nuestro enemigo, que el imperio prevalezca.” – Mañana será un nuevo día.
----------------------------------------------------------------------------------------------------------
Un escalofrío recorrió lentamente su espalda. Pudo sentir como se le erizaban todos los pelos de su joven cuerpo mientras observaba grave la estampa que ante él se descubría. Los hombres bestia, encabezados por su terrible líder, acababan de atravesar el rio. Podía verlos formar a al otro lado del paso. Largas hileras más o menos ordenadas de seres demenciales desfilaban ante su tropas como si de una danza se tratase. Rugían, gritaban y amenazaban desafiantes, conscientes de su increíble superioridad numérica.
Sus tropas estaban dispuestas según el plan que tan concienzudamente habían trazado él y sus capitanes. Formando una media luna alrededor de la salida del ancho corredor que dejaba el paso principal, una muralla humana de escudos y lanzas se perfilaba para contener el frente del enemigo. Combatiendo hombro con hombro, sus hombres tendrán que pelear conocedores de que no habrá concesiones, de que cada acre de tierra cedida, cada paso que retrocedan, será un paso más cerca de que el enemigo alcance la ciudad donde sus familias aguardan noticias del frente. Resistir es la única consigna válida.
-Ya están aquí señor. Reclaman su presencia.
No hubiera hecho falta ningún aviso previo, pues hasta él llegó el fuerte olor a vodka. Giró levemente la cabeza hacia su izquierda a tiempo para verlos llegar sobre sus caballos. A la cabeza del pequeño grupo iba un hombre baja estatura, pero corto y enmarañada, de mofletes colorados y larga barba marrón. A su lado cabalgaba otro jinete, este bastante más alto aunque con pintas similares al anterior con la salvedad de que portaba un pequeño estandarte de colores apagados, muy sucio y raído.
Borrachos, ladrones, asesinos, personas sin honor, parías. Mentirosos y embusteros. Kislevitas en definitiva. La más indisciplinada de las tropas mercenarias que se pueden contratar en la frontera norte imperial, y sin embargo la única que había acudido a su desesperada llamada. Cierto era que no se trataba de un precio razonable, pero los tiempos que corrían recomendaban no andarse con regateos innecesarios. Por fortuna la ciudad generaba mucho dinero de su floreciente comercio y sus cuentas bien podían soportar esta carga imprevista.
Se colocó el casco sobre la cabeza, subió al caballo con la ayuda de su escudero. Aprovechó la posición elevada que le daba estar sobre su caballo para echar un último vistazo a la loma sobre la que estaban desplegados sus cuatro regimientos de arcabuceros y sus seis cañones de cinco libras, los únicos que habían dejado atrás los nobles cuando se marcharon ya que estos los hubieran ralentizado en exceso. Pidió a Sigmar que les diera coraje y, sobre todo, puntería, ya que en ellos descansaba su única opción de victoria. Miró a sus capitanes y todo quedó dicho. Satisfecho y consciente de que había llegado la hora de partir, espoleó a su caballo para reunirse con sus mercenarios en el bosque.
Para ellos reservaba una parte importante en el combate que se avecinaba. Tendrían que cruzar la formación rocosa por un pequeñísimo desfiladero entre una maraña de árboles que lo mantenían alejado de las miradas indiscretas, llegar a la ribera del río y atacar por la retaguardia al ejército de hombres bestias, de forma que estos se vieran obligados a luchar en dos frentes, encerrados entre las paredes del paso principal, bajo el intenso fuego de arcabuz, mientras los cañones se encargan de intentar derribar las paredes de roca para sepultar por siempre a aquellas criaturas impías. Aunque el plan era muy arriesgado, era la única oportunidad de victoria posible.
Tan pronto se adentraron en el laberinto de árboles llegó hasta ellos el eco de los cuernos de guerra de los hombres bestias, así como el rugir de la batalla, Debían darse prisa. En un pequeño claro encontraron al guía improvisado que los llevaría hasta el desfiladero. Era un leñador, ilegal probablemente. De pequeña estatura, fornido, con la piel morena que delataba su procedencia sureña. Era conocedor de la zona “por oídas” y fue recomendado por el capitán de la guardia de la ciudad. El hombre no respondió al saludo y rápidamente se puso en marcha. Los rumores de la batalla se apagaron en lo profundo del bosque. Llegaron hasta la entrada del desfiladero y allí se confirmaron sus sospechas, tendrían que cruzarlo de uno en uno y a pie, tirando del caballo tras ellos.
Cruzarlo se le hizo eterno. A cada momento rezaba por que sus hombres siguieran aguantando el frente, por que sus cañones no se hubieran recalentado. No paraba de pensar en todas esas cosas mientras seguía buscando la salida desesperadamente.
Cuando por fin llegaron al otro lado del bosque, hubo que esperar a que todos los mercenarios lo hubieran cruzado y se hubieran vuelto a montar sobre sus caballos, luego se procedió a separar a los hombres en dos grupos tal y como se había negociado. El primero de ellos atacaría la base de los hombres bestias en este lado del río; la idea era que cuando estuvieran huyendo no tuvieran un lugar donde refugiarse y parapetarse; el otro grupo, más numeroso, cargaría directamente la retaguardia del ejército enemigo, donde, suponía, estarían las bestias más débiles y, por tanto, más proclives al pánico. Había que conseguir que se desencadenara una ola de miedo que rompiera la formación y escasa disciplina de los enemigos y entonces empujarlos al río.
Se colocaron en la linde del bosque y se giro para dar un discurso a sus hombres como sabía habían hecho los grandes generales del pasado, pero pronto se dio cuenta que en los ojos de aquellos hombres ardía un fuego de ira y odio hacia las criaturas contra las que tanto habían sufrido en sus vidas. Sólo pudo decirles unas breves palabras
- Enviemos a esos hijos de puta al infierno
El delirio no se hizo esperar y pronto estaban ya fuera del bosque cabalgando hacia sus asustados enemigos, espada en ristre. El impacto de la carga su demoledor, no estaban preparados para el combate. Los que consiguieron huir se encontraron con su campamento destruido y corrieron a coger los barcos para huir al otro lado del rio. El caos se apoderó del ejército enemigo y empezaron a huir en todas las direcciones posibles. Pudo comprobar como alguno de los oficiales era brutalmente asesinado por sus soldados cuando intentaban poner orden entre sus filas.
Era el momento de que sus soldados en el frente opuesto empezaran a empujar. Dio la orden y uno de los mercenarios desplegó una enorme bandera con los colores de la ciudad, rojo y blanco, y empezó a cabalgar en círculos para que esta pudiera ser claramente visible desde el otro lado del paso. Pronto se empezaron a escuchar los tambores de guerra de sus tropas tocar a marcha. La victoria ya era suya.
jueves, 29 de mayo de 2014
¿Por qué tan seria?
Lo apretaba con fuerza. Sus manos alrededor de su cuello ejercían una fuerte presión, tan fuerte que podía sentir los impulsos de la sangre por su arteria. Tan solo un odio tan intenso, demencial, le impedía dejar de ver a su víctima morir.
El hombre boqueaba con avidez, consumiendo sus últimos instantes de vida en un fútil intento por mantener viva la llama de su existencia. Con sus manos intentaba liberarse de la prisión a la que veía sometido su cuello, más sus fuerzas se desvanecían. Sus ojos parecían apagarse. Consciente tal vez de lo cerca de su final, intentó infringir cuánto daño pudo a su agresor. Este soportó impertérrito los arañazos que en la mejilla dejaban sus largas uñas. Poco a poco, y sin mediar palabra alguna, su viejo cuerpo se rindió ante la evidencia, y su alma abandonó este mundo para siempre.
De pronto, un sinfín de emociones asaltó su cuerpo. Primero el llanto, tristeza desconsolada por una vida perdida a manos del fallecido; luego la euforia por la venganza cobrada, y por último, una carcajada. Una risa nerviosa nació descontrolada de su interior; irregular, por momentos histriónica. Alzó la cabeza buscando calmar su espíritu. Inspiró con fuerza dos veces, hasta que pudo recuperar el control de sí mismo.
Se levantó y se dirigió a la cómoda. Se notaba intranquilo, alterado. Notaba la presión de la sangre en la sien. Levantó el rostro para verse en el espejo. Ante él se encontraba el reflejo de un hombre joven, piel cansada, pelo enmarañado y desteñido; de nacimiento oscuro y puntas verdes. Unas grandes ojeras oscurecían la belleza de unos claros ojos color esmeralda. Y a pesar de todo ello, de ser él, había alguien más. El brillo de sus ojos y la forma de la comisura de sus labios, con una mueca cómica dibujado en ellos, lo avisaba del cambio. Enseguida supo la verdad, ante él se mostraba el auténtico rostro de la locura desmedida.
Desplazó su mirada por el espejo a la derecha; allí encontró la figura de una joven mujer atada en una silla. Sus rasgos eran, como cabía esperar, muy similares a los del hombre que yacía en la silla de al lado recién muerto. En el rostro de la muchacha había lágrimas, mucho dolor y miedo. Balbuceaba palabras sobre la piedad, la compasión y muchas otras mentiras carentes de significado en aquella cabaña perdida en el bosque. Se la veía tan seria, parecía no querer participar en aquel juego tan divertido. Eso no podía permitírselo.
Tomó de la cómoda un pequeño cortaplumas, de cuerpo sencillo y rápido manejo, funcional. Lo alzó hasta que su reflejo quedara entre la imagen de ambos, y con un tono casual, casi divertido, remarcando bien cada palabra, preguntó:
- ¿Por qué, tan, seria?
El hombre boqueaba con avidez, consumiendo sus últimos instantes de vida en un fútil intento por mantener viva la llama de su existencia. Con sus manos intentaba liberarse de la prisión a la que veía sometido su cuello, más sus fuerzas se desvanecían. Sus ojos parecían apagarse. Consciente tal vez de lo cerca de su final, intentó infringir cuánto daño pudo a su agresor. Este soportó impertérrito los arañazos que en la mejilla dejaban sus largas uñas. Poco a poco, y sin mediar palabra alguna, su viejo cuerpo se rindió ante la evidencia, y su alma abandonó este mundo para siempre.
De pronto, un sinfín de emociones asaltó su cuerpo. Primero el llanto, tristeza desconsolada por una vida perdida a manos del fallecido; luego la euforia por la venganza cobrada, y por último, una carcajada. Una risa nerviosa nació descontrolada de su interior; irregular, por momentos histriónica. Alzó la cabeza buscando calmar su espíritu. Inspiró con fuerza dos veces, hasta que pudo recuperar el control de sí mismo.
Se levantó y se dirigió a la cómoda. Se notaba intranquilo, alterado. Notaba la presión de la sangre en la sien. Levantó el rostro para verse en el espejo. Ante él se encontraba el reflejo de un hombre joven, piel cansada, pelo enmarañado y desteñido; de nacimiento oscuro y puntas verdes. Unas grandes ojeras oscurecían la belleza de unos claros ojos color esmeralda. Y a pesar de todo ello, de ser él, había alguien más. El brillo de sus ojos y la forma de la comisura de sus labios, con una mueca cómica dibujado en ellos, lo avisaba del cambio. Enseguida supo la verdad, ante él se mostraba el auténtico rostro de la locura desmedida.
Desplazó su mirada por el espejo a la derecha; allí encontró la figura de una joven mujer atada en una silla. Sus rasgos eran, como cabía esperar, muy similares a los del hombre que yacía en la silla de al lado recién muerto. En el rostro de la muchacha había lágrimas, mucho dolor y miedo. Balbuceaba palabras sobre la piedad, la compasión y muchas otras mentiras carentes de significado en aquella cabaña perdida en el bosque. Se la veía tan seria, parecía no querer participar en aquel juego tan divertido. Eso no podía permitírselo.
Tomó de la cómoda un pequeño cortaplumas, de cuerpo sencillo y rápido manejo, funcional. Lo alzó hasta que su reflejo quedara entre la imagen de ambos, y con un tono casual, casi divertido, remarcando bien cada palabra, preguntó:
- ¿Por qué, tan, seria?
En el corazon del imperio
A pesar de lo tardía de la hora, eran muchas las personas que aún deambulaban por los pasillos de la galería, admirando la belleza de las obras expuestas o simplemente aprovechando la ocasión para pasar revista de los acontecimientos sociales más relevantes del momento. Formaban corrillos unos y otros rápidamente dónde poder intercambiar sus impresiones, sus gustos e incluso sus opiniones, lo que siempre solía desembocar en algún tono más alto de lo recomendado que chocaba con la armonía del lugar.
Tomó una copa de vino que le ofrecía uno de sus sirvientes y se decidió a dar una última vuelta por las estancias para despedir a los invitados más rezagados y para disfrutar un poco más tranquilo de algunas de las obras que más le habían llamado la atención a lo largo de aquel interminable día. Avanzaba lentamente, acompañado por los últimos compases de una de las más icónicas piezas para orquesta de cámara de su compositor favorito, el imperial Friedestach Van Vyuten, de quién se decía que al final de su vida, completamente loco tras la violenta muerte de su hija, a manos de un miserable ladrón, tomó la nada inteligente determinación de saltar desde lo alto de la torre del reloj de la plaza mayor de Ostland, uno de esos domingos cualquiera, con el mercado local rebosante de actividad. Una desgracia sin lugar a dudas, aunque eso no eximía a aquella música de una armoniosa belleza, para la que los más entendidos llegaban incluso a afirmar capaz besar el alma de quién la escuchaba.
Murieron las notas mientras se acerca a un nutrido y pintoresco grupo de señoras, la mayoría de ellas de avanzada edad. A pesar de ello, observaban absortas y sin disimulo alguno una colosal escultura de mármol que representaba al hombre en la mayor plenitud física; y créanme cuando les hablo de mayor plenitud física. El escultor no había refrenado su ímpetu; su cuerpo era perfectamente proporcionado según las tendencias más clásicas, y era a su vez musculoso, fuerte y fibroso. Su cara aniñada contrastaba con su pose altiva, casi desafiante. Portaba en su brazo izquierdo un enorme escudo oblongo, mientras que en su brazo derecho sostenía enérgico una lanza tan alta como él. Una toga suavemente esculpida en la roca intentaba, sin suerte, cubrir las cualidades de hombre joven de aquella talla, lo que sin duda no parecía haber pasado desapercibido al grupo damas que con tan poco disimulo lo observaban, copa en mano, con ojos encendidos de morbosidad.
- Buenas noches señoras- De pronto, como sacadas de un sueño profundo, regresaron a la realidad de la estancia. Todas ellas farfullaron con aceleradas prisas diferentes saludos, todos ellos inteligibles. Luego se miraron entre ellas, y con los mofletes claramente colorados, se sonrieron socarronamente.
- Lamento se va acercando la hora de cerrar.
- Nosotras ya nos íbamos- y sin más palabras se marcharon a toda prisa. Tras ellas se podía escuchar un río de risas nerviosas.
Tan pronto desaparecieron las mujeres, el anfitrión se dispuso a disfrutar de aquella magnífica escultura.
La exposición, para la cual habían sido invitados los mejores artistas actuales del Imperio, había resultado, salvo contadas excepciones, un completo fiasco. Los artistas habían llenado sus galerías de arte con obras de todo tipo, dónde como tema central y casi único había sido Sigmar: Sigmar ayudando a los pobres, Sigmar venciendo a un demonio horrible, Sigmar como un dios. Aquello era irritante. Sin ir más lejos, justo al lado de la escultura del soldado joven había una del susodicho. De pie sobre una roca, ligeramente encorvado hacia delante, el gran dios, Sigmar, en una “desgarradora” imagen de piedad, prestaba su mano izquierda a lo que parecía ser un soldado herido en el suelo, mientras con la derecha sostenía sobre su hombro su ya famoso yunque; el cual se hallaba fuertemente ornamentado con leones y otras fieras. A pesar de las expertas manos que lo habían tallado, no habían podido ocultar en su rostro un gesto de superioridad hacia aquel pobre soldado que desde su condición de humano, había demostrado ser capaz de entregar su vida luchando por la de familia y compañeros, como tantas veces pasaba en aquellos días.
Demasiado Sigmar para mi pensó.
Aprovechó que pasaba cerca una de las últimas bandejas con bebidas y tomó una fuerte en alcohol. Lo bebía a sorbos cortos, disfrutando de su aroma afrutado y de su suave tacto al paladar. Le encantaba el cosquilleo de las burbujas en la lengua. Cerró los ojos y disfrutó de la música que ahora sonaba para la sala vacía. Esos momentos de paz eran para él pedacitos del cielo arrancados a algún dios en un momento de descuido, pedacitos de un sueño perfecto.
Cuando más relajado se encontraba, su nariz detectó una pequeña anomalía en el ambiente, aunque suficiente para devolverlo de golpe a la realidad. Frunció el ceño, alzó la vista al frente y apretó la cara. Esperó paciente a que se acercara. El olor a rancio y sudor se fue haciendo más fuerte a medida que se aproximaba, hasta ponerse definitivamente a su lado, sin cruzar la mirada una sola vez. Seguidamente, el nuevo hombre apuró de un sorbo largo su bebida, carraspeó dos veces y se decidió a tomar la iniciativa:
- Es increíble ver lo bien que pasan los años en tu casa - Sintió un escalofrío recorrer su espalda. Era imposible no detectar el marcado tono repulsa con el que iba remarcando cada una de las palabras que pronunciaba – Espero con impaciencia el día que me cuentes tus secretos.
- Una vida sana, una dieta saludable y mucho sexo con mi mujer.
Rio con sorna mientras con sus dedos jugueteaba con el vaso, recorriendo los finos dibujos que algún gran artesano imperial tan habilidosamente había tallado en ellos.
- Como ya habrás de saber la vida de un inquisidor es dura. Siempre atento a cuánto pasa a su alrededor. Combatiendo la herejía allí donde se presenta, y encontrándola allí donde se trata de ocultar.
- No puedo ni imaginármelo: sin sirvientes, sin lujos, sin fiestas ni placeres. Supongo que todos nosotros os debemos mucho de todo esto.
Un largo silencio se apoderó de la sala. Aprovechó aquella pausa para terminar su bebida antes de que ésta se calentara en exceso. Respiró hondo. Calmó sus músculos, y relajó el cuerpo.
- Para eso organizamos estos eventos benéficos. De alguna manera hay que alimentar a todos esos hombres que tanto hacen por nosotros, a todos esos hombres que hacen el trabajo sucio que nadie más está dispuesto a hacer. Por eso es para mí un honor ser uno de vuestros mayores benefactores.
- Por fortuna nosotros estamos al servicio del Imperio y de nuestro querido emperador.
- ¿Os he comentado que esta mañana ha venido el emperador en persona a comprar dos de mis obras, y ha comido en esta casa? Y con él su séquito, tesorero incluido.
Se sentía cómodo, podía notar como la expresión del gran inquisidor se endurecía con cada intercambio. Pero incluso así era un hombre peligroso.
- Dime, ¿Qué fue de aquel sirviente vuestro adorador del caos?
- Vos lo sabréis mejor que yo, pues os lo llevasteis bajo custodia a vuestras mazmorras para interrogarlo. Aunque se rumorea que falleció.
- Se suicidó colgándose de una viga del techo con un trozo de cuerda, lo que no deja de ser curioso ¿Verdad? De dónde obtuvo esa cuerda no deja de ser un misterio.
- ¿Pudieron obtener de él alguna información útil?
- Lamentablemente sólo pudimos saber que no estaba solo, pero se murió antes de que pudiéramos sonsacarle algún nombre.
- Una pena, ¿Cree usted que podría estar en peligro? ¿Debería tomar alguna precaución extra?
- Sin duda alguna. Pero no se preocupe demasiado, pienso encargarme personalmente de supervisar el caso, y puedo prometerle que llegaremos hasta el fondo del asunto, nos lleve a dónde nos lleve – dejó arrastrar cada una de aquellas palabras, buscando el mayor efecto posible en su interlocutor.
Vestido con su vieja armadura de inquisidor, abollada y sucia, sobre la cual colgaba una ajada capa morada; el viejo gran inquisidor contemplaba la escultura de un dios; a su lado, en lujosas sedas de ricos colores, siempre a la moda imperial, uno de los hombres más ricos e influyentes del Imperio admiraba en una escultura la grandiosidad del hombre mundano. Tan cerca uno del otro que casi podían escuchar los pensamientos del otro y, sin embargo, separados por un abismo insalvable. Dos formas de ver la vida, de respirar.
- Se hace tarde, tengo que marcharme, mañana me espera un día muy ajetreado.
- Os acompaño si quereis.
- No será necesario. Además hace un buen rato que uno de tus sirvientes espera impaciente a que me vaya
- Siempre es un placer hablar con vos.
Esbozó una siniestra sonrisa y se marchó por una de las galerías en dirección a la salida. Tan pronto la silueta desapareció por una de las galerías, hizo señas a su sirviente para que se acercará.
- Ya ha llegado Señor.
- Haced lo de siempre, llevadlo a la cocina y regadlo con nuestro mejor vino. Eso lo entretendrá hasta que se marchen los últimos invitados.
- Ya lo hemos hecho señor. Sigue requiriendo de vuestra presencia inmediata.
- Enviadle un par de mujeres y decidle que iré en media hora.
- ¿Las de siempre señor?
- Comprueba si las tenemos más jóvenes, cuando termine llévalo al sótano.
- Así se hará señor.
Soltó el vaso vacío en la bandeja del sirviente y recorrió por última vez la estancia en busca de los invitados más rezagados. Intercambió algunas frases insustanciales con la mayoría de ellos y con el resto se limitó a recordarles que la hora de cierre hacía tiempo que se había sobrepasado. Una vez acabó con ello, se dirigió deprisa hacia la salida, recorriendo con destreza cada uno de los pasillos.
Una vez alcanzó la puerta, encontró despidiéndose de los últimos invitados a su abogado; un hombre respetable, muy inteligente y astuto; combinaciones que rara vez se daban en una sola persona. Tenía una cómoda posición dentro de la alta nobleza y la nueva clase rica comerciante, para lo que sin duda había ayudado su juventud, gran estatura y buena presencia. Cuando lo alcanzó estaba cerrando la puerta. Ambos se miraron un momento.
- Tu buen amigo el gran inquisidor acaba de marcharse hace un momento, diría que estaba algo disgustado, has vuelto a hablar con él ¿Cierto? – Asintió con pesadez – Como tu abogado debo recomendarte encarecidamente que evites todo contacto con él.
- ¿Eran estos los últimos invitados?
- No queda ya nadie más, aunque estoy seguro que eso ya lo sabes.
- Ya ha llegado, lo tengo esperando en la cocina. Ya debe estar impaciente.
- Pues no lo hagamos esperar.
Ambos charlaban amistosamente mientras caminaban lentamente por los pasillos. Ahora que el sol se había ido, la tenue luz de unos candelabros era la única fuente de luz. El cansancio era notable.
- No he visto a tu esposa ni a tu hijo.
- Se han quedado en casa, no tiene sentido traerlos a estos eventos tan lejos de casa.
- Tampoco deberías traerlos a este sitio. No deberían verse involucrados en esto.
Llegaron a la puerta que daba al sótano y la abrieron despacio. Un fuerte olor a sangre llegó hasta ellos. Descendieron la escalera con cuidado. Al final de la escalera los esperaba una enorme estrella de ocho puntas pintada en rojo carmesí sobre la pared del fondo. Frente a ella un pequeño altar improvisado donde una joven gravemente herida se desangraba lentamente frente a un sacerdote del caos absoluto. La riqueza y el poder siempre corrompen al hombre, más tarde o más pronto. Tan cerca del corazón del Imperio, el caos extendía su influencia.
Tomó una copa de vino que le ofrecía uno de sus sirvientes y se decidió a dar una última vuelta por las estancias para despedir a los invitados más rezagados y para disfrutar un poco más tranquilo de algunas de las obras que más le habían llamado la atención a lo largo de aquel interminable día. Avanzaba lentamente, acompañado por los últimos compases de una de las más icónicas piezas para orquesta de cámara de su compositor favorito, el imperial Friedestach Van Vyuten, de quién se decía que al final de su vida, completamente loco tras la violenta muerte de su hija, a manos de un miserable ladrón, tomó la nada inteligente determinación de saltar desde lo alto de la torre del reloj de la plaza mayor de Ostland, uno de esos domingos cualquiera, con el mercado local rebosante de actividad. Una desgracia sin lugar a dudas, aunque eso no eximía a aquella música de una armoniosa belleza, para la que los más entendidos llegaban incluso a afirmar capaz besar el alma de quién la escuchaba.
Murieron las notas mientras se acerca a un nutrido y pintoresco grupo de señoras, la mayoría de ellas de avanzada edad. A pesar de ello, observaban absortas y sin disimulo alguno una colosal escultura de mármol que representaba al hombre en la mayor plenitud física; y créanme cuando les hablo de mayor plenitud física. El escultor no había refrenado su ímpetu; su cuerpo era perfectamente proporcionado según las tendencias más clásicas, y era a su vez musculoso, fuerte y fibroso. Su cara aniñada contrastaba con su pose altiva, casi desafiante. Portaba en su brazo izquierdo un enorme escudo oblongo, mientras que en su brazo derecho sostenía enérgico una lanza tan alta como él. Una toga suavemente esculpida en la roca intentaba, sin suerte, cubrir las cualidades de hombre joven de aquella talla, lo que sin duda no parecía haber pasado desapercibido al grupo damas que con tan poco disimulo lo observaban, copa en mano, con ojos encendidos de morbosidad.
- Buenas noches señoras- De pronto, como sacadas de un sueño profundo, regresaron a la realidad de la estancia. Todas ellas farfullaron con aceleradas prisas diferentes saludos, todos ellos inteligibles. Luego se miraron entre ellas, y con los mofletes claramente colorados, se sonrieron socarronamente.
- Lamento se va acercando la hora de cerrar.
- Nosotras ya nos íbamos- y sin más palabras se marcharon a toda prisa. Tras ellas se podía escuchar un río de risas nerviosas.
Tan pronto desaparecieron las mujeres, el anfitrión se dispuso a disfrutar de aquella magnífica escultura.
La exposición, para la cual habían sido invitados los mejores artistas actuales del Imperio, había resultado, salvo contadas excepciones, un completo fiasco. Los artistas habían llenado sus galerías de arte con obras de todo tipo, dónde como tema central y casi único había sido Sigmar: Sigmar ayudando a los pobres, Sigmar venciendo a un demonio horrible, Sigmar como un dios. Aquello era irritante. Sin ir más lejos, justo al lado de la escultura del soldado joven había una del susodicho. De pie sobre una roca, ligeramente encorvado hacia delante, el gran dios, Sigmar, en una “desgarradora” imagen de piedad, prestaba su mano izquierda a lo que parecía ser un soldado herido en el suelo, mientras con la derecha sostenía sobre su hombro su ya famoso yunque; el cual se hallaba fuertemente ornamentado con leones y otras fieras. A pesar de las expertas manos que lo habían tallado, no habían podido ocultar en su rostro un gesto de superioridad hacia aquel pobre soldado que desde su condición de humano, había demostrado ser capaz de entregar su vida luchando por la de familia y compañeros, como tantas veces pasaba en aquellos días.
Demasiado Sigmar para mi pensó.
Aprovechó que pasaba cerca una de las últimas bandejas con bebidas y tomó una fuerte en alcohol. Lo bebía a sorbos cortos, disfrutando de su aroma afrutado y de su suave tacto al paladar. Le encantaba el cosquilleo de las burbujas en la lengua. Cerró los ojos y disfrutó de la música que ahora sonaba para la sala vacía. Esos momentos de paz eran para él pedacitos del cielo arrancados a algún dios en un momento de descuido, pedacitos de un sueño perfecto.
Cuando más relajado se encontraba, su nariz detectó una pequeña anomalía en el ambiente, aunque suficiente para devolverlo de golpe a la realidad. Frunció el ceño, alzó la vista al frente y apretó la cara. Esperó paciente a que se acercara. El olor a rancio y sudor se fue haciendo más fuerte a medida que se aproximaba, hasta ponerse definitivamente a su lado, sin cruzar la mirada una sola vez. Seguidamente, el nuevo hombre apuró de un sorbo largo su bebida, carraspeó dos veces y se decidió a tomar la iniciativa:
- Es increíble ver lo bien que pasan los años en tu casa - Sintió un escalofrío recorrer su espalda. Era imposible no detectar el marcado tono repulsa con el que iba remarcando cada una de las palabras que pronunciaba – Espero con impaciencia el día que me cuentes tus secretos.
- Una vida sana, una dieta saludable y mucho sexo con mi mujer.
Rio con sorna mientras con sus dedos jugueteaba con el vaso, recorriendo los finos dibujos que algún gran artesano imperial tan habilidosamente había tallado en ellos.
- Como ya habrás de saber la vida de un inquisidor es dura. Siempre atento a cuánto pasa a su alrededor. Combatiendo la herejía allí donde se presenta, y encontrándola allí donde se trata de ocultar.
- No puedo ni imaginármelo: sin sirvientes, sin lujos, sin fiestas ni placeres. Supongo que todos nosotros os debemos mucho de todo esto.
Un largo silencio se apoderó de la sala. Aprovechó aquella pausa para terminar su bebida antes de que ésta se calentara en exceso. Respiró hondo. Calmó sus músculos, y relajó el cuerpo.
- Para eso organizamos estos eventos benéficos. De alguna manera hay que alimentar a todos esos hombres que tanto hacen por nosotros, a todos esos hombres que hacen el trabajo sucio que nadie más está dispuesto a hacer. Por eso es para mí un honor ser uno de vuestros mayores benefactores.
- Por fortuna nosotros estamos al servicio del Imperio y de nuestro querido emperador.
- ¿Os he comentado que esta mañana ha venido el emperador en persona a comprar dos de mis obras, y ha comido en esta casa? Y con él su séquito, tesorero incluido.
Se sentía cómodo, podía notar como la expresión del gran inquisidor se endurecía con cada intercambio. Pero incluso así era un hombre peligroso.
- Dime, ¿Qué fue de aquel sirviente vuestro adorador del caos?
- Vos lo sabréis mejor que yo, pues os lo llevasteis bajo custodia a vuestras mazmorras para interrogarlo. Aunque se rumorea que falleció.
- Se suicidó colgándose de una viga del techo con un trozo de cuerda, lo que no deja de ser curioso ¿Verdad? De dónde obtuvo esa cuerda no deja de ser un misterio.
- ¿Pudieron obtener de él alguna información útil?
- Lamentablemente sólo pudimos saber que no estaba solo, pero se murió antes de que pudiéramos sonsacarle algún nombre.
- Una pena, ¿Cree usted que podría estar en peligro? ¿Debería tomar alguna precaución extra?
- Sin duda alguna. Pero no se preocupe demasiado, pienso encargarme personalmente de supervisar el caso, y puedo prometerle que llegaremos hasta el fondo del asunto, nos lleve a dónde nos lleve – dejó arrastrar cada una de aquellas palabras, buscando el mayor efecto posible en su interlocutor.
Vestido con su vieja armadura de inquisidor, abollada y sucia, sobre la cual colgaba una ajada capa morada; el viejo gran inquisidor contemplaba la escultura de un dios; a su lado, en lujosas sedas de ricos colores, siempre a la moda imperial, uno de los hombres más ricos e influyentes del Imperio admiraba en una escultura la grandiosidad del hombre mundano. Tan cerca uno del otro que casi podían escuchar los pensamientos del otro y, sin embargo, separados por un abismo insalvable. Dos formas de ver la vida, de respirar.
- Se hace tarde, tengo que marcharme, mañana me espera un día muy ajetreado.
- Os acompaño si quereis.
- No será necesario. Además hace un buen rato que uno de tus sirvientes espera impaciente a que me vaya
- Siempre es un placer hablar con vos.
Esbozó una siniestra sonrisa y se marchó por una de las galerías en dirección a la salida. Tan pronto la silueta desapareció por una de las galerías, hizo señas a su sirviente para que se acercará.
- Ya ha llegado Señor.
- Haced lo de siempre, llevadlo a la cocina y regadlo con nuestro mejor vino. Eso lo entretendrá hasta que se marchen los últimos invitados.
- Ya lo hemos hecho señor. Sigue requiriendo de vuestra presencia inmediata.
- Enviadle un par de mujeres y decidle que iré en media hora.
- ¿Las de siempre señor?
- Comprueba si las tenemos más jóvenes, cuando termine llévalo al sótano.
- Así se hará señor.
Soltó el vaso vacío en la bandeja del sirviente y recorrió por última vez la estancia en busca de los invitados más rezagados. Intercambió algunas frases insustanciales con la mayoría de ellos y con el resto se limitó a recordarles que la hora de cierre hacía tiempo que se había sobrepasado. Una vez acabó con ello, se dirigió deprisa hacia la salida, recorriendo con destreza cada uno de los pasillos.
Una vez alcanzó la puerta, encontró despidiéndose de los últimos invitados a su abogado; un hombre respetable, muy inteligente y astuto; combinaciones que rara vez se daban en una sola persona. Tenía una cómoda posición dentro de la alta nobleza y la nueva clase rica comerciante, para lo que sin duda había ayudado su juventud, gran estatura y buena presencia. Cuando lo alcanzó estaba cerrando la puerta. Ambos se miraron un momento.
- Tu buen amigo el gran inquisidor acaba de marcharse hace un momento, diría que estaba algo disgustado, has vuelto a hablar con él ¿Cierto? – Asintió con pesadez – Como tu abogado debo recomendarte encarecidamente que evites todo contacto con él.
- ¿Eran estos los últimos invitados?
- No queda ya nadie más, aunque estoy seguro que eso ya lo sabes.
- Ya ha llegado, lo tengo esperando en la cocina. Ya debe estar impaciente.
- Pues no lo hagamos esperar.
Ambos charlaban amistosamente mientras caminaban lentamente por los pasillos. Ahora que el sol se había ido, la tenue luz de unos candelabros era la única fuente de luz. El cansancio era notable.
- No he visto a tu esposa ni a tu hijo.
- Se han quedado en casa, no tiene sentido traerlos a estos eventos tan lejos de casa.
- Tampoco deberías traerlos a este sitio. No deberían verse involucrados en esto.
Llegaron a la puerta que daba al sótano y la abrieron despacio. Un fuerte olor a sangre llegó hasta ellos. Descendieron la escalera con cuidado. Al final de la escalera los esperaba una enorme estrella de ocho puntas pintada en rojo carmesí sobre la pared del fondo. Frente a ella un pequeño altar improvisado donde una joven gravemente herida se desangraba lentamente frente a un sacerdote del caos absoluto. La riqueza y el poder siempre corrompen al hombre, más tarde o más pronto. Tan cerca del corazón del Imperio, el caos extendía su influencia.
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