domingo, 22 de junio de 2014

La batalla

Miedo, esa era la palabra que estaba buscando, miedo.

De pie sobre aquella loma, de frente al fuerte y gélido viento de la noche, contemplaba absorto las estrellas en lo alto del cielo, intentando en vano abarcarlas todas con la mirada. Aunque le gustaba observarlas en silencio, con la única compañía de la luna, aquella noche sería, desgraciadamente, una excepción obligada.

Ante el amplio llano que se abría al abrigo de las montañas y del boque, se extendía como una bestia durmiente, su campamento. Miles de hombres guardaban reposo antes de la batalla, durmiendo en sus humildes tiendas de campaña, con sus armaduras puestas y sus armas muy cerca de ellos, listos para ser llamados a formar en cualquier instante en que fueran requeridos.

No era la forma en que había imaginado su primera batalla. Sin grandes espaderos, con sus miradas feroces y su hábil manejo del acero; sin caballeros del círculo interior, con sus resplandecientes armaduras plateadas, embellecidas con fantásticos animales y sus escudos de armas; sin grandes banquetes ni discursos grandilocuentes, tan solo las tropas regulares de la ciudad, salpicadas por improvisados soldados provenientes de las levas que se había visto obligado a convocar, superados en número diez a uno por el enemigo.

Con tan sólo dieciséis años se veía dirigiendo la última de las defensas de la ciudad, sin experiencia previa en combate, asesorado por simples capitanes de la guardia en lugar de nobles y, por si aquello no fuera en sí mismo suficiente, con una espada claramente desproporcionada para su tamaño.

“¿Cómo hemos llegado a esta situación?” – Se preguntaba insistentemente. Pero el sabía perfectamente la respuesta.

Durante el invierno las tropas suelen acuartelarse, aprovechando que el enemigo utiliza la presencia de bajas temperaturas para ocultarse en los bosques profundos, más allá de la frontera, y así descansar y cubrir las bajas que sufre durante el resto del año. Pero esta ocasión fue diferente. Llegaban continuamente hasta el cuartel general informes referentes a los continuos movimientos del enemigo, hacia dónde iba, con cuantos hombres contaba. Todos hacían referencia a lo ventajoso que sería atacar ahora que el enemigo estaba más débil.
Ansiosos por una victoria definitiva con la que poder promocionar sus carreras, los nobles y principales de la ciudad partieron en busca de los hombres bestia, entre ellos su padre y su hermano mayor. Cruzaron el río que separa el Imperio de los vastos dominios norteños del Caos y se adentraron en los bosques oscuros y montañas desconocidas. Viajaban engalanados con sus mejores ropajes, de banquete en banquete, con sus concubinas llenándolos de vino. Se sentían protegidos por un halo de invencibilidad, que se iba alimentando con cada puesto avanzado que destruían, con cada patrulla a la que daban caza. Estaban tan seguros de su victoria que no vieron que se dirigían directamente a una trampa.
Entre los riscos del paso del norte, en una pequeña explanada, fueron emboscados por los mismos a los que ellos perseguían. Sin espacio para maniobrar, ni lugar donde refugiarse, fueron masacrados sin piedad.

Tras esta gran victoria, y conocedores de que la ciudad se hallaba prácticamente indefensa, el caudillo de las bestias había tomado la determinación de avanzar hacia la ciudad con la intención de eliminar el último vestigio Imperial en la zona.

Mañana habría de enfrentarse a aquella horda, mañana habría de vencerlos con lo poco que los nobles le habían dejado.

“Gran señor Ulric, otórganos la fuerza necesaria para rechazar a nuestro enemigo, que el imperio prevalezca.” – Mañana será un nuevo día.

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Un escalofrío recorrió lentamente su espalda. Pudo sentir como se le erizaban todos los pelos de su joven cuerpo mientras observaba grave la estampa que ante él se descubría. Los hombres bestia, encabezados por su terrible líder, acababan de atravesar el rio. Podía verlos formar a al otro lado del paso. Largas hileras más o menos ordenadas de seres demenciales desfilaban ante su tropas como si de una danza se tratase. Rugían, gritaban y amenazaban desafiantes, conscientes de su increíble superioridad numérica.

Sus tropas estaban dispuestas según el plan que tan concienzudamente habían trazado él y sus capitanes. Formando una media luna alrededor de la salida del ancho corredor que dejaba el paso principal, una muralla humana de escudos y lanzas se perfilaba para contener el frente del enemigo. Combatiendo hombro con hombro, sus hombres tendrán que pelear conocedores de que no habrá concesiones, de que cada acre de tierra cedida, cada paso que retrocedan, será un paso más cerca de que el enemigo alcance la ciudad donde sus familias aguardan noticias del frente. Resistir es la única consigna válida.

-Ya están aquí señor. Reclaman su presencia.

No hubiera hecho falta ningún aviso previo, pues hasta él llegó el fuerte olor a vodka. Giró levemente la cabeza hacia su izquierda a tiempo para verlos llegar sobre sus caballos. A la cabeza del pequeño grupo iba un hombre baja estatura, pero corto y enmarañada, de mofletes colorados y larga barba marrón. A su lado cabalgaba otro jinete, este bastante más alto aunque con pintas similares al anterior con la salvedad de que portaba un pequeño estandarte de colores apagados, muy sucio y raído.

Borrachos, ladrones, asesinos, personas sin honor, parías. Mentirosos y embusteros. Kislevitas en definitiva. La más indisciplinada de las tropas mercenarias que se pueden contratar en la frontera norte imperial, y sin embargo la única que había acudido a su desesperada llamada. Cierto era que no se trataba de un precio razonable, pero los tiempos que corrían recomendaban no andarse con regateos innecesarios. Por fortuna la ciudad generaba mucho dinero de su floreciente comercio y sus cuentas bien podían soportar esta carga imprevista.

Se colocó el casco sobre la cabeza, subió al caballo con la ayuda de su escudero. Aprovechó la posición elevada que le daba estar sobre su caballo para echar un último vistazo a la loma sobre la que estaban desplegados sus cuatro regimientos de arcabuceros y sus seis cañones de cinco libras, los únicos que habían dejado atrás los nobles cuando se marcharon ya que estos los hubieran ralentizado en exceso. Pidió a Sigmar que les diera coraje y, sobre todo, puntería, ya que en ellos descansaba su única opción de victoria. Miró a sus capitanes y todo quedó dicho. Satisfecho y consciente de que había llegado la hora de partir, espoleó a su caballo para reunirse con sus mercenarios en el bosque.

Para ellos reservaba una parte importante en el combate que se avecinaba. Tendrían que cruzar la formación rocosa por un pequeñísimo desfiladero entre una maraña de árboles que lo mantenían alejado de las miradas indiscretas, llegar a la ribera del río y atacar por la retaguardia al ejército de hombres bestias, de forma que estos se vieran obligados a luchar en dos frentes, encerrados entre las paredes del paso principal, bajo el intenso fuego de arcabuz, mientras los cañones se encargan de intentar derribar las paredes de roca para sepultar por siempre a aquellas criaturas impías. Aunque el plan era muy arriesgado, era la única oportunidad de victoria posible.

Tan pronto se adentraron en el laberinto de árboles llegó hasta ellos el eco de los cuernos de guerra de los hombres bestias, así como el rugir de la batalla, Debían darse prisa. En un pequeño claro encontraron al guía improvisado que los llevaría hasta el desfiladero. Era un leñador, ilegal probablemente. De pequeña estatura, fornido, con la piel morena que delataba su procedencia sureña. Era conocedor de la zona “por oídas” y fue recomendado por el capitán de la guardia de la ciudad. El hombre no respondió al saludo y rápidamente se puso en marcha. Los rumores de la batalla se apagaron en lo profundo del bosque. Llegaron hasta la entrada del desfiladero y allí se confirmaron sus sospechas, tendrían que cruzarlo de uno en uno y a pie, tirando del caballo tras ellos.
Cruzarlo se le hizo eterno. A cada momento rezaba por que sus hombres siguieran aguantando el frente, por que sus cañones no se hubieran recalentado. No paraba de pensar en todas esas cosas mientras seguía buscando la salida desesperadamente.

Cuando por fin llegaron al otro lado del bosque, hubo que esperar a que todos los mercenarios lo hubieran cruzado y se hubieran vuelto a montar sobre sus caballos, luego se procedió a separar a los hombres en dos grupos tal y como se había negociado. El primero de ellos atacaría la base de los hombres bestias en este lado del río; la idea era que cuando estuvieran huyendo no tuvieran un lugar donde refugiarse y parapetarse; el otro grupo, más numeroso, cargaría directamente la retaguardia del ejército enemigo, donde, suponía, estarían las bestias más débiles y, por tanto, más proclives al pánico. Había que conseguir que se desencadenara una ola de miedo que rompiera la formación y escasa disciplina de los enemigos y entonces empujarlos al río.
Se colocaron en la linde del bosque y se giro para dar un discurso a sus hombres como sabía habían hecho los grandes generales del pasado, pero pronto se dio cuenta que en los ojos de aquellos hombres ardía un fuego de ira y odio hacia las criaturas contra las que tanto habían sufrido en sus vidas. Sólo pudo decirles unas breves palabras

- Enviemos a esos hijos de puta al infierno
El delirio no se hizo esperar y pronto estaban ya fuera del bosque cabalgando hacia sus asustados enemigos, espada en ristre. El impacto de la carga su demoledor, no estaban preparados para el combate. Los que consiguieron huir se encontraron con su campamento destruido y corrieron a coger los barcos para huir al otro lado del rio. El caos se apoderó del ejército enemigo y empezaron a huir en todas las direcciones posibles. Pudo comprobar como alguno de los oficiales era brutalmente asesinado por sus soldados cuando intentaban poner orden entre sus filas.

Era el momento de que sus soldados en el frente opuesto empezaran a empujar. Dio la orden y uno de los mercenarios desplegó una enorme bandera con los colores de la ciudad, rojo y blanco, y empezó a cabalgar en círculos para que esta pudiera ser claramente visible desde el otro lado del paso. Pronto se empezaron a escuchar los tambores de guerra de sus tropas tocar a marcha. La victoria ya era suya.

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