lunes, 21 de enero de 2013

Buen caballero

Un suave viento mecía las altas espigas de trigo creando la sensación de estar viendo un mar de pequeñas olas en un bello y perdido paraje de alguna remota provincia bretoniana. El murmullo de la guerra no había llegado aún a aquel recóndito lugar de tierras fértiles, ganado abundante y niños fuertes. Podía estar toda la vida contemplando aquel singular cuadro, un amanecer perfecto, bañado por un cálido sol anaranjado. Montado sobre su fiel caballo, la lanza en la mano derecha; apoyada en la sujeción del caballo, con el casco en la izquierda, disfrutaba del viento y los olores afrutados que hasta su nariz portaba aquel dulce aire fresco desde las cocinas que se habían montado en el campo a causa de la justa.
La justa aquella no era diferente a tantas otras a las que ya se había presentado con anterioridad. Una jauría de desesperados caballeros del reino, entrados ya en edad, portando, orgullosos, vistosos escudos de armas, llevando consigo pequeños séquitos de lo más variopinto, desde hambrientos escuderos, los más, hasta jóvenes damas de compañía y joviales trovadores, los menos, intentando por todos los impresionar a sus contrincantes y causar en ellos el respeto suficiente para distraerlos de la justa. En esta ocasión estaba en juego lo mismo de casi siempre. Un hombre ya mayor, en ocasiones como esta bastante rellenito, incapaz a todas luces de defender sus tierras, sin un hijo varón que perpetúe su linaje, ofreciendo la mano de su hija, una infame mujer, mandona, de recio carácter y gustos caros, mimada por años de efusivos cuidados de su padre. Por supuesto la mano de su era siempre lo de menos. En este caso concreto se unían unas pequeñas y fértiles tierras, así como un tranquilo, pero tal vez demasiado pequeño, castillo, amén de unos pocos campesinos bien alimentados, eso sí. Eran estos detalles los que habían provocado aquella aglomeración de caballeros, que en este preciso instante, tenían que estar en el comedor, una enorme carpa levantada junto a la cocina, nombrando sin cesar, insignificante títulos o conquistas, magnificadas por la labia de cada uno.
-Todavía soy demasiado joven para desposarme con semejante mujer, o para vivir en un lugar tan tranquilo- Pensaba el caballero observando, distraído, a una mariposa que se había posado sobre la punta de su lanza de caballería. Tenía unos colores muy vivos en sus alas; blanco, verde y amarillo, formando un dibujo geométrico de linda ejecución.
-Si no hubiera sido por aquella mujer, podría haber entrado al servicio del rey y vivir en la batalla, como los grandes caballeros de la antigüedad. Podría haber ganado fama y riquezas- El recuerdo de su padre lo entristecía, a la vez que lo enfurecía.
Su padre había sido un digno caballero de Bretonia. Hijo de un caballero sin tierra, luchó toda su vida con justicia y honor. Pero una mujer lo arruinó todo. Un buen día, yendo por la calle principal de un pequeño pueblo del ducado de Brionne, una joven campesina lo turbó profundamente. Desde aquel momento hasta el final de su vida, su padre se prometió a aquella inmoble mujer, y fruto de su amor nació él, más ella no sobrevivió al parto. Su padre vago desde entonces por toda la bienamada tierra de Bretonia en busca de un señor al que servir o un pueblo necesitado de su pericia. Pero su nombre había quedado manchado para siempre. En uno de aquellos viajes, siendo ya el caballero un joven aprendiz de caballero, su padre enfermó. En su lecho de muerte le legó lo poco que le quedaba; su caballo, las armas de caballería y un consejo: “En la vida hay decisiones que la razón no comprende. Ojalá algún día puedas comprenderme y encuentres tú también a una mujer por la que merezca la pena sufrir”. Irónico. El había sido un buen caballero, y se había regido siempre por las normas más estrictas de caballería bretonianas; de hecho nunca jamás había yacido con mujer alguna que fuera a casarse con ella. Había luchado todos sus combates de forma justa y honorable sin tener por ello la más mínima opción de recuperar el buen nombre de su padre y el de su familia.
L a mariposa alzó el vuelo y partió, con errático vuelo, hacia un cercano bosque a su derecha. El caballero la seguía con la mirada, perdido en su imaginación. Lentamente la mariposa se fue a posar en la mano de una joven en quién el caballero no había percibido hasta entonces.
La joven llevaba un bellísimo camisón de seda transparente. Unos encajes de la más fina manufactura élfica embellecían el escote, así como una pequeña apertura en el muslo derecho. Sus manos eran finas y blancas. A través de su piel podía ver sus venas fluir azules como el mar. Su cabello rizado era del color del trigo y le caía con gracia sobre los hombros. Su rostro era hermoso. Sus ojos azules lo observaban con mirada juguetona, y sus labios, finos hasta casi formar una tenue línea carnosa, parecía una muñeca. Sus pies descalzos sobre la hierba la alzaban como una figura alta y esbelta, de un encanto y bellezas desconocidas para el caballero.
La joven escondió sus ojos y sus mejillas se ruborizaron. Susurró algo a la mariposa y esta se desplazó hasta ponerse frente al caballero. La joven se giró y se metió en el bosque y empezó a caminar por él con asombrosa agilidad.
-¡Espera!- Gritó el caballero, y la mariposa, asustada, marchó tras la joven. El caballero comprendió entonces cuanto estaba aconteciendo frente a él, y sin pensárselo dos veces, soltó la lanza de caballería, que con fuerte estrépito se partió al dar contra el suelo. Se puso el yelmo y se juró a si mismo que nunca olvidaría esa imagen, y que haría cuanto estuviera en su mano por volver a ver a la joven. Y guió a su caballo hacia el bosque.

De las crónicas del buen caballero. Primera parte, el caballero novel.

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