sábado, 26 de enero de 2013

Llevaba ya varias semanas deambulando por el bosque siguiendo la dirección por la que había desaparecido la hermosa dama. Estaba fatigado y sus piernas comenzaban a fallarle. El caballero se encontraba medio desfallecido por culpa del viaje y las altas temperaturas. El bosque había cambiado mucho desde la primera vez que penetró en su interior. Al principio se mostró amable. Recorrido por constantes riachuelos de aguas fría y cristalina, plagados de todo tipo de suculentos peces, rodeado de frondosa vegetación de vivos colores; desde los más comunes tonos de verde, hasta colores como el rojo o el violeta pintaban de luces esa hermosa estampa. Abundantes setos con deliciosos manjares en forma de frutos comestibles de dulces sabores parecían crecer por miles. La temperatura era en extremo agradable, suaves brisas de viento acariciaban la cara del caballero tal y como lo hubiera podido hacer una mujer. Aquel bosque le gustaba y lo complacía. Le mostraba todas sus bondades en su máximo exponente. La presencia de animales era constante, y el caballero, a pesar de sus pobres conocimientos en lo referente a temas de caza, podía deleitarse con las sabrosas carnes de los más preciados animales. Incluso podría jurar haber visto un gran y majestuoso ciervo una de las veces que se paró a descansar, a la sombra de un gran roble en un claro del bosque, con el murmullo plácido del agua fluir como única música ambiental.
Sin embargo, desde entonces, mucho había cambiado el bosque. Con el paso de los días, y conforme el caballero se adentraba en él, más oscuro se volvía. Los arbustos y animales de los que tanto se había aprovechado escaseaban y se hacían más peligrosos. Las diferentes tonalidades de verde con las que antes se dibujaba el bosque habían dados paso a apagados colores. El caballero pudo distinguir dos días atrás unas bayas venenosas de un rojo intenso, gracias a que una vez de pequeño vio a un campesino morir de una forma agónica por haber comido de esas bayas; y ahora estaban por todas partes. Los animales se habían vuelto más pequeños y fieros, recubiertos de duras pieles y con enormes cajas dentales rellenas de puntiagudos y afilados dientes que no dudaban en usar. Las pocas veces que logró capturar alga de aquellas miserables criaturas pudo comprobar que su carne era escasa y muy dura, con un sabor, a veces repugnante, que sólo su deseo de comer conseguía superarlo.
El caballero lamentaba su falta de previsión en ese aspecto, si bien había recogido abundante agua del último arroyo que vio, no fue igualmente previsor en cuanto a la comida y, ahora que empezaba a escasear, sentía un terrible vacío en el estómago que le impedía mantener el buen ritmo de las primeras semanas de viaje, alargando aún más si cabe este horrible periplo. Podía haber vuelto a buscar algo de comida hacía días, pero sentía que si lo hacía perdería aquella bellísima imagen de aquella muchacha que hacía semanas lo había conducido a aquel bosque, llevándolo irremediablemente a una incansable búsqueda de su presencia.
Apoyado en los Gruesos troncos de los árboles, el caballero continuó su avance, movido por la inercia. Tiraba las riendas de su caballo para que no se separara de él. No podía montarlo ya que el suelo era muy traicionero en aquella zona, lleno de ramas caídas, raíces que sobresalían del suelo con formas imposibles, enormes piedras que cortaban el camino o pequeñas y afiladas como uñas de gato que podrían clavase en las pezuñas del animal e imposibilitar su movimiento. No iba a arriesgarse, le tenía demasiado aprecio a su caballo.
Siguió caminando, esquivando árboles y buscando el camino más seguro. En un momento dado el caballero tropezó con una de aquellas raíces que sobresalían del suelo y cayó con estrépito, apoyada su espalda al enorme tronco de un árbol, con gruesas gotas de sudor recorriendo su cara. Con torpes movimientos, aflojó las correas de su coraza para poder respirar. Tomó de su cinturón la bota de agua y bebió un sorbo largo. Por fortuna aún estaba fresquita. Vertió lo que quedaba de agua por su cabeza y se contentó un momento sintiendo como las gotas penetraban en su cuerpo y lo reconfortaban ligeramente. Sus músculos estaban agarrotados. Sentía fuertes dolores en las piernas, a la altura de los gemelos, a causa de su prolongada caminata. Decidió que aquel sería un buen para parar a descansar y cerró los ojos esperando a que el sueño lo venciera y pidiendo a la Dama del lago que lo guardará de los males y lo ayudará a salir de aquel horrible bosque.
El sonido de un mosquito rondando su oreja lo desveló. Con muy mal humor levantó la mano para espantarlo y poder seguir durmiendo más su movimiento no fue el esperado, y su brazo respondió solo a medias realizando un perezoso movimiento que en nada asustó al mosquito, consiguiendo enfadarlo, lo que hizo que revoloteara más rápido y más cerca de su oreja. El caballero se irguió y notó un fuerte dolor en el cuello, síntoma de la mala postora que había tomado para dormir. Abrió los ojos y miró a su alrededor. Todo seguía igual. El sol debía de estar alto en el cielo, pues su luz inundaba el bosque y su sofocante calor no parecía haberse marchado. Decidió que ya era hora de desperezarse; estiró los brazos, giró las muñecas, contorsionó su cuerpo entero buscando estirar sus músculos. Contempló a su fiel montura que yacía dormida en el suelo a su lado y sonrió con melancolía. Estaba solo, perdido en aquel asqueroso bosque, sin comida y sin agua. No era el final que él esperaba. Se sumió en tristes pensamientos mientras abandonaba su cuerpo a su suerte.
Estaba enfrascado en tales pensamientos cuando oyó un murmullo, lejano. El caballero volvió en sí, y rápidamente intentó localizar la dirección de ese murmullo esperanzado de que se tratase de la muchacha que estaba siguiendo.
Silencio.
- Habrá sido mi imaginación. El hambre empieza a hacerme efecto y empieza a jugar con mi mente.-
Se recostó sobre el tronco con la cabeza gacha, sujeta por su mano izquierda en la frente mientras intentaba contener las lágrimas que parecía querían brotar de sus ojos.
- ¡AAAAAARGH!
Eso no se lo había imaginado. Aquel grito provenía de su frente y estaba más cerca de lo que había pensado en un primer momento. Y había sonado desesperado.
El caballero reunió cuantas fuerzas pudo, se levantó, se ajustó la coraza al sudoroso pecho, se aseguró la espada al cinto, y se encaminó hacia el lugar del que había venido el grito. Conforme avanzaba podía escuchar como el murmullo crecía. Podía distinguir algunas palabras sueltas y diferentes voces.
Llegó hasta un grupo de nutridos arbustos plagados de esas malditas bayas rojas. Las voces provenían de detrás de esos arbustos, así que el caballero se tumbó en el suelo y reptó con el mayor sigilo que pudo conseguir con su pesada armadura hasta llegar a la base de los arbustos. Allí pudo distinguir ya que había dos grupos de voces enfrascados en una discusión; una voz aguda de mujer que se le clavaba en el oído como cuchillas, y otras graves, con un acento horrible, destruyendo cada palabra que usaban e intercalando fríos y monstruosos sonidos guturales. Orcos seguramente.
El caballero separó ligeramente los arbustos para poder observar de donde procedían las voces, y sus sospechas se confirmaron-
Lo que vio el caballero fue un pequeños claro, tapado de la luz del sol por los altos árboles que lo circundaban. En medio del claro había tres orcos, dos de ellos de un tamaño ni muy grande ni muy pequeño, de cuerpos fibrosos, cabeza pequeña, frente prominente y ojos saltones, vestían unas ropas muy deterioradas de llamativos colores, portaban cada uno unas enormes espadas de hojas anchas y melladas, con apariencia de ser muy pesadas y poco manejables; y el otro orco, era bastante más grande que sus hermanos, era bien ancho, con fuertes brazos y piernas, llevaba una enorme maza con pinchos torpemente incrustados muchos de ellos con restos de sangre coagulada en sus puntas. Vestía de una manera muy cómica combinando terriblemente los colores. Desde luego no conocía la moda bretoniana. Estaban acompañados por tres pequeños goblins armados con arcos; dos de ellos cortos de evidente manufactura orca, y otro con un enorme y precioso arco largo, de fina manufactura, probablemente élfica. Como lo habría conseguido era todo un misterio pero era realmente increíble, lo manejaba como si no costara ningún trabajo a pesar de ser bastante más grande que él.
- ¿Por qué no la matamoz y dezpuéz noz la comemoz?- Preguntó el orco más cercano a el mayor de los tres, que parecía ser su jefe.

- Porque noz darán más zi ze mueve. Ademáz, ¿Quién manda aquí imbécil?- El orco más grande propinó un fuerte capón al orcos que le había preguntado. El otro orco, que se encontraba de espaldas al caballero aunque muy cerca de él, empezó a reírse bobamente de su compañero y a señalarlo con el dedo.


- ¿Lo ves Goblar? Me temo que soy más importante para Garrantz que tú- Aquella voz era la voz aguda de mujer que había escuchado antes, pero esta vez había sonado menos hiriente a los oídos del caballero y enormemente sarcástica.
La voz provenía de un plano estaba fuera de la visión del caballero, así que decidió, atrevidamente, apartar un poco más los arbustos y comprobar de donde venía. Pudo ver que a la derecha del claro, había dos jaulas de madera de pequeño tamaño cada una encima de un tosco carro, y atados a estos había unos famélicos ponis, para los cuales, el propio hecho de seguir con vida era un auténtico milagro. Dentro de una de las jaulas había dos muchachos bastantes fornidos, de espaldas anchas y fuertes brazos. Junto con el hecho de que su piel, de tono tostado, y su pelo, de color azabache y muy corto, dejaban a las claras una dura vida de trabajo al sol. Por sus rostros pudo deducir el caballero que se trataban de dos jóvenes que no habrían superado los 20 años en el mejor de los casos. Sus miradas eran duras, tal vez se culparan de la situación en la que se encontraban. En la otra jaula había dos mujeres, una morena, delgada, de piel blanca y rasgos exóticos. Era bastante mayor, tendría alrededor de los 30 años, y era fascinantemente bella; llevaba un vestido blanco bastante sucio, el pelo recogido en un moño en la parte posterior de la cabeza, cogido con dos palos hermosamente labrados con extraños caracteres. Sus ojos, llorosos, le habían corrido la pintura de los ojos y unos enormes manchurrones negros le recorrían las mejillas. Estaba bastante asustada. La otra, cogidas sus manos a los barrotes de la jaula, era la mujer más extraña que nunca había visto. Su pelo era de un característico color rojizo. Su cara estaba surcada de pecas por todos lados del mismo color de su pelo, lo que le hacía una cara muy graciosa, pues su piel era muy blanca. El caballero le echaba unos 14 años, su cara era la de una cría y su cuerpo evidentemente aún no se hallaba desarrollado (Había visto en su vida eunucos con más busto que esa niña). Vestía un sencillo vestido de cuerpo entero de color marrón oscuro de lo que parecía ser una tosca lana. Lo más curioso era que, por su expresión, parecía estar disfrutando.
El estómago del caballero rugió de hambre. El orco que estaba de espaldas a él pareció oírlo y empezó con la mirada lentamente a buscar el lugar de procedencia del ruido. Por fortuna la muchacha pelirroja llamó su atención:
- ¡EH! ¿Qué buscas tú rana asquerosa? Connt ¿De qué te reías? Eres de los tres el más tonto.- Y le sonrió al orco maliciosamente. Era incomprensible. Cualquier persona en su lugar se estaría maldiciendo por su suerte, o asustado de miedo ante lo que los orcos pudieran hacerle, y ella sin embargo parecía querer divertirse a costa de los orcos que la tenían cautiva. Estaba loca.
- Jefe, eza miserable humana ze está riendo de nosotros. ¡Deberíamoz matarla!
- ¡AAAAAAARGH!- eso explicaba de donde había venido el grito desesperado. El orco, claramente enojado, avanzó con paso ligero hasta ponerse frente a la niña- Zi vuelves a hablar te juro que te mato ¿Me entiendez maldita humana?
- ¿Cómo quieres que te conteste si no puedo hablar?- dijo la niña mientras ponía cara de no entender, daleando la cabeza hacia la izquierda, dejando que su pelo rojizo cayera sobre su hombro y extendiendo las manos con las palmas extendidas hacia arriba.
Y entonces la vio, y maldijo su suerte. Sobre su palma desnuda se posó sin esfuerzo. Tenía unos colores muy vivos en sus alas; blanco, verde y amarillo, formando un dibujo geométrico de linda ejecución, una mariposa.
- ZE ACABÓ.
Aquel comentario sacó de sus casillas al orco más grande, quién con gran violencia abrió la jaula donde se encontraba la niña e intentó sacarla por la fuerza. La niña, ahora sí, asustada, intento evitarlo usando para ello todas sus armas disponibles; manotazos, patadas, arañazos, mordiscos, escupitajos, insultos de lo más variopinto e incluso, blasfemias.
A pesar de todo ello el orco consiguió cogerla de la cintura y ponerse al hombro, y aunque esta seguía pataleando y gritando improperios, el orco se volvió sus compañeros y tiró a la niña al suelo entre ellos.
- Bien hecho jefe.
- Enzeñela a la niña como laz gaztamos los orcos.
El orco más grande se puso frente a la niña y la miró directamente a los ojos con una fiereza increíble. La niña no se amilanó y lo miró con esa misma fiereza. Y entre ambos la maldita mariposa revoloteaba con su errático vuelo. Su caballo estaba demasiado lejos para ir a buscarlo, y además, nunca había combatido a caballo sin su lanza y no sabía cómo se desenvolvería con su espada a caballo. Así que la decisión ya estaba tomada. A pesar de su cansancio, los días sin comer, el calor sofocante y la fatiga, se encomendó a la Dama del Lago, desenvainó su espada y la beso justo por encima de la empuñadura como hiciera su padre antaño. Se colocó su yelmo sobre la cabeza. Y cuando el orco levantó su enorme maza dispuesto a matar a la niña, el caballero se lanzó al claro, atravesando los arbustos al grito de:
- ¡Por la Dama y el Rey!
El ataque los pilló desprevenidos, el orco más cercano a él, el que había permanecido de espaldas al caballero desde que este se posicionara tras los arbustos no llego nunca a comprender que pasó. Antes de que terminará de darse la vuelta el caballero reunió todas sus fuerzas, y con sus espada fuertemente agarradas por ambas manos la levantó del suelo con un movimiento circular perfecto que impactó con endiablada fuerza contra la parte inferior de la mandíbula del orco, rompiéndola y levantando la cabeza del orco, que cayó de espaldas entre fuertes gritos de dolor. Una enorme cantidad de sangre brotó de la herida mortal salpicando la brillante armadura del caballero. Desafortunadamente el ataque había consumido gran parte de las fuerzas del caballero, que consiguió a duras penas que la espada no se le escapara de las manos.
Mientras el orco se retorcía en el suelo, ahogándose en su propia sangre, los otros dos orcos comprendieron inmediatamente que estaban siendo atacados, colocándose ambos frente al caballero en actitud de combate. El factor sorpresa había acabado allí. Los goblins se colocaron tras los rocos y armaron sus arcos apuntando al caballero.
El más grande de los dos orcos, que respondía por el nombre de Garrantz, se adelantó a todos los demás y señalando al caballero dijo:
- El pecho lata ez mío, que nadie máz me lo toque.- Su voz sonó autoritaria, y los demás asintieron, retrasándose un poco.
El orco levantó la maza y cargó contra el caballero. Este debido al cansancio no pudo armar la espada para bloquear el ataque ni fue lo suficientemente rápido como para esquivar el golpe completamente, por lo que la maza cayó pesadamente sobre el hombro derecho del caballero, quién del impacto cayó rodilla en tierra. Notó como uno de los pincho de la maza había penetrado en su armadura y como la sangre le goteaba de la herida y le recorría el cuerpo.
El orco sonrió fuertemente, miró al caballero con sus ojos rojos encendidos por la adrenalina del combate. Tomo con ambas manos la maza, y el caballero pensó que este era su fin. Sin embargo los intentos del orco por sacarla de la hombrera del caballero no parecían dar sus frutos, la maza se había quedado tan bien incrustada a la armadura del caballero que el orco era incapaz de sacarla. Los clavos que el orco había añadido a su arma para hacerla más mortífera habían provocado que esta no se pudiera sacar de la armadura. El caballero bendijo su suerte y dedujo que la Dama quería que saliera victorioso de este envite, de tal manera que reunió las fuerzas que le quedaban, cogió la espada con fuerza y tomó todo el impulso que su situación le permitía para clavarla la hoja hasta la empuñadura al orco en el pecho. De la herida empezó a brotar sangre profusamente. El orco perdió esa llama roja que momentos antes habían incendiado sus ojos y se fue cayendo lentamente a la vez que la hoja de la espada iba quedando libre hasta que se desplomó definitivamente en el suelo frente a él.
El otro orco, sin previó aviso, enfurecido por la muerte de su jefe, se abalanzó sobre el agotado caballero acompañando su carga de un profundo grito, levantando su espada para tomar impulso antes del golpe decisivo. Junto a ese terrible grito se oyó como silbaron dos flechas en el aire y esperó el impacto de todo aquello mirando fijamente al orco que le venía de frente. Si iba a morir sería mirando de frente a su enemigo. Cuando el orco estaba ya encima suya, el caballero intentó esquivar la carga levantándose rápidamente y girando a su derecha pero su lentos reflejos no fueron suficientes y chocó y pleno movimiento vertical con el orco rodando ambos por el suelo a causa del impacto. El caballero se rehízo lo más rápido que pudieron sus agotados músculos y preparó la defensa para el siguiente ataque. Sin embargo, cuando miró al orco, este yacía en el suelo, con dos pequeñas flechas clavadas profundamente en la espalda. El caballero miró a los goblins, los dos que tenían arco corto habían descargado sus armas nada más caer su jefe, con tan mala fortuna que la inesperada carga del otro orco se interpuso en el camino de sus disparos, abatiéndolo por la espalada sin compasión. El tercer goblin, estaba demasiado ocupado luchando con el arco largo, intentando armarlo con la mayor brevedad posible. Sin embargo, el enorme tamaño del mismo le suponía un terrible e insuperable problema. Los otros dos goblins, al verse desarmados y con el caballero mirándolos directamente a los ojos mientras hacía un esfuerzo encomiable por ponerse en pie, tiraron sus arcos y salieron corriendo. El otro seguía pendiente de su arco sin prestar ninguna atención a todo lo demás.
El caballero se fue acercando lentamente al goblin, poniendo todos sus esfuerzos en no caerse rezando porque el goblin no consiguiera armar el arco o no se diera cuenta de la situación en la que se encontraba el caballero. En su penoso avance, el caballero tropezó al enredarse su pie a una rama que sobresalía del suelo y perdió el equilibrio, debido en gran parte a la enorme maza que aún seguía clavada en su hombrera, y cayó al suelo con gran estrépito, saliéndosele el yelmo.
Entonces el goblin levantó la mirada y vio al caballero en el suelo, con la frente sudorosa, las mejillas comidas, los ojos perdidos, intentando torpemente levantarse sin conseguirlo, y con una hermosa y reluciente espada que, según se percató en aquel preciso momento codiciaba enormemente. Soltó el arco que tan malos resultados le había dado, tomó una pequeña daga que tenía al cinto y avanzó maliciosamente hacia el caballero con su mirada fija en la espada que este tenía sujeta en sus manos. Y ese fue su error, durante todo este periodo, desde que el caballero había salido de entre los arbustos y durante todo el conflicto, la mujer asustada, de rasgos exóticos que estaba en la jaula junto a la otra joven pelirroja, había aprovechado para deslizarse sigilosamente de su jaula para salir corriendo, sin embargo la irrupción del caballero y el posterior combate habían hecho que cambiara de planes y se quedara agazapada tras un árbol esperando el desenlace de la contienda, para ver si podía darle su merecido a esas odiosas criaturas que la habían secuestrado y pensaban venderla como esclava. Y ahora había visto el momento. Extrajo los dos palillos que sujetaban su moño mientras avanzaba sigilosamente hacia el goblin, cayéndole grácilmente el pelo suelto, y le clavó sus puntas afiladas en el cuello, un palillo a cada lado. Matando al goblin en el acto sin que este supiera nunca el origen del ataque. El caballero creyó haber visto en la cara de la mujer una expresión de puro placer mientras extraía los palillos del cuello del goblin y lo veía caer inerte. Pero sus ojos estaban cansados, y su cuerpo exhausto. El caballero se dio la vuelta en el suelo hasta quedar bocarriba. El sol le daba en la cara y lo fundía con su sofocante calor. Necesitaba agua.
- Trae agua rápido, y libera a los otros, yo me ocupo de su herida. Necesito que me mires caballero, y que no te duermas, solo así podré saber si os hago daño- Esa voz, tan aguda e irritante antes, ahora era tan suave y dulce, tan llena de paciencia.
Abrió los ojos, sus párpados le pesaban horrores. Intentó enfocar la vista; la joven pelirroja estaba de rodilla a su lado, con el cuerpo inclinado sobre él. Sus las cabellos rojizos caían sobre él acariciándole la cara. Su cara era la de una niña, sus pecas le cubrían el rostro reforzando una inocencia embriagadora. Sus ojos eran de un inquietante color gris, con pequeñas pupilas en su centro con una forma muy extraña, que no se asemejaba con nada que jamás hubiera visto. Y como ya había advertido antes, carecía casi por completo de busto.
- Aquí traigo el agua- Dijo la mujer de rasgos exóticos. Sus ojos de color carmesí lo observaron preocupada. Era de complexión delgada y bastante alta; aunque desde su posición, tumbado en el suelo, todo el mundo parecía muy alto.
- ¿Podemos hacer algo?- Los jóvenes acababan de llegar y se pusieron a los lados del caballero, muy tensos ambos.
- De momento necesito que le quitéis la hombrera, es la única forma de llegar hasta su herida.
Ambos se pusieron manos a la obra. No parecían haber desabrochado muchas armaduras antes de aquella. Tras desabrocharle varias correas que no eran consiguieron dar con la que liberaba la hombrera, y con sumo cuidado le quitaron la pieza de la armadura. El caballero sintió como uno el pincho que tenía clavado iba saliendo poco a poco de su carne, profiriendo un enérgico grito, hasta que quedó por completo fuera.
- Todos los caballeros sois iguales, os jactáis de poseer las más imponentes heridas y luego, con cualquier rasguño, gritáis como si os estuvieran matando- El caballero creyó notar cierta ira reprimida escondida entre sus palabras.
- ¿Cómo te atreves innoble campesina a tratarme de ese modo?, no sois más que una mocosa entrometida y ¡AAAAAAAAAAA!
- No te muevas, noble- El caballero había intentado levantarse para enfrentarse cara a cara con la niña por aquellas palabras que él consideró inadecuadas, pero ésta lo había agarrado por la herida y lo había vuelto a tumbar sin el más mínimo cuidado, incluso con cierta satisfacción- Ves lo que te decía, os quejáis por nada. Necesito un trapo para mojar con agua y limpiarle la herida.
La mujer de rasgos exóticos cogió un trozo de su vestido y lo rasgó a la altura del muslo entregándoselo a la niña, enseñando su piel tersa y su músculo fuerte, hecho que no pudo dejar de ser detenidamente observado por uno de los jóvenes que ante la mirada dura de la mujer se ruborizó, agachando la cabeza y mirando al suelo.
La niña empapó el trozo de tela, lo escurrió un poco y se lo colocó en la herida. El agua actuó sofocando parte del calor y relajando el músculo. Repitió el proceso varias veces hasta que la herido dejó de sangrar y coaguló la sangre a su alrededor. Luego se levantó de al lado del caballero excusándose en que ahora volvía dejando al caballero con la mujer y los dos jóvenes. El caballero los miró a los tres.
- Muchas gracias por arriesgar tu vida por nosotros joven caballero. No suelen los de vuestra posición ayudar de esta manera a los de nuestra condición- Habló el que parecía más joven de los dos.
- Si podemos de alguna manera ayudaros, decídnoslo- Dijo el otro.
En aquel momento el estómago del caballero volvió a sonar, si cabe, con más fuerza aún.
- Si tuvierais algo de comer sería de gran ayuda sin duda, hace tiempo que en este bosque no encuentro alimento y ando algo hambriento como habréis podido observar.- El caballero intentó evitar sonar lastimero. Era demasiado vergonzoso para él no saber cazar, no para tener que admitirlo frente a un grupo de campesinos.
- Nosotros no tenemos nada, pero sabemos dónde guardaban los orcos la comida que nos daban cuando nos tenían encerrados. No es el mejor manjar del mundo pero se deja tragar. Te la traeremos ahora mismo mi hermano y yo.
Ambos se levantaron y se marcharon hacia donde se encontraban las jaulas y se pusieron a rebuscar entre lo que parecían unas mantas. El caballero aprovechó que estaba a solas con la mujer para indicarle con un rápido gesto que tenía la cara manchada por la pintura de ojos. La mujer entendió el mensaje y tomó un poco de agua entre sus manos y se lavó la cara. También limpió bien de sangre los palillos, se recogió el pelo de una forma asombrosamente rápida y sutil, y se afianzó el moño insertando nuevamente cruzados ambos palillos. Después esperó paciente junto al caballero sin decir una sola palabra, con el gesto frio y una cara ausente de expresión. Por fortuna, poco duró aquella incómoda situación pues la niña apareció de entre los árboles. Tenía una sonrisa en la cara e iba mascando algo. Lleva aquel arco largo que tanto le había llamado la atención colgado a la espalda, junto con un cayac y algunas flechas. La niña se colocó junto a él, sacó de su boca lo que estaba mascando; una masa blanca y verde muy pastosa y sonrió con algo de malicia:
- Esto te ayudará a curar la herida- Le untó aquella masa en la herida con dureza.
El caballero notó al principio sintió un intenso picor, pero pronto esta dejó paso a sensación de enorme alivio y frescura.
- Es una planta medicinal, me la enseño un amigo. No me acuerdo de cómo se llama, pero en seguida notarás una agradable sensación en la herida que te reconfortará.
- Hemos encontrado unos trozos de pan musgoso, algo de carne cruda y algunas frutas algo pasadas.- Dijo mientras le pasaba los trozos de pan al caballero. A pesar de la enorme cantidad de musgo que tenían, el caballero no se molestó siquiera en apartar aquella capa de verde y engulló el mendrugo con avidez.- Deberíamos esperar a mañana para emprender el camino fuera del bosque. Se está haciendo de noche y no sería seguro avanzar.
- Tienes razón joven campesino. Además la herida me duele mucho y necesito descansar antes de poder ir a ningún sitio.- El resto asintió con la cabeza- Podríamos aprovechar esta noche para comer y dormir.
Todos estuvieron de acuerdo y pronto se reunieron alrededor de un vigoroso fuego, comiendo un par de ardillas asadas de carne bastante insípida que la joven niña se había encargado de cazar. Pronto se soltaron las lenguas y el caballero pudo saber más sobre aquellas personas a las que había rescatado aquel día Los jóvenes, cuyos nombres resultaron ser Anglar para el mayor y más fuerte y Bloen para el más joven; quién no podía evitar posar sus ojos en la mujer, resultaron ser leñadores, capturados mientras ejercían su profesión en una emboscada de los orcos. Por fortuna, dijeron, conocían este bosque y podrían sacarnos en un par de días. La mujer no quiso dar su nombre, y nos pidió que no le preguntáramos. Si nos dijo que se la conocía como la Dama de rojo, que era una embajadora comercial del reino de Catai que estaba de visita por las tierras de Bretonia tras haber asistido a una fructuosa audiencia con el Duque de Parravon y que cayó en manos de los orcos al ser atacado el convoy donde iba en una pequeña Carretera rural cercana al bosque. La niña se llamaba Isilda, y resultó ser insaciable parlanchina. Nos contó que los orcos la apresaron mientras descansaba tras un duro día de caza. Al preguntar por la procedencia del arco, dijo que este se lo había regalada un imponente elfo de rubios cabellos y que le había enseñado a manejarlo.
El caballero empezó a sospechar que probablemente lo hubiera robado del palacio de su amo y que había caído en manos de los orcos huyendo en el bosque del castigo que en aquellas tierras se daba a los ladrones. Aún la dejó hablar y hablar, pues le resultaba entretenida su forma de expresarse, sus muecas y caras, la manera de adornar sus frases.
Nada más terminar de cenar la Dama de rojo se excusó argumentando que estaba muy cansada y se fue a dormir ante la atenta mirada de Bloen, quién parecía hipnotizado por su curvas y movimientos. Su hermano, quién se había percatado esta vez sí del interés de su hermano en la Dama, con sorna excusó a ambos igualmente y se fueron a descansar. La niña y el caballero se quedaron solos, sentados uno frente al otro. Los destellos de luz provenientes de la candela creaban un siniestro juego de claroscuros en la cara de la joven. La luz naranja que las llamas proyectaban al exterior fortalecía aún más el característico color de su pelo y de sus pecas. La niña observaba al caballero desde la distancia. Su mirada era indescifrable, la expresión de la cara le cambiaba constantemente; desde una pequeña y simpática mueca, hasta un efímero reproche. Al cabo de un rato, la niña pareció volver en sí, sacudió ligeramente la cabeza, puso una escueta sonrisa en sus labios y avisó de su intención de irse a descansar al lado de la Dama mientras amagaba con levantarse, cuando el caballero se atrevió a realizarle la pregunta:
- No has conocido a muchos buenos caballeros ¿verdad Isilda?- La niña no hizo esta vez ningún esfuerzo por esconder su desprecio-No hace falta que digas nada, he podido darme cuenta desde el principio.
- Los de tu posición no sois diferentes a los monstruos que matáis. En el fondo sólo os importa lo mismo, aunque lo escondáis entre códigos de caballería y tratados de buenas maneras, aunque vuestra plática sea altiva y vuestras casas hermosas, al final siempre descendéis a las caballerizas, en busca de satisfacer vuestros más sórdidos deseos- pequeñas lágrimas afloraron por sus ojos y recorrieron sus mejillas reflejando los destellos del fuego en el lastimero líquido- Ni siquiera les importa la edad, incluso algunos lo prefieren así.
Tal y como había supuesto el caballero. Nunca lo había presenciado, pero era por todos conocidos que los más grandes de entre los señores de los reinos existían siempre, en el más recóndito e impío de los rincones de su castillo, una maloliente casetilla, no más grande de un cuartillo, donde jóvenes campesinas veían languidecer sus días hasta que la pena o el sufrimiento las hacía perecer, o en el peor de los casos, enloquecer. Y aunque la mayoría las preferían ya maduras y experimentadas, no eran aislados los casos en los que las preferían jóvenes, o muy jóvenes, para poder ellos mismos pervertirlas y controlarlas a su antojo. Los caballeros, cuando acudían a las justas, el servicio del señor los ponía sobre aviso de las penas que tenía en aquel lugar su señor con quienes se acercaban a aquel lugar, o peor aún, hablaban con aquellas mujeres malditas. El caballero no podía excusar esas abominables prácticas, pero tampoco podía jactarse de haber intentado nuca impedirlas. Miró a la niña a los ojos buscando que decir, pero no encontró palabra alguna que pudiera reconfortar a la muchacha. Ella se dio cuenta y esbozó una melancólica sonrisa:
- Algo siento en ti que hace que no te parezcas a ellos. Puede que tú sí seas distinto. ¿Quién sabe? Tal vez aún queden caballeros como los de los grandes cantares que los juglares siempre entonan en los grandes palacios. Sólo el tiempo podría desmentir esa corazonada.
La niña se levantó, tomó su arco largo y se marchó a descansar junto a la mujer de Catai. El caballero aguantó despierto durante un breve tiempo más, pensando en todas aquellas veces que había escuchado los llantos ahogados de esas mujeres desde las carpas de caballeros la noche antes de una justa. Pensando si alguna de aquellas veces, no fue ella.

lunes, 21 de enero de 2013

Buen caballero

Un suave viento mecía las altas espigas de trigo creando la sensación de estar viendo un mar de pequeñas olas en un bello y perdido paraje de alguna remota provincia bretoniana. El murmullo de la guerra no había llegado aún a aquel recóndito lugar de tierras fértiles, ganado abundante y niños fuertes. Podía estar toda la vida contemplando aquel singular cuadro, un amanecer perfecto, bañado por un cálido sol anaranjado. Montado sobre su fiel caballo, la lanza en la mano derecha; apoyada en la sujeción del caballo, con el casco en la izquierda, disfrutaba del viento y los olores afrutados que hasta su nariz portaba aquel dulce aire fresco desde las cocinas que se habían montado en el campo a causa de la justa.
La justa aquella no era diferente a tantas otras a las que ya se había presentado con anterioridad. Una jauría de desesperados caballeros del reino, entrados ya en edad, portando, orgullosos, vistosos escudos de armas, llevando consigo pequeños séquitos de lo más variopinto, desde hambrientos escuderos, los más, hasta jóvenes damas de compañía y joviales trovadores, los menos, intentando por todos los impresionar a sus contrincantes y causar en ellos el respeto suficiente para distraerlos de la justa. En esta ocasión estaba en juego lo mismo de casi siempre. Un hombre ya mayor, en ocasiones como esta bastante rellenito, incapaz a todas luces de defender sus tierras, sin un hijo varón que perpetúe su linaje, ofreciendo la mano de su hija, una infame mujer, mandona, de recio carácter y gustos caros, mimada por años de efusivos cuidados de su padre. Por supuesto la mano de su era siempre lo de menos. En este caso concreto se unían unas pequeñas y fértiles tierras, así como un tranquilo, pero tal vez demasiado pequeño, castillo, amén de unos pocos campesinos bien alimentados, eso sí. Eran estos detalles los que habían provocado aquella aglomeración de caballeros, que en este preciso instante, tenían que estar en el comedor, una enorme carpa levantada junto a la cocina, nombrando sin cesar, insignificante títulos o conquistas, magnificadas por la labia de cada uno.
-Todavía soy demasiado joven para desposarme con semejante mujer, o para vivir en un lugar tan tranquilo- Pensaba el caballero observando, distraído, a una mariposa que se había posado sobre la punta de su lanza de caballería. Tenía unos colores muy vivos en sus alas; blanco, verde y amarillo, formando un dibujo geométrico de linda ejecución.
-Si no hubiera sido por aquella mujer, podría haber entrado al servicio del rey y vivir en la batalla, como los grandes caballeros de la antigüedad. Podría haber ganado fama y riquezas- El recuerdo de su padre lo entristecía, a la vez que lo enfurecía.
Su padre había sido un digno caballero de Bretonia. Hijo de un caballero sin tierra, luchó toda su vida con justicia y honor. Pero una mujer lo arruinó todo. Un buen día, yendo por la calle principal de un pequeño pueblo del ducado de Brionne, una joven campesina lo turbó profundamente. Desde aquel momento hasta el final de su vida, su padre se prometió a aquella inmoble mujer, y fruto de su amor nació él, más ella no sobrevivió al parto. Su padre vago desde entonces por toda la bienamada tierra de Bretonia en busca de un señor al que servir o un pueblo necesitado de su pericia. Pero su nombre había quedado manchado para siempre. En uno de aquellos viajes, siendo ya el caballero un joven aprendiz de caballero, su padre enfermó. En su lecho de muerte le legó lo poco que le quedaba; su caballo, las armas de caballería y un consejo: “En la vida hay decisiones que la razón no comprende. Ojalá algún día puedas comprenderme y encuentres tú también a una mujer por la que merezca la pena sufrir”. Irónico. El había sido un buen caballero, y se había regido siempre por las normas más estrictas de caballería bretonianas; de hecho nunca jamás había yacido con mujer alguna que fuera a casarse con ella. Había luchado todos sus combates de forma justa y honorable sin tener por ello la más mínima opción de recuperar el buen nombre de su padre y el de su familia.
L a mariposa alzó el vuelo y partió, con errático vuelo, hacia un cercano bosque a su derecha. El caballero la seguía con la mirada, perdido en su imaginación. Lentamente la mariposa se fue a posar en la mano de una joven en quién el caballero no había percibido hasta entonces.
La joven llevaba un bellísimo camisón de seda transparente. Unos encajes de la más fina manufactura élfica embellecían el escote, así como una pequeña apertura en el muslo derecho. Sus manos eran finas y blancas. A través de su piel podía ver sus venas fluir azules como el mar. Su cabello rizado era del color del trigo y le caía con gracia sobre los hombros. Su rostro era hermoso. Sus ojos azules lo observaban con mirada juguetona, y sus labios, finos hasta casi formar una tenue línea carnosa, parecía una muñeca. Sus pies descalzos sobre la hierba la alzaban como una figura alta y esbelta, de un encanto y bellezas desconocidas para el caballero.
La joven escondió sus ojos y sus mejillas se ruborizaron. Susurró algo a la mariposa y esta se desplazó hasta ponerse frente al caballero. La joven se giró y se metió en el bosque y empezó a caminar por él con asombrosa agilidad.
-¡Espera!- Gritó el caballero, y la mariposa, asustada, marchó tras la joven. El caballero comprendió entonces cuanto estaba aconteciendo frente a él, y sin pensárselo dos veces, soltó la lanza de caballería, que con fuerte estrépito se partió al dar contra el suelo. Se puso el yelmo y se juró a si mismo que nunca olvidaría esa imagen, y que haría cuanto estuviera en su mano por volver a ver a la joven. Y guió a su caballo hacia el bosque.

De las crónicas del buen caballero. Primera parte, el caballero novel.

domingo, 20 de enero de 2013

Guerras sin tregua.

Una densa y pesada capa de polvo llenaba por entero aquel triste habitáculo, trayéndole a la memoria viejas sombras de un pasado no tan lejano.
No sabía muy bien que era lo que había pasado; su cuerpo, brutalmente herido, sangraba prominentemente sin que nada pudiera retener el reguero de sangre que sin tregua alguna de su desgastada servoarmadura de marine brotaba; dejando debajo de él un pegajoso charco de un bellísimo color carmesí. Un humo negro, suave como tacto de una mujer, se alzaba lentamente de su pecho llevando hasta su nariz un insoportable olor a piel quemada.
Estaba apoyado contra la pared, con su cuerpo paralizado a causa del terrible dolor que lo sacudía con violencia. Intentó gritar para desahogar su angustia, pidiendo ayuda, o al menos consuelo, si aquel debía ser su destino, pero sólo alcanzaba a oír un fuerte e intenso pitido, monótono y persistente. Blasfemó.
Abrió los ojos con la intención de buscar a sus compañeros de escuadra, saber de su suerte, más su vista estaba nublada. Intentó enfocar, reducir su pupila a un pequeño punto, diminuto, que le permitiera, al menos, poder distinguir contornos y formas simples. Pudo ver, al otro lado del habitáculo un cuerpo apoyado contra la pared contraria en una posee muy parecida a la suya, los brazos extendidos a cada lado, la cabeza ladeada hacia su derecha, y la piernas extendidas en su frente, sin vida aparente. No podía saber de quién se trataba. Observándolo más detenidamente puedo comprobar que donde antes estaba su cara, ahora sólo quedaba la carne quemada hecha jirones. Sus ojos habían estallado a causa de la explosión y su cuerpo y su servoarmadura se habían fundido en una sola y repugnante entidad. A su lado yacía otro cuerpo sobre el frío suelo, le faltaba un brazo y tenía medio cráneo hundido. No hacía falta nada más para saber que ambos estaban muertos. Entre ellos se extendía, como una sombra macabra, un charco de sangre.
Intentó moverse, pero una nueva sacudida de dolor lo hizo persistir de intentar cualquier otro movimiento violento. Intentó centrarse en mover los dedos, pero estos no parecían querer obedecer su deseo. El pitido había reducido considerablemente su intensidad y ahora podía escuchar el fuerte viento del exterior chocar contra ventanas de los pisos superiores.
Se dio por vencido, empezaba a sentir un intenso frío, apoyó la cabeza contra la pared e intentó poner en orden sus pensamientos. Estaba en eso cuando oyó una roca moverse a su derecha. Giró la cabeza y pudo comprobar como de entre un montón de escombros caídos del suelo del piso superior, aparecía una mano ensangrentada, llena de cortes y profundas heridas. Pudo comprobar cómo poco a poco surgía el cuerpo de su sargento de escuadra. Tenía la mitad de la cara quemada, con la piel en carne viva, de un siniestro color rojizo. Su servo armadura estaba plagada de pequeñas perforaciones, por algunas de las cuales brotaba pequeñas gotas de sangre. Con enorme pesadez, fue reptando hasta que solo sus piernas quedaron bajo la montaña de escombros. El sargento levantó la cabeza y busco por la sala a su escuadra. Primero observó los cuerpos inertes de sus antiguos compañeros, luego, lentamente paseó su mirada por el habitáculo hasta que sus ojos lo vieron a él, y sus miradas se cruzaron.
Poco después se escuchó un fuerte sonido proveniente del exterior. Ambos se quedaron mirando el enorme agujero en la pared.
- ¿Puede alguien ayudarnos? Necesitamos ayuda, por favor- La voz del sargento sonó como un quejido y se fue apagando conforme terminaba la frase.
Un tenso silencio precedió a aquellos terribles acontecimientos. De pronto, una mano metálica apareció por el agujero de la habitación y se cerró con fuerza alrededor del umbral. Un fuerte escalofrío recorrió su malherido cuerpo. Una figura de un siniestro color metálico irrumpió en la sala. Con su único ojo observó con indiferencia los cuerpos de sus compañeros, y volvió su vista hacia su sargento, que tenía su mirada clavada en aquella enorme e inquietante criatura, que se encontraba pie frente a él a muy corta distancia.
La criatura se agachó y acercó su cara hasta casi tocar con su asquerosa superficie metálica la cara del sargento. El sargento la miró con despreció, apretó su puño y escupió a la criatura.
- Púdrete en el infierno- Gritó el sargento intentando derribar al ser levantándose todo lo rápido que pudo y cargando contra ella. Sin embargo, y a pesar de su tamaña, la criatura consiguió esquivar su torpe ataque y derribar al guerrero de un fuerte golpe en la nuca. Mientras se retorcía el sargento de dolor, la criatura tomo de su espalda un arma muy extraña, repleta de raras inscripciones sin sentido alguno para él y se la clavó por la punta la más afilada al sargento en el pecho. Una lágrima había escapado y recorría su mejilla buscando huir de aquel cuerpo abandonado. Éste profirió un quejido sordo, apenas audible, y la criatura retorció el arma en su espalda hasta que el sargento expiró y abandonó esta existencia.
Tras eso, la criatura se giró y me observó con su inexpresiva mirada. En aquel momento cerré los ojos y me encomendé a la piedad del emperador, y me preparé para marcharme en su gloria, como fiel soldado de su ejército. Un extraño sonido me sacó de mis penosos pensamientos, así que abrí nuevamente los ojos sólo para ver como la criatura me echada una última y siniestra mirada y se marchaba por el agujero por el que había aparecido.
Me encontraron varias horas después, desmayado y casi desangrado. Me llevaron a la nave hospital de la guardia; allí me cuidaron y se encargaron de lograrme un transporte para que pudiera volver con mí capítulo, pues la guerra en ese sector ya no necesitaba de más marines. Allí también me explicaron que aquella terrible criatura metálica que había visto se trataba de un necrón, y juré antes de irme de aquel lugar, que no descansaría jamás hasta haber vengado a mi sargento y a mis compañeros de aquellas terribles muertes, y haber destruido hasta el último de esos necrones. Y es por eso, y cuantas batallas vinieron después, que me conocen por el sobrenombre del “Mecánico”.