Hay veces, en las que el sol no debería salir. Veces en las que las sombras son mi guía y única consejera. Hay veces en que el tiempo debería detenerse, veces en las que el alma siente, pero sólo a veces.
Cada mañana las mujeres recogen a sus muertos, cada mañana riegan sus campos con la sangre de los caidos, cada mañana amanece roja la ciudad.
El éjercito avanza, sin temor, sin miedo, no se detienen bajo concepto alguno. Cumplen unas ordenes muy escuetas, avanzar y matar. Para ellos no hay más ley que la de sus frios aceros sesgando vidas. No importa la condición, no importa el honor ni la honra, y es más, ni siquiera importa la razón, las razones molestan a su trabajo. Y ellos parece que se divierten.
Pueblos y ciudades, atalayas, fortificaciones; no son más que escombro y cenizas a su paso. Escombro de piedras, de ilusiones y de esperanzas. Cenizas de los cuerpos de aquellos que las alimentaron. El odio es mayor enemigo del que pueden vencer.
Sus picas se pierden en el horizonte, entre un mar de polvo levantado por el pesado paso de sus hombres. No había visto nada igual en mi vida. Sus caballeros caian de la colina como un torrente lo hace sobre los árboles. Su artillería callaba el rumor de los aceros, de la muerte y el dolor. Su infantería nos aplastaba sin inmutarse. Nuestras lineas habían sido superadas con increible facilidad y los soldados corrían ahora en desbanada a las cuadras. Ellos, sin embargo, no rompían la linea, mataban en perfecta organización, ni un solo sonido escapada de sus bocas, ni cuando clavaban sus armas en los cuerpos de su aterrorizados enemigos ni cuando caían. El silencio de sus bocas demostró ser era buen arma como sus picas o sus lanzas. Las casas ardían entre gritos y llantos. Que sinrazón.
Intenté organizar algunas defensan para darles tiempo a los que intentaban poner a salvo sus vidas o a sus familias, pero era imposible, no importaba cuando se jugarán nuestros hombres en aquella batalla, su determinación era implacable. Y entonces decidí huir, nada quedaba ya por hacer en aquel pueblo, salvo perecer.
Mientras huía pude ver a su general sobre un poderoso corcel negro. Su armadura era plateada pero parecía haber perdido parte de su esplendor, en la antiguedad hubo de ser hermosa. LLevaba el casco en la mano derecha, una preciosa pieza de orfebreria, hecha en plata y con joyas incrustadas en forma de corona. Su espada, al cinto, tenía la empuñadura dorada y resaltaba sobre el resto de la vestimenta. Su terminación era magnifica, finas tiras plateadas se vertían como si de un rio se tratase sobre el comienzo de la hoja, que como puede comprobar más tarde, era de frio acero, con una pequeña inscripción en un lenguaje que no fui capaz de entender, e incluso leer. Su rostro era blanquecino, y su mirada perdida. Veía a sus guerreros matar indiferente. Su boca estaba semiabierta, como si estuviera viendo algo más allá de lo material. Sus cabellos, blancos, aun guardaban cierto color dorado cuando le tocaban los rayos del sol. y poseía un aire sobrenatural verdaderamente perturbador. A pesar de parecer llegado de otra época, su rostro era joven, incluso se podría decir juvenil, apenas parecía un muchacho de unos veinte años. No era fuerte, ni alto. No parecía que aquel muchacho puediera comandar a tan inmenso éjercito a cometer semejantes atrocidades.
Espolee a mi caballo y hui de aquella matanza con la certeza de que jamás volvería a aquel cementerio. Con la certeza de que mi mundo se acababa de derrumbar ante mis jovenes ojos...
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