viernes, 25 de junio de 2010

sin vocacion para terminarlo

Hoy cae sobre la calle una llovizna, débil, pero incesante. Los Hombres buscan refugio en los bares. Conversan sobre negociones, deportes y, por supuesto, mujeres. Se oyen exageraciones, murmullos, risas. Se oyen exclamaciones y blasfemias. Buscan la camarería y el calor de los suyos entre alcohol y tabaco. Las mujeres por su parte no ven frenada por esta lluvia sus ansias consumistas. Obcecadas en la búsqueda de la oferta y del chollo, recorren las tiendas como lobas. Empujan, chillan y gritan. Las dependientas intentan calmarlas hasta que estas se convierten en el blanco de sus iras cuando no logran encontrar lo que buscan o cuando lo que buscan no es de su talla. Aquellas cuyo estatus es demasiado alto para pelearse por un pedacito de tela, conversan con sus amigas sobre las últimas novedades de la siempre insatisfecha prensa rosa; pero entre sus conversaciones banales y frívolas, entre sus comentarios capciosos se les escapan miradas de deseo y envidian cuando alguna de aquella “plebe” levanta victoriosa la prenda que buscaba, y con orgullo de pavo real, alardea de la magnífica ganga que ha logrado encontrar. Ya tendrá de que hablar con las víboras de sus amigas la próxima que se vean en casa de alguna para tomar café. Estas la alagarán y la felicitarán por su suerte mientras ella esté presente, pero en cuanto vuelva la espalda la destrozaran con sus palabras de manera que puedan desahogarse de sus penas manteniendo la mentira de su amistad.
Tanta falsedad, cuanta frivolidad hay en la sociedad en la que vivimos, cuán estúpida puede ser la gente por mantener la máscara de esta sucia sociedad que entre todos hemos ayudado a crear y de la que todos participan alegres pensando que pueden sobrevivir a ella sin que su mierda les salpique.
Extiendo los brazos y alzo las manos al cielo. Siempre me ha gustado la lluvia, sentir como recorre mi rostro, como baña mi cuerpo, como se desliza juguetona entre mis dedos sucios por la tierra y el barro. De pequeño mi padre solía decir que la lluvia es buena consejera de los agricultores, pues trae dicha y vida a la tierra y la ayuda a procrear, y que eso nos ayuda a tener mejores cosechas. No llovía mucho en mi pueblo. Mi infancia la recuerdo vagamente, entre el mísero campo de mi padre y la escuela. Mi padre se enfadaba conmigo porque no ponía ningún empeño en aprender las labores del campo, mas sin embargo, a mi lo que me gustaba era la palabra escrita. En el colegio nos enseñaban matemáticas, geometría, literatura… allí me sentía más cerca de mi que en ningún otro lugar. La escuela era un pobre edificio levantado en adobe y pintado de un discreto color amarillo, el único que había disponible en tales cantidades cuando se construyó. Tenía poco menos que tres aulas atestadas de alumnos, hijos de ganaderos, vendedores ambulantes, de prostitutas, camellos y algunos, como yo, de agricultores que aun creían poder cultivar algo más que polvo en aquel desierto. A ninguno nos servía de nada lo que allí nos enseñaran para nuestro futuro, más aun así, en el pueblo creían que la labor del colegio era fundamental para levantar aquella desdichada tierra.
A la salida del colegio los militares nos daban chocolatinas y algunos se atrevían a bajar del blindado con una pelota de fútbol y a jugar con nosotros. Eran esos pequeños momentos en los que todos olvidábamos lo mucho que nos odiábamos y podíamos comulgar juntos, es increíble como puede ser de mezquino el ser humano.

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