viernes, 29 de agosto de 2014

París

“Queda ya poco para el amanecer. Qué poco tiempo nos queda “

Sentado al pie de una escalera, de frente al Senna, golpeado insistentemente por un desagradable viento frío que parece empeñado en empañar sus últimos momento en la capital del amor. Nace de las mismas entrañas del río una densa niebla que va cubriendo lentamente el horizonte, firmando a su paso una curiosa estampa impresionista en el ambiente. Al amparo de las tenues luces de la noche, enciende un cigarro más. Cubre con sus gélidas manos la débil llama de su encendedor mientras blasfema para sus adentros por no conseguir dirigir el fuego con corrección. Por fin siente como entra el humo del tabaco, lo retiene un momento en sus pulmones para luego expulsarlo lentamente, y lo embarga una efímera, aunque intensa sensación de paz.

Un rápido movimiento de la bruma consigue que ante él se descubra imponente, hermosamente cautivadora, misteriosa como ninguna, evocadora y desnuda, la gran dama de Francia. Con los dedos acompaña lentamente sus suaves curvas de acero. Sabe, incluso en la cercanía de su mirada, que su tiempo con ella expira. Quisiera haberla podido amar como se merecía. Haber recorrido sus entrañas con deseo, haber desbocado la pasión con cada mágico rincón de su armazón.

Sentado en aquel poyete, toma una nueva calada de su cigarro. Oye pasos apresurados por la escalera en dirección suya. Sabe que su breve momento de tranquilidad toca a su fin. Se despide de la dama con un leve movimiento de cabeza antes de ponerse en pie, conocedor de que jamás volverá a verla en vida. Guarda la imagen de la retina en su memoria, como una fotografía en color. Adiós amada mía, ni siquiera esta ciudad puede unir todos los corazones.