jueves, 29 de mayo de 2014

¿Por qué tan seria?

Lo apretaba con fuerza. Sus manos alrededor de su cuello ejercían una fuerte presión, tan fuerte que podía sentir los impulsos de la sangre por su arteria. Tan solo un odio tan intenso, demencial, le impedía dejar de ver a su víctima morir.
El hombre boqueaba con avidez, consumiendo sus últimos instantes de vida en un fútil intento por mantener viva la llama de su existencia. Con sus manos intentaba liberarse de la prisión a la que veía sometido su cuello, más sus fuerzas se desvanecían. Sus ojos parecían apagarse. Consciente tal vez de lo cerca de su final, intentó infringir cuánto daño pudo a su agresor. Este soportó impertérrito los arañazos que en la mejilla dejaban sus largas uñas. Poco a poco, y sin mediar palabra alguna, su viejo cuerpo se rindió ante la evidencia, y su alma abandonó este mundo para siempre.
De pronto, un sinfín de emociones asaltó su cuerpo. Primero el llanto, tristeza desconsolada por una vida perdida a manos del fallecido; luego la euforia por la venganza cobrada, y por último, una carcajada. Una risa nerviosa nació descontrolada de su interior; irregular, por momentos histriónica. Alzó la cabeza buscando calmar su espíritu. Inspiró con fuerza dos veces, hasta que pudo recuperar el control de sí mismo.
Se levantó y se dirigió a la cómoda. Se notaba intranquilo, alterado. Notaba la presión de la sangre en la sien. Levantó el rostro para verse en el espejo. Ante él se encontraba el reflejo de un hombre joven, piel cansada, pelo enmarañado y desteñido; de nacimiento oscuro y puntas verdes. Unas grandes ojeras oscurecían la belleza de unos claros ojos color esmeralda. Y a pesar de todo ello, de ser él, había alguien más. El brillo de sus ojos y la forma de la comisura de sus labios, con una mueca cómica dibujado en ellos, lo avisaba del cambio. Enseguida supo la verdad, ante él se mostraba el auténtico rostro de la locura desmedida.
Desplazó su mirada por el espejo a la derecha; allí encontró la figura de una joven mujer atada en una silla. Sus rasgos eran, como cabía esperar, muy similares a los del hombre que yacía en la silla de al lado recién muerto. En el rostro de la muchacha había lágrimas, mucho dolor y miedo. Balbuceaba palabras sobre la piedad, la compasión y muchas otras mentiras carentes de significado en aquella cabaña perdida en el bosque. Se la veía tan seria, parecía no querer participar en aquel juego tan divertido. Eso no podía permitírselo.
Tomó de la cómoda un pequeño cortaplumas, de cuerpo sencillo y rápido manejo, funcional. Lo alzó hasta que su reflejo quedara entre la imagen de ambos, y con un tono casual, casi divertido, remarcando bien cada palabra, preguntó:
- ¿Por qué, tan, seria?

En el corazon del imperio

A pesar de lo tardía de la hora, eran muchas las personas que aún deambulaban por los pasillos de la galería, admirando la belleza de las obras expuestas o simplemente aprovechando la ocasión para pasar revista de los acontecimientos sociales más relevantes del momento. Formaban corrillos unos y otros rápidamente dónde poder intercambiar sus impresiones, sus gustos e incluso sus opiniones, lo que siempre solía desembocar en algún tono más alto de lo recomendado que chocaba con la armonía del lugar.
Tomó una copa de vino que le ofrecía uno de sus sirvientes y se decidió a dar una última vuelta por las estancias para despedir a los invitados más rezagados y para disfrutar un poco más tranquilo de algunas de las obras que más le habían llamado la atención a lo largo de aquel interminable día. Avanzaba lentamente, acompañado por los últimos compases de una de las más icónicas piezas para orquesta de cámara de su compositor favorito, el imperial Friedestach Van Vyuten, de quién se decía que al final de su vida, completamente loco tras la violenta muerte de su hija, a manos de un miserable ladrón, tomó la nada inteligente determinación de saltar desde lo alto de la torre del reloj de la plaza mayor de Ostland, uno de esos domingos cualquiera, con el mercado local rebosante de actividad. Una desgracia sin lugar a dudas, aunque eso no eximía a aquella música de una armoniosa belleza, para la que los más entendidos llegaban incluso a afirmar capaz besar el alma de quién la escuchaba.
Murieron las notas mientras se acerca a un nutrido y pintoresco grupo de señoras, la mayoría de ellas de avanzada edad. A pesar de ello, observaban absortas y sin disimulo alguno una colosal escultura de mármol que representaba al hombre en la mayor plenitud física; y créanme cuando les hablo de mayor plenitud física. El escultor no había refrenado su ímpetu; su cuerpo era perfectamente proporcionado según las tendencias más clásicas, y era a su vez musculoso, fuerte y fibroso. Su cara aniñada contrastaba con su pose altiva, casi desafiante. Portaba en su brazo izquierdo un enorme escudo oblongo, mientras que en su brazo derecho sostenía enérgico una lanza tan alta como él. Una toga suavemente esculpida en la roca intentaba, sin suerte, cubrir las cualidades de hombre joven de aquella talla, lo que sin duda no parecía haber pasado desapercibido al grupo damas que con tan poco disimulo lo observaban, copa en mano, con ojos encendidos de morbosidad.
- Buenas noches señoras- De pronto, como sacadas de un sueño profundo, regresaron a la realidad de la estancia. Todas ellas farfullaron con aceleradas prisas diferentes saludos, todos ellos inteligibles. Luego se miraron entre ellas, y con los mofletes claramente colorados, se sonrieron socarronamente.
- Lamento se va acercando la hora de cerrar.
- Nosotras ya nos íbamos- y sin más palabras se marcharon a toda prisa. Tras ellas se podía escuchar un río de risas nerviosas.
Tan pronto desaparecieron las mujeres, el anfitrión se dispuso a disfrutar de aquella magnífica escultura.
La exposición, para la cual habían sido invitados los mejores artistas actuales del Imperio, había resultado, salvo contadas excepciones, un completo fiasco. Los artistas habían llenado sus galerías de arte con obras de todo tipo, dónde como tema central y casi único había sido Sigmar: Sigmar ayudando a los pobres, Sigmar venciendo a un demonio horrible, Sigmar como un dios. Aquello era irritante. Sin ir más lejos, justo al lado de la escultura del soldado joven había una del susodicho. De pie sobre una roca, ligeramente encorvado hacia delante, el gran dios, Sigmar, en una “desgarradora” imagen de piedad, prestaba su mano izquierda a lo que parecía ser un soldado herido en el suelo, mientras con la derecha sostenía sobre su hombro su ya famoso yunque; el cual se hallaba fuertemente ornamentado con leones y otras fieras. A pesar de las expertas manos que lo habían tallado, no habían podido ocultar en su rostro un gesto de superioridad hacia aquel pobre soldado que desde su condición de humano, había demostrado ser capaz de entregar su vida luchando por la de familia y compañeros, como tantas veces pasaba en aquellos días.
Demasiado Sigmar para mi pensó.
Aprovechó que pasaba cerca una de las últimas bandejas con bebidas y tomó una fuerte en alcohol. Lo bebía a sorbos cortos, disfrutando de su aroma afrutado y de su suave tacto al paladar. Le encantaba el cosquilleo de las burbujas en la lengua. Cerró los ojos y disfrutó de la música que ahora sonaba para la sala vacía. Esos momentos de paz eran para él pedacitos del cielo arrancados a algún dios en un momento de descuido, pedacitos de un sueño perfecto.
Cuando más relajado se encontraba, su nariz detectó una pequeña anomalía en el ambiente, aunque suficiente para devolverlo de golpe a la realidad. Frunció el ceño, alzó la vista al frente y apretó la cara. Esperó paciente a que se acercara. El olor a rancio y sudor se fue haciendo más fuerte a medida que se aproximaba, hasta ponerse definitivamente a su lado, sin cruzar la mirada una sola vez. Seguidamente, el nuevo hombre apuró de un sorbo largo su bebida, carraspeó dos veces y se decidió a tomar la iniciativa:
- Es increíble ver lo bien que pasan los años en tu casa - Sintió un escalofrío recorrer su espalda. Era imposible no detectar el marcado tono repulsa con el que iba remarcando cada una de las palabras que pronunciaba – Espero con impaciencia el día que me cuentes tus secretos.
- Una vida sana, una dieta saludable y mucho sexo con mi mujer.
Rio con sorna mientras con sus dedos jugueteaba con el vaso, recorriendo los finos dibujos que algún gran artesano imperial tan habilidosamente había tallado en ellos.
- Como ya habrás de saber la vida de un inquisidor es dura. Siempre atento a cuánto pasa a su alrededor. Combatiendo la herejía allí donde se presenta, y encontrándola allí donde se trata de ocultar.
- No puedo ni imaginármelo: sin sirvientes, sin lujos, sin fiestas ni placeres. Supongo que todos nosotros os debemos mucho de todo esto.
Un largo silencio se apoderó de la sala. Aprovechó aquella pausa para terminar su bebida antes de que ésta se calentara en exceso. Respiró hondo. Calmó sus músculos, y relajó el cuerpo.
- Para eso organizamos estos eventos benéficos. De alguna manera hay que alimentar a todos esos hombres que tanto hacen por nosotros, a todos esos hombres que hacen el trabajo sucio que nadie más está dispuesto a hacer. Por eso es para mí un honor ser uno de vuestros mayores benefactores.
- Por fortuna nosotros estamos al servicio del Imperio y de nuestro querido emperador.
- ¿Os he comentado que esta mañana ha venido el emperador en persona a comprar dos de mis obras, y ha comido en esta casa? Y con él su séquito, tesorero incluido.
Se sentía cómodo, podía notar como la expresión del gran inquisidor se endurecía con cada intercambio. Pero incluso así era un hombre peligroso.
- Dime, ¿Qué fue de aquel sirviente vuestro adorador del caos?
- Vos lo sabréis mejor que yo, pues os lo llevasteis bajo custodia a vuestras mazmorras para interrogarlo. Aunque se rumorea que falleció.
- Se suicidó colgándose de una viga del techo con un trozo de cuerda, lo que no deja de ser curioso ¿Verdad? De dónde obtuvo esa cuerda no deja de ser un misterio.
- ¿Pudieron obtener de él alguna información útil?
- Lamentablemente sólo pudimos saber que no estaba solo, pero se murió antes de que pudiéramos sonsacarle algún nombre.
- Una pena, ¿Cree usted que podría estar en peligro? ¿Debería tomar alguna precaución extra?
- Sin duda alguna. Pero no se preocupe demasiado, pienso encargarme personalmente de supervisar el caso, y puedo prometerle que llegaremos hasta el fondo del asunto, nos lleve a dónde nos lleve – dejó arrastrar cada una de aquellas palabras, buscando el mayor efecto posible en su interlocutor.
Vestido con su vieja armadura de inquisidor, abollada y sucia, sobre la cual colgaba una ajada capa morada; el viejo gran inquisidor contemplaba la escultura de un dios; a su lado, en lujosas sedas de ricos colores, siempre a la moda imperial, uno de los hombres más ricos e influyentes del Imperio admiraba en una escultura la grandiosidad del hombre mundano. Tan cerca uno del otro que casi podían escuchar los pensamientos del otro y, sin embargo, separados por un abismo insalvable. Dos formas de ver la vida, de respirar.
- Se hace tarde, tengo que marcharme, mañana me espera un día muy ajetreado.
- Os acompaño si quereis.
- No será necesario. Además hace un buen rato que uno de tus sirvientes espera impaciente a que me vaya
- Siempre es un placer hablar con vos.
Esbozó una siniestra sonrisa y se marchó por una de las galerías en dirección a la salida. Tan pronto la silueta desapareció por una de las galerías, hizo señas a su sirviente para que se acercará.
- Ya ha llegado Señor.
- Haced lo de siempre, llevadlo a la cocina y regadlo con nuestro mejor vino. Eso lo entretendrá hasta que se marchen los últimos invitados.
- Ya lo hemos hecho señor. Sigue requiriendo de vuestra presencia inmediata.
- Enviadle un par de mujeres y decidle que iré en media hora.
- ¿Las de siempre señor?
- Comprueba si las tenemos más jóvenes, cuando termine llévalo al sótano.
- Así se hará señor.
Soltó el vaso vacío en la bandeja del sirviente y recorrió por última vez la estancia en busca de los invitados más rezagados. Intercambió algunas frases insustanciales con la mayoría de ellos y con el resto se limitó a recordarles que la hora de cierre hacía tiempo que se había sobrepasado. Una vez acabó con ello, se dirigió deprisa hacia la salida, recorriendo con destreza cada uno de los pasillos.
Una vez alcanzó la puerta, encontró despidiéndose de los últimos invitados a su abogado; un hombre respetable, muy inteligente y astuto; combinaciones que rara vez se daban en una sola persona. Tenía una cómoda posición dentro de la alta nobleza y la nueva clase rica comerciante, para lo que sin duda había ayudado su juventud, gran estatura y buena presencia. Cuando lo alcanzó estaba cerrando la puerta. Ambos se miraron un momento.
- Tu buen amigo el gran inquisidor acaba de marcharse hace un momento, diría que estaba algo disgustado, has vuelto a hablar con él ¿Cierto? – Asintió con pesadez – Como tu abogado debo recomendarte encarecidamente que evites todo contacto con él.
- ¿Eran estos los últimos invitados?
- No queda ya nadie más, aunque estoy seguro que eso ya lo sabes.
- Ya ha llegado, lo tengo esperando en la cocina. Ya debe estar impaciente.
- Pues no lo hagamos esperar.
Ambos charlaban amistosamente mientras caminaban lentamente por los pasillos. Ahora que el sol se había ido, la tenue luz de unos candelabros era la única fuente de luz. El cansancio era notable.
- No he visto a tu esposa ni a tu hijo.
- Se han quedado en casa, no tiene sentido traerlos a estos eventos tan lejos de casa.
- Tampoco deberías traerlos a este sitio. No deberían verse involucrados en esto.
Llegaron a la puerta que daba al sótano y la abrieron despacio. Un fuerte olor a sangre llegó hasta ellos. Descendieron la escalera con cuidado. Al final de la escalera los esperaba una enorme estrella de ocho puntas pintada en rojo carmesí sobre la pared del fondo. Frente a ella un pequeño altar improvisado donde una joven gravemente herida se desangraba lentamente frente a un sacerdote del caos absoluto. La riqueza y el poder siempre corrompen al hombre, más tarde o más pronto. Tan cerca del corazón del Imperio, el caos extendía su influencia.

Llegados a este punto, ya no hay marcha atras.

Llegados a este punto, ya no hay marcha atrás.
De pie sobre un saliente, con la mirada perdida, aspecto oscuro se alzaba el último recuerdo de un pasado que jamás volvería a florecer. Como en un sueño; su cuerpo ajado azotado por el terrible viento del caos movía su pelo, negro como el carbón, negro como la gran noche que nunca acaba; con su mano derecha alzada al cielo, suplicante y la izquierda, sobre la vaina de una espada que ya no era capaz de sentir.
Podía oler el sudor de sus enemigos, el miedo que emanaban sus cuerpos. Adoradores de falsos dioses, profetas de la mentira, campeones de la falacia. Todos recibirían hoy su justo castigo. Su ejército se mantenía quieto, en silencio, esperando.
Recuperó la consciencia a tiempo de ver como una lluvia de flechas se abalanzaba sobre ellos. Sonrió. Como un susurro, de sus labios salió un cantar, tan puro como antiguo; una dulce poesía de suaves tonos. Pudo notar como su cuerpo se desestabilizada, como cada molécula de su cuerpo se alineaba con él. El poder de la melodía tomaba su ser, y con la mano derecha abierta proyectaba una barrera de color plomizo entre su ejército y las flechas; de tal forma que al intentar estas cruzan la barrera eran reducidas a un sinfín de plumas negras, que flotaban en el aire siguiendo la dirección del viento.
El miedo se transformó en sorpresa, y la sorpresa en desazón.
Observó detenidamente a los enemigos, y una gran cólera se apoderó de su ánimo. Su rostro se apretó, su mirada se aguzó y sus dientes se apretaron. Presto estaba a dar la orden a sus soldados cuando la vio. Una pluma blanca flotaba frente a él, con un movimiento errático que siguió con la vista y, por un momento creyó ver su piel. Inconscientemente abalanzó su mano para atraparla en su puño.
Esa era la señal.
Mientras su señor se perdía de nuevo en la memoria del mundo, su mundo, el mayor de los ejércitos que jamás había sido alumbrado por esta joven estrella que hoy nos ve marchó a la guerra. Un mar de picas descendió la ladera. Por estandarte un juramento. No habrá descanso en la muerte hasta que la verdad sea la única ley que rija el universo.
Y así es como el mundo ardió en las llamas de la guerra eterna.
Para cuando abrió la mano tan sólo encontró cenizas. Una lágrima escapó, lastimera, y se deslizó por su rostro deshaciendo el hechizo y mostrando a su paso su verdadera identidad. Carne en descomposición y huesos maltrechos, y un corazón desconsolado; así como una insaciable sed de venganza.
Si tan sólo la venganza pudiera devolverle a su vida …

domingo, 18 de mayo de 2014

Microrelato

Completamente cansado, el hombre continuó deambulado por aquella inhóspita tierra hasta que las fuerzas le aguantaron. De rodillas sobre el terreno, con su mano en su costado totalmente ensangrentado, sobre la herida abierta, el hombre miró al cielo e imploró clemencia. Sus lágrimas eran bellas perlas al reflejo siniestro de la luna llena que parecía contemplar divertida el momento.
Abatido, se dejó caer al suelo boca abajo. Intentó arrastrarse por el cenagal pero su cuerpo hacía tiempo que había sobrepasado sus propios límites. Abandonada toda esperanza, el caballero se giró sobre sí mismo para poder observar al cielo con claridad. Se concentró en seguir respirando, en aguantar todo lo que le fuera posible, pero inexorablemente esta se volvió cada vez más lenta e intermitente.
Cerró los ojos y se dejó llevar. Su cabeza le daba vueltas, pareciera que su mente se prepara ya para abandonar su cuerpo. En un último intento, entreabrió los ojos y pudo deleitarse de la belleza de la creación, de las estrellas en el cielo, de la bóveda celeste que ante él se desplegaba en toda su magnificencia. Creyó escuchar un ruido cerca de él. Giró la cabeza y, para su sorpresa la vio, entre unos matojos, con su vestido blanco de seda transparente. Su cuerpo esbelto se movía con gracia angelical en aquel desolado lugar. Para no advertir su presencia. Intentó gritar, pero de su boca sólo salió sangre y babas, acompañadas de una tos terrible. Intentó alcanzar su figura con su mano, alargándola todo lo que podía. Su desesperación se volvió insoportable cuando descubrió el engaño de su mente, cuando se percató de la soledad de su marcha. Un llanto desconsolado lo abordó.
Decidió entonces que de morir lo haría con la mayor belleza posible. Buscó con su mano la empuñadura de su espada, más solo alcanzó a palpar la vaina vacía de su arma. Entonces recordó que había perdido su espada durante el trayecto. Empezó a sentir como un frio gélido tomaba su cuerpo y supo que se quedaba sin tiempo. Se llevó ambas manos agarrotadas al corazón y cerró los ojos para siempre, a la espera de la llegada de su compañera de fatigas y batallas.
Ella no tardó en llegar. Con un bello vestido largo de noche negro, en oscuros colores maquillada, la muerte observó aquella escena mortalmente bella y no pudo sino sentir pena por aquel hombre. Y en un acto único en su infinita existencia, se arrodilló junto a la cabeza del caballero, le acarició su larga melena castaña, y acercó sus labios carnosos de color carmesí hasta que tocaron con los de su víctima, insuflándole del aliento de vital de todo ser. Los grandes amores necesitan tiempo, superar los miedos y las adversidades. Aquel hombre aún no debía ser suyo, aún era pronto para que viniera a unirse con su alma a la suya. Se quedó a su lado, protegiéndolo, hasta que con las primeras luces del alba fue encontrado por unos campesinos, quienes en ningún momento reconocieron la ilustre compañía del caballero.
Y aun respiraba.