domingo, 28 de agosto de 2011

Pam, pam, pam ...

Pam, pam, pam …
Del filo de la espada goteaba la sangre que salía de la herida abierta en el brazo durante los duros combates acaecidos en el muro exterior al principio de la batalla, cuando esta aun no había decidido su suerte. La sangre se vertía sobre el impoluto mármol que cubría cada espacio, cada rincón del palacio, incluso aquellos oscuros a los cuales la luz del hombre no llegaba. Ese mármol, signo inequívoco de la opulenta, corrupta y decadente herencia dejada por sus padres, y recibida estos de los suyos durante los últimos siglos, quedaba ahora como testigo silencioso de los instantes finales de la que, otrora fuera la mayor civilización jamás vista por hombre alguno, cuyo apogeo supuso el esplendor de las ciencias y de las letras, matadas primero, por la codicia, la avaricia y el vino, y ahora, finalmente rematadas por el frio acero de la espada enemiga.
Pam, pam, pam …
El príncipe miro en alrededor suyo, observando a cada uno de sus hombres, los últimos de un gran legado de héroes. El miedo y la desesperación se encontraban con la resignación y la agonía. Se oían llantos de las mujeres y los niños que, no pudiendo abandonar la ciudad, ya fuera por su condición de pobres o por su propia decisión de apoyar a sus maridos hasta el final, cualquiera fuera este, sabían del destino que les aguardaba tras las puertas de palacio.
Pam, pam, pam …
El travesaño que sujetaba las puestas de bronce, finamente labradas por manos artesanas en tiempos de gloria, que representaban escenas de otros tiempos en los que la sola presencia del símbolo del águila ganaba batallas y sellaba pactos con lejanos reinos de ensueño; empezaba al fin a ceder. Poco a poco, nuevas astillas saltaban de la madera y caían ante los atónitos ojos de los soldados. Muchos se aferraban ya a sus armas buscando en su desgarrador tacto un lugar firme baluarte donde depositar las últimas esperanzas de un pueblo condenado.
Pam, pam, pam …
La muerte llamaba a su puerta, y sabía que no podría hacerla esperar mucho más tiempo. El príncipe se dirigió una vez más a sus hombres, era consciente del poco tiempo que les quedaba, y de que el fin estaba cerca, así que no hubo discurso, tan solo una mirada, sincera, a cada uno de sus hombres mientras recorría la fila de valientes guerreros. La sangre había dejado de brotar de su brazo y en su lugar, una mancha sangrienta delataba el lugar de la herida. El príncipe se colocó el casco y se puso al frente de sus tropas. Si había que morir, al menos lo harían de pie, y no como ratas implorando una clemencia que aquellos bárbaros habían hecho alarde antes de no conocer.
Pam, pam, pam …
Un último y furtivo pensamiento se coló en la cabeza del príncipe poco antes de que cedieran las puertas y el infierno se desatara sobre sus cabezas. Y una lágrima triste y solitaria recorrió su cara.
“Por ella, mereció la pena vivir, y será un honor morir.”

Cinco centímetros

Eso es, cinco, cinco centímetros, esa es la distancia perfecta. Porque tan sólo cinco centímetros separan un adiós de un hasta luego, un dos de uno, un tú y un yo, de un nosotros. Porque a cinco centímetros las miradas no pueden perderse, porque respiras su mismo aire, porque a cinco centímetros puedes sentir su corazón latir. Porque a esa distancia, sobran palabras y faltan gestos. Sobra espacio, y falta tiempo. Porque al final de estos aparentemente insignificantes cinco centrímetos, se encuentra tu felicidad, se encuentra tu mundo. Porque, al final de estos cinco centímetros se encuentra ella, y un beso